Puro Zabalita
jueves 14 de octubre de 2010, 10:34h
No parece difícil dar cuenta de las razones por las que Mario Vargas puede ser considerado admirativamente, aunque se trate de un modelo que no tenga que proponerse siempre como pauta o canon inevitable de conducta. Lo primero que llama la atención en Mario Vargas Llosa es la capacidad del escritor para embridar su brillantez, que efectivamente no puede con su laboriosidad y dedicación. Pienso ahora exclusivamente en sus artículos de opinión, así sus Piedra de toque de los domingos, perfectos en su construcción, vertidos en un lenguaje seductor, pero sobre todo sólidos, trabajados en su más mínimo detalle, minuciosos, llenos de datos, que el autor escribe con dominio pleno de la situación del debate de la cuestión a que puedan referirse. Se trata de pequeños ensayos, vertidos después de una investigación que a los lectores se nos antoja, además de penetrante, exhaustiva y total.
Este modo de actuar constituye una cortesía para con el lector, que seguramente no se merece un pasatiempos, aunque sea adobado con el ingenio del escritor; pero sobre todo es una muestra de la autoexigencia de éste, que le impide hablar sin tener nada que decir, sabiendo que el contenido, la existencia de tesis o argumento, es la primera condición de un buen artículo. Seguramente han leído en la última entrega aparecida este domingo en El Pais la prueba del oficio del escritor, ahora en Nueva York, que se levanta, nos dice, antes, bastante antes, del amanecer, que dedica dos horas a preparar la clase que ha de impartir en Princeton, y que después “tras media hora de ejercicios para la espalda y una hora de caminata en Central Park”, irá a la biblioteca para documentar la pieza de la semana , esta vez, sobre el suicidio, tirándose del puente George Washington, en la Universidad de Rutgers, de Tylor Clementi, violinista y joven estudiante al que dos compañeros homófobos habían denunciado como gay en la Red.
Se trata asimismo de un intelectual que cumple su función, que es la de ser una referencia de libertad: ya sabemos, antes de empezar a leer, lo que nos espera. En la actitud de Vargas Llosa no hay ambigüedad posible, ni transacción o dubitación alguna: la denuncia de la tiranía y su mentira, con independencia del ropaje, el argumento, o las maneras en que se presente, así como del territorio en que opere: Nuestra América, Europa o Euskadi. Tampoco importa al escritor el riesgo asumido por la revelación del embuste. A veces puede parecer algo exagerado en sus tesis, cuando, creemos nosotros, puede confundir la libertad con el liberalismo: nos gustaría, tal vez, que diese más importancia a las condiciones, bien históricas, en que la competencia tiene lugar. Pero quizás lleve razón en su denuncia preventiva del carácter demoníaco del poder político y sea más censurable nuestra propensión a la docilidad, harto sanchopancesca, que su ímpetu quijotesco en defensa de la libertad, ya se sabe, “el más preciado don de los hombres”.
Me gustan muchas cosas de Mario Vargas Llosa: por ejemplo su optimismo y su alegría. También sus amigos españoles, especialmente Fernando Savater o Jon Juaristi. Y asimismo alguna debilidad literaria que comparto: así Flaubert y nuestro Azorín. Del maestro alicantino capta su sentido del tiempo, su capacidad suprema de “suspender la vida y evitar la muerte”, trocando “los mundos reales en otros ficticios”. Como le ocurre a él, los libros del gran prosista me acompañan en “trenes, hoteles, aviones, ómnibus, hasta convertirse en amuletos” sin los cuales no me atrevo a emprender un viaje.
Pienso si no me sucede con Vargas Llosa, lo que siente el escritor hispanoperuano respecto de Azorin, mostrando de paso lo mostrenco todavía de algunas reacciones frente al autor noventayochista que le reprochan su condición “de derechas”. “Mi devoción por Azorin, dice Mario Vargas Llosa, me descoloca, pues, en muchos sentidos - en su manera de ser y ver el mundo, en lo que le gustaba y disgustaba, en sus modelos y en sus conjuros-creo estar bastante lejos de él y, acaso, en sus antípodas”. Igual, pienso también, la explicación hay que encontrarla en la atracción de los contrarios y en la seducción irresistible de la literatura.
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Catedrático
Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.
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