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Un premio Nobel para un taurino

jueves 14 de octubre de 2010, 20:31h
Cuando llevaba el apartado (palabra polisémica, jugosa y aprovechable en varias de sus acepciones para el negocio que aquí se trata) de La Lidia, como uno de los elementos que componían la sección de Cultura de el diario El País, propuse dedicar varias páginas, durante la madrileña feria taurina de San Isidro, a arropar las corridas en cuestión con artículos y reflexiones que salieran de las raíces de esta fiesta y echaran sus ramas y brotes por los amplios campos del conocimiento y la cultura, por los aires celestes donde habita la música o la filosofía, por los territorios mágicos de los artistas, por los planetas extraños de los aficionados. Eran otros tiempos (aún no hace tres años) pero ya velaba, como un buitre haciendo círculos en lo alto, la historia de una crisis anunciada, que de pronto, según terminaba la feria de El Pilar, se posó y se puso a rasgar sin piedad la carne de sus víctimas. Aún sigue. Pero en aquellos felices e inconscientes 2006 y 2007, aún cabía gastar tinta en los toros y el jefe de Cultura del diario, que no había ido ni pensaba ir a una corrida en su vida, mostró sin embargo todo su apoyo y disposición. Reuní unas cuantas firmas que, por vicisitudes varias, tuvieran algo que decir sobre el tema —o de su tema en diálogo con esta fiesta— y salieron unas cuantas páginas apasionadas y dignas que contribuyeron, entre tantas otras, a asentar el tema taurino en el respetuoso lugar que se merece. Naturalmente, una de las primeras personas con la que contacté fue el escritor Mario Vargas Llosa. Gran aficionado a las corridas y firme e inteligente defensor de su existencia, y del derecho a asistir a esta fiesta apasionante, trágica y conmovedora, única en el mundo y que acarrea y sustenta una carga de tradiciones estéticas, simbólicas y éticas que viajan desde la Antigüedad al 2010, desde el Mediterráneo hasta el Pacífico, estuvo encantado de colaborar. La vida metódica del reciente premio Nobel (si no la llevara no lo sería ¿para cuándo escribir?) y la agenda de conferencias no le permitió sacar su artículo en mayo, pero lo ha hecho después, repitiendo su compromiso en varias ocasiones. Si uno ya era —por muchas razones, la principal sus libros, pero no menor su valor caballeresco y elegante para comprometerse con las cosas y defender la libertad (la de ir a los toros, entre otras) como un Quijote moderno— un devoto de Vargas Llosa, la concesión de este premio por una institución tan ajena a casticismos, me reafirma aún más en mi devoción.

Cuando el escritor me preguntó, a través de su secretaria, si tenía pensado algún tema en especial, contesté lo más lógico: “sobre lo que él quiera. Siempre que sea de toros…” Otros lo harían sobre distintos ámbitos: desde la arquitectura de una plaza, la música, las pinturas de tauromaquias o la sociología del público. Pero si ahora, una vez que Vargas Llosa ya se ha retratado en múltiples foros y ocasiones, sin más miedos ni prudencias que las que exige el respeto, pudiera volver a solicitarle su colaboración, si me atrevería a proponerle un tema: El del toreo en América.

En aquellos años de precrisis, como quien intuye la venida de una nube negra, hubo un estallido de luces y color en el toreo. La vuelta de Tomás, la sazón de Ponce, la solidez neoclásica de El Juli, el valor extremeño de Perera, Talavante, Ferrera…, el sur de siempre del que renació Morante con su valor, su oficio y su arte, el “algo” de Curro Díaz y El Cid terminando de templarse, el clasicismo azul y renovado del Levante de Manzanares, la sorpresiva aparición de Cayetano, con secretos familiares de Ordóñez entre las telas, la vuelta del genial Aparicio, la petición de sitio desde Francia, con asientos de primera fila reservados, para Castella y Juan Bautista, el poderío popular y banderillero de Fandi, la madurez de Esplá en retirada dictando magisterio… fue un fogonazo, un chispazo revitalizador de esta fiesta en la que se anunciaban nubarrones. También el ganado, tanto tiempo rodando por los suelos, parecía, con todos los reproches que queramos sobre sus deficiencias de casta, bravura, movilidad y fiereza, al menos volver a mantenerse en pie. Que no era poco.

Luego llegó el nubarrón y sentimos como si al ritmo de los problemas económicos, se hubiera entristecido en este contagio, también el toreo. No hablo, por supuesto, de los problemas elementales que han surgido (público, entradas, reducciones, ganado sobrante, pagos irregulares, etc.) sino de algo más sutil: de su huella en la luz, en la alegría de torear, en la Fiesta. La grave cogida de JT en tierras americanas no ha sido un mal menor. La expulsión del toreo de territorio catalán, tampoco.

Y, sin embargo, ni en el estallido dorado de la precrisis hubo un torero americano rompedor, que se uniera al carro, ni en la borrasca de la crisis —de muy distintas características y efectos en América— han aparecido toreros de estas tierras a dar la réplica. Conocemos, junto al colombiano Bolívar y otros, algunos mexicanos de fuste, que han dado muestras de valor y de arte por estas plazas nuestras. ¿Pero romper? No rompen. ¿Dónde está escondido el toreo de América? ¿No es allá, en Colombia, por ejemplo, donde es proclamado Bien de Interés Cultural, con convencimiento, sin remilgos ni complejos? ¿Dónde andan los peruanos, los ecuatorianos, venezolanos, colombianos, los propios mexicanos? ¿No sería casi obligado que ocuparan unas cuantas sillas vacías que andan esperándolos en las sala grana y oro de las figuras del toreo? Y más, por obvias razones, en este momento. Me gustaría que Mario Vargas Llosa nos hablara algún día de esto. Sabemos que leer a un Nobel escribiendo apasionadamente sobre toros, es más importante que mandar en visita a una comanda de matadores a la Ministra de Cultura. En cualquier caso, muchas felicidades por el Nobel. Ha sido una gran alegría para muchos. También para el planeta de los toros.
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