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Alberto Oliveras

jueves 14 de octubre de 2010, 21:19h
Debemos diferenciar entre que se muera alguien más o menos conocido y que se nos muera alguien. En dos días se me han muerto Manolo Alexandre, que ya se habrá reunido con su intimo y mi amigo Fernando Fernán Gómez y con sus compañeros de escenario José Luís López Vázquez y Agustín González, otros dos grandes, que se reunieron en el escenario del teatro Reina Victoria en una comedia que más bien era la autobiografía de los tres.

Luis Cepeda, periodista grande que desde hace algún tiempo se sumó a la breve relación de escritores gastronómicos me despierta con una noticia de esas llamadas sorprendentes porque nadie se resigna a sentir el estremecimiento que anuncia la desaparición de un ser querido.

Lo era, y lo seguirá siendo, para ese inmenso escritor que es Cepeda y, desde luego para mí, el comunicador que movía masas: Alberto Oliveras.

Tuve la suerte de ser su primer colaborador en el programa de la cadena S.E.R. titulado “Ustedes son formidables”. Lo escuchaban millones de oyentes. Varios miles de seguidores se agolpaban en la Gran Vía para, transistores en mano, escucharle y después esperar al final. Salía de los estudios en olor de multitud.

Cada semana se hacia el milagro. Alberto pedía ayudas económicas para una causa noble. Solucionó centenares de problemas. En una oportunidad tuve que desplazarme al centro de la África negra para rescatar a una niña a la que habían vendido sus padres, a un futuro marido, cuando la criatura tenía pocos días de vida. No solo conseguimos liberarla de un compromiso que ella no aceptaba sino que logramos la liberación de las mujeres africanas que estaban resignadas a su esclavitud.

Si Alberto Oliveras era la máxima figura radiofónica de nuestro país también era, simultáneamente una figura popularísima en Paris, su residencia habitual. Ninguna figura popular era ajena a la presencia y solicitudes periodísticas de Oliveras. Un medio día llamó por teléfono a Rogel Vadin, lo invito a almorzar y le pidió que llevase consigo a la que sería su mujer, Brigite Bardot. Quería facilitarme una entrevista con los dos famosos. Alberto jamás aceptó, por muchos millones que se ofreciesen, someterse a una disciplina. Lo suyo era viajar. Elegía la India en donde mantenía una hermosa amistad con Vicente Ferrer y con la madre Teresa. De vez en cuando escribía un libro en torno a ellos. Les servía y se servía a si mismo esparciendo generosidad.

“Me moriré en Paris con aguacero” y en la capital francesa se murió, el día 13 de octubre, mes en el que otoñecen, como por arte de magia cuatro fabulosas capitales europeas: Paris, Londres, Madrid. Y Barcelona, la tierra de Oliveras. Nunca escribiré sus patrias chicas porque todo el mundo es la patria del que quiere al universo

Alberto Olivaras era un nómada que, para no caer en la rutina, huía de sí mismo para reunirse con ciudades, amigos y consigo mismo con el que tenía siempre una cita en cualquier parte.

Es inmensa la vida vivía por mi junto al periodista y escritor Oliveras. Su mujer, los dos eran padres de una sola y brillante hija, vivía entre su Barcelona natal, Palma de Mallorca, Madrid y el mundo. Era tal su actividad que ya no sabía si iba o venia. Si ya es habitante de esos ignotos espacios para nosotros invisibles sabemos que tampoco se acomodara en uno solo. Si los románticos quieren encontrar a las personas queridas en el firmamento, a Alberto Oliveras habrá que buscarlo en una estrella fugaz. Estrella que lo llevara por la Vía Láctea quizás para dejarlo en Santiago de Compostela, porque este año es año Santo.
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