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Donde no se dan, no se toman : España y Marruecos alimentan su avispero ( II )

Víctor Morales Lezcano
sábado 16 de octubre de 2010, 15:39h
Hagamos ahora un travelling breve sobre el pasado. Las ciudades autónomas de Ceuta (19 km2 poblados por 78.674 habitantes) y Melilla (13 km2, con una población de 73.460 ciudadanos) -datos del INE, 2009-, pertenecen con continuidad al reino de España desde 1640 y 1497.

Ambas son una herencia territorial valiosa al tiempo que original. Junto con Canarias, las dos ciudades autónomas le confieren al Estado español la condición de Estado bicontinental, euro-norteafricano, como apuntó el profesor Jover Zamora en más de una ocasión. Melilla ha sido -y es- un enclave urbano (y en tiempos no muy lejanos, militar) en el centro del Rif; mientras que Ceuta y su monte Hacho fueron considerados desde la Antigüedad como una de las columnas de Hércules que “vigilan” las aguas del Estrecho. (El Peñón de los ingleses -otra de las columnas- fue incorporado como posesión colonial al Imperio de Su Majestad Británica en 1713).

Cuando desaparecieron los Protectorados de Francia y España en Marruecos, Ceuta y Melilla siguieron siendo de soberanía española, aunque directamente limítrofes con el retropaís rifeño y jeblí (o sea, de relieve montañoso en los dos casos). De ahí, precisamente, los posicionamientos jurídicos, políticos, estratégicos y económicos de las dos potencias ribereñas en las aguas del Estrecho, posicionamientos que distaron de converger desde 1956-1958 en adelante. El “espíritu” nacionalista del Istiqlal, luego asumido por la Unión Socialista de Fuerzas Populares, mantendría con fervor la idea de que las fronteras del reino alauí no estaban todavía cerradas.

Por su parte, los Gobiernos en Madrid siempre han fundamentado sus derechos allende Gibraltar en una “prescripción adquisitiva” sine die, sobre la que se basa la soberanía española en las dos ciudades -peñones de Vélez y Alhucemas inclusive-. Por su parte, Rabat partió tanto de la inconclusión del proceso independentista como de la resolución onusina dicha 1514, de 16 de diciembre de 1960, asertiva en lo referente a la terminación del proceso descolonizador posterior al final de la segunda guerra mundial. Estos posicionamientos encontrados han venido acantonándose durante medio siglo de tensiones y distensiones cíclicas, sin que los altercados -poco edificantes, dicho sea de paso- entre las dos potencias ribereñas, lleven camino de remitir a corto plazo.

Y aquí entra en consideración el último despliegue reivindicativo del que ha hecho gala el Gobierno de Rabat en relación con los sucesos fronterizos en Melilla; mientras que aquél se desplegaba, Madrid ha seguido practicando el avestrucismo reiterado con el fin de “non recevoir”. Es decir, hacer como si no se diera por enterado de la reivindicación marroquí sobre las dos ciudades autónomas de marras. Algo que, bien pensado, es longeva reclamación marroquí, como viene pareciéndose a sí misma la indiferencia española ante las pretensiones territoriales de allende el Estrecho.

El incidente político-diplomático se ha zanjado en apariencia con la entrevista celebrada en Nueva York, hace escasamente un mes, entre el rey Mohamed VI y el presidente Zapatero. “È pure si muove”. El repentino apaciguamiento del alboroto que ha suscitado el expediente Melilla 2010 abierto por el Gobierno marroquí no engaña a nadie. Hasta que no se alcance un diálogo fluido y duradero sobre la variante territorial en cuanto factor de malestar entre los dos países vecinos, poca confianza podrá inspirar un saludo sonriente para la galería. Vuélvase a repasar Al Sur de Tarifa, del siempre recordado Alfonso de la Serna.

Mi consideración del asunto la he transmitido en una entrevista que se publicó el 15 de agosto último en el cotidiano La Provincia (Las Palmas de Gran Canaria). Dos ciudades como Ceuta y Melilla pueden continuar siendo de soberanía española por razones de peso (entre otras, la voluntad expresa de sus habitantes, ¡qué ahí es nada!); ahora bien, en Rabat ha de entenderse que el procedimiento resolutivo menos lesivo para las relaciones hispano-marroquíes, resultante de la cuestión fronteriza ceutí y melillense, no ha de reposar precisamente sobre el irredentismo furioso de Marruecos. Conveniente es recordar que éste siempre provoca una respuesta del españolismo defensivo en sectores de opinión peninsulares -no sólo en los de Ceuta y Melilla-. Por la vía de la indignación epidérmica, sólo prevalecerá la obnubilación “patriotera” y no el cálculo diplomático bien fundamentado, más beneficioso a la postre para ambos litigantes.

En consecuencia, el sentido común, en tiempos de cooperación y permeabilidad transfronteriza, donde las haya, aconseja que Marruecos y España deberían actuar con rigor en este asunto fronterizo. Sus agentes responsables deberían fijar un programa pedagógico, cultural y mediático, a medio plazo, abierto a la cooperación estrecha, fecunda y enriquecedora para cristianos y musulmanes, hindúes y judíos de Ceuta y Melilla. Pongamos que ello se aplique durante el transcurso de los próximos veinticinco o treinta años. Dos naciones, dos pueblos, tan emparentados como son, y están, Marruecos y España, han de esforzarse en sentar un precedente más en el arduo capítulo de la resolución razonable de los diferendos. Incluso, si fuera necesario, con la asistencia de un componedor amistoso.

La situación privilegiada de las dos ciudades que centran el tenor de estas cuartillas, invita a que la imaginación cultural de españoles y marroquíes se aplique gradual y generacionalmente a hacer de estos dos polos urbanos, auténticas cosmópolis de coeducación y colaboración de toda suerte. De modo tal que la desconfianza y el recelo, hoy muy presentes, vayan disminuyendo, hasta conseguir liberar las mentalidades del prejuicio opinático inmediato, pero de raíz secular.

Ya se han cruzado algunas manifestaciones publicísticas al respecto en El País. Véase las líneas del profesor Ignacio Sotelo en “Recomponer las relaciones con Marruecos” (14, septiembre, 2010) y las de Juan Vivas, presidente de la ciudad autónoma de Ceuta, que lleva por título “Sobre el futuro de nuestra Ciudad” (21, septiembre, 2010). Me parece que no son sino dos muestras del diálogo transgibraltareño que Rabat y Madrid han de emprender desde ahora con seriedad. Conviene, por tanto, que se prodiguen los debates en los medios impresos y audiovisuales de ambas partes, para mejor salud de las buenas relaciones hispano-magrebíes.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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