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Descrédito de los políticos

viernes 15 de octubre de 2010, 19:26h
Diversas circunstancias han hecho del judío británico Tony Judt uno de los maîtres à penser del arranque del siglo XXI. Su condición de destacado epígono sesentayochista, su snobismo, sagacidad y buena escritura a la hora de delinear las claves sustanciales de la segunda posguerra mundial y del fin del sistema comunista en Occidente han hecho de sus libros la biblia del pensamiento progresista del periodo intersecular (y a todo ello hay que sumar, por supuesto, el impacto producido por su admirable y lúcida actitud frente a la enfermedad degenerativa que, ha pocos meses, le condujo a la tumba).

Dentro de la revisión crítica a que en su obra testamentaria Algo va mal (Madrid, 2010) ha sometido al desarrollo de las políticas del primer mundo en la segunda mitad de la centuria precedente, sobresale el juicio auténticamente inverecundo que dirige a la clase política occidental del último quindecenio: ”Pero si dejamos el desafío de la renovación política radical a la clase política existente –a los Blairs, Browns, Sarkozys, Clintons y Bushes y (me temo) Obamas- sólo acabaremos más decepcionados (…) Durante el largo siglo del liberalismo constitucional de Gladstone a Lyndon B. Jonson, las democracias occidentales estuvieron dirigidas por hombres de talla superior. Con independencia de sus afinidades políticas, Léon Blum y Winston Churchill, Luigi Eunaidi y Willy Brandt, David Lloyd George y Franklin Roosevelt representaron una clase política profundamente sensible a sus responsabilidades morales y sociales (…) Políticamente, la nuestra en una época de pigmeos”. De salir de otra pluma, tan sumaria e injusta aseveración sería calificada de inmediato de fascista por el hondo rechazo que entraña tanto de la representación popular en los regímenes democráticos como de la política en sí. Su nostalgia del “tiempo ido” no tendría igualmente más respuesta que el desprecio o el silencio más admonitorio que piadoso, por no hablar, claro, de sus gustos y preferencias en materia de gobernantes y estadistas.

Nacidas de una radicalidad progresista hoy más a favor que nunca del viento imperante en los principales cuadrantes ideológicos, debido a la devastadora crisis económica, las críticas manifestadas por el autor de Posguerra, una historia europea desde l945 se alejan muchas veces, por su extremismo y unilateralidad, de la función catártica que todos los intelectuales de raza como él desean para sus obras, para convertirse, simple y llanamente, en auténticas cargas explosivas contra el corazón del sistema de convivencia establecido por la democracia, en un largo caminar, en Occidente. Ni su alta cotización en los principales mercados editoriales ni su buscada presencia en los medios autorizan a Judt al catastrofismo que, seguramente malgré lui, alienta y late en buena parte de su deslumbrante producción ensayística e historiográfica. La condena casi universal que pronuncia inapelablemente sobre los estados y sus servidores directos, deviene en muchos puntos, por su énfasis, en quinceañera. Igualmente, su plausible apelación al protagonismo de la sociedad y de sus más destacados agentes en la vida pública para dinamizarla y oxigenarla deriva en ocasiones hacia un populismo por entero repudiable. Pues, en definitiva, cuando el revisionismo traspasa sus lógicos límites cae de ordinario en estéril caricatura. El descrédito de los políticos cuando es poco matizado conduce ineluctablemente al de la política, uno de los más nobles oficios del ser humano.
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