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Apablaza como espejo

jueves 14 de octubre de 2010, 09:07h
La negativa argentina de extraditar a Galvarino Apablaza configura un nuevo paso atrás en las políticas de entendimiento que Sudamérica inauguró tan exitosamente al recuperar su democracia.

La Corte Suprema de Argentina había fallado, por unanimidad, que la extradición correspondía, pero el Poder Ejecutivo, en una decisión cuyos fundamentos no se hicieron ni harán públicos, optó por la negativa.

Con ese solo acto, los argentinos aparecemos enviando al mundo el mensaje de que, para nosotros, los vecinos más cercanos de Chile, sus socios y amigos, ese país no tiene un sistema judicial confiable, que represente una garantía suficiente para el debido proceso. Casi nada.

Es muy probable que la presidente Kirchner haya elegido ese camino privilegiando la satisfacción de sus seguidores de ultra izquierda, antes que el cumplimiento de la ley y las buenas relaciones con Chile. Una lectura como esa sería muy probablemente acertada, pero de seguro insuficiente.

Verdad que en estos asuntos suele mezclarse a hurtadillas el oportunismo ideológico: Chile debió lidiar no hace tanto con un intento de extraditar a Pinochet desde Inglaterra a un tercer país, europeo: se trataba de un criminal notorio, pero no un trofeo de caza.

La política exterior no es nunca diferente de la política interior. Y un Poder ejecutivo que lleva ya siete años generando deliberadamente una atmósfera de choques y crispaciones en lo interno, no podría sino repetirla hacia afuera. En la Argentina de hoy no se valora ni al diálogo ni al compromiso, todo es victoria o derrota. En lo exterior, hace rato que nos soltamos de la alianza histórica con Brasil, Chile y Uruguay para alinearnos ante el mundo con el populismo delirante de Hugo Chávez y su Armada Brancaleone que, procurando imitar a Bolívar, repite la historia en el modo del grotesco.

Las políticas externas de los Kirchner y Chávez no podían sino confluir: ambas expresan procesos internos en que el proyecto político aparece difuso mientras crecen el personalismo y la hegemonía presidencial. En el fondo, se trata de lo mismo: rechazar a la globalización, renegar del capitalismo y perpetuarse personalmente, convirtiendo a la región en una fortaleza inexpugnable para la modernidad. El conflicto con Chile era solo cuestión de tiempo: nuestra incomprensible gresca de ya cinco años con Uruguay, por un tema ecológico, no hizo sino anticipar repeticiones de las que este entuerto por Apablaza funciona como puntual confirmación.

No siempre fue así: En los Ochenta, cuando recuperamos nuestra democracia, afrontábamos un balance sumamente negativo. Cien años de controversias limítrofes, en 1978 invadimos Chile, al borde de un conflicto armado que habría resultado siniestro, veníamos de desconocer el laudo por el Beagle, el régimen de Pinochet había apoyado a Gran Bretaña en la guerra de Malvinas y se acentuaba un sentimiento de antagonismo claramente pernicioso para los tiempos por venir.

En los siguientes veinte años invertimos completamente la actitud. Cambiamos hostilidad por cooperación, solucionamos la totalidad de los conflictos limítrofes, Chile pasó a apoyarnos militantemente en el reclamo por Malvinas, se convirtió en el tercer inversor extranjero directo en Argentina. Solo España y EE.UU. superaron el monto de miles de millones de dólares de las inversiones chilenas en la economía argentina, al tiempo que concertábamos innumerables acuerdos públicos y privados de progreso asociado. Un vecino así es una bendición para Argentina: si Chile no existiera, habría que inventarlo.

La reacción chilena ha resultado impecable, procurando ellos, los ofendidos, calmar las aguas y mirar para adelante. Desde Argentina, altísimos funcionarios contestaron sin la debida cortesía, y el mismísimo canciller calificó de “payasadas” a los argumentos trasandinos. Eludamos la ingenuidad de atribuir estos desastres a meras cuestiones de carácter o de mala educación personal. Las causas son estructurales: el bonapartismo en lo interno y el chavismo en lo externo son la misma cosa, sedicentes progresías que, en nombre de la revolución, nos condenan al atraso.

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