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De marcha en Dograun

Rafael Núñez Florencio
sábado 16 de octubre de 2010, 16:01h
De Guernica a Dograun hay unos veinticinco kilómetros, poco más de media hora en coche, si no hay contratiempos. Si el mundo actual ha pulverizado el concepto tradicional de distancia, en el entorno vasco la cercanía es todavía más inmediata y se torna familiaridad casi inevitable. Quizás eso hace más chocante si cabe los contrastes: la cosmopolita Bilbao está a su vez a otra media hora en dirección oeste de las dos localidades citadas. El visitante pasa así en cuestión de minutos del Urdaibai -impresionante parque natural, “reserva de la biosfera”- al paisaje industrial desarticulado de la ría del Nervión. O, en nuestro caso, de una plácida, casi somnolienta Guernica a un ruidoso y restallante Dograun, que bullía en fiestas. Caía la tarde y la lluvia intensa se había convertido en un casi imperceptible sirimiri que, por contraste con la situación anterior, invitaba al paseo. No conocíamos Dograun más que por las guías turísticas, que ponderaban sus atractivos y la belleza de sus alrededores, ni sabíamos apenas nada acerca de las características concretas de su población y el entorno urbano. Lo primero en todo caso que destacaba favorablemente era la gran animación de las calles.

Nada más dejar el coche, a los pocos pasos, un bloque de pisos de apariencia deteriorada y fachada ennegrecida, cubierto en buena parte de pancartas rudimentarias y carteles emborronados, nos llama la atención. Al acercarnos, vemos a seis o siete chicos y chicas con litronas y canutos, más tumbados que sentados sobre un sofá mugriento y unas sillas desvencijadas que han sacado al portal. En una mesa pequeña, plegable, que hace tiempo perdió sus colores originales, hay vasos de plástico y varias botellas. Dentro, en la penumbra, se oye música y algarabía. Sale un joven con rastas, a lo Bob Marley, y se nos queda mirando desafiante mientras da unas caladas. La gente pasa al lado y hace ademanes ostensibles de no mirar, no ver, no oír. Desde la acera de enfrente nos parece percibir que donde había puerta de entrada sólo queda una especie de sábana sucia, recogida o retorcida por uno de sus extremos inferiores. Al fijarnos en las consignas que cuelgan de ventanas y balcones, escritas en un lenguaje elemental, híbrido entre vasco y castellano, acertamos a discernir que es una casa okupada. Sale un chico negro y se rasca los genitales de modo aparatoso, al tiempo que grita algo que no entiendo. Pasa una familia con niños, que sonríen con cierta aprensión, mientras la madre coge a la más pequeña de la mano.

El tren de cercanías discurre por el centro mismo de la población. En el momento que llegamos se cierra justo el paso. Miro hacia los raíles y veo a uno y otro lado unas bolsas de basura rotas, algunos residuos orgánicos y unas cuantas latas. Acabo de afirmar que se cerraba el paso pero pronto observo que eso no es del todo exacto, porque en realidad las dos barreras dobles que se han abatido dejan en su parte central un hueco suficientemente holgado para que pueda franquearlo una persona. También se puede atravesar por debajo de la barrera, claro está. Y así, por la parte inferior o por el hueco aludido pasan primero tres o cuatro personas, después un grupo más, luego otro, más tarde una piña de adolescentes algo achispados y al final hasta dos mujeres de avanzada edad y un hombre con muletas. Algunos van hablando despreocupadamente y apenas miran de soslayo a izquierda y derecha cuando están sobre las vías. Tanto es así que uno de los que iba a pasar (el que hacía ya el número cuarenta o cincuenta) pega un respingo cuando el pitido del tren suena a escasos veinte metros. Los que han tenido el civismo de esperar se ríen despreocupadamente del sorprendido, pero sin dar al asunto la más mínima importancia, mostrando bien a las claras que estamos ante la pura cotidianeidad.

Avanzamos hacia el casco viejo propiamente dicho. Las calles están repletas de gentes en patente actitud festiva. Las tiendas, sin embargo, están abiertas: son comercios pequeños, de tipo tradicional, a los que no parece haberles llegado atisbo alguno de aggiornamento. Como están semivacíos y tenuemente iluminados, dan una impresión un poco lóbrega. En cualquier caso, no parece que naden en la abundancia. Llegamos a la plaza de la iglesia en el momento en que están saliendo de ella decenas de personas. Observo que algunas mujeres lloran. Enseguida nos percatamos de que se acaba de celebrar un funeral. De pronto, suena a todo volumen unas notas de rock duro. Son sólo unos segundos. Luego, un pitido agudo. Ahora, los graves de una batería y una voz femenina que dice “dale más, un poco más”. Es el grupo que va a actuar inmediatamente y que está probando el sonido. Como el escenario está situado bajo el porche de la iglesia, el sonido rebota en el techo bajo y hace que todo el cuerpo vibre. La solista, una chica de poco más de veinte años, va en chandal y los demás, de cuero negro. El sonido estridente ahoga los susurros del pésame. Varias mujeres vestidas de negro se quedan rezagadas en el atrio, pero alguien las empuja porque es hora de cerrar las puertas de la parroquia. Por unos instantes, se confunden en ese entorno reducido los que salen de misa y los que vienen al concierto, como si fueran a abrazarse unos a otros.

Llegamos a la zona de poteo. Apenas se puede avanzar, porque son calles estrechas y están repletas de corrillos y grupos que se forman y deshacen aleatoriamente. Hay mucha más gente fuera que dentro de los bares. En la parte de arriba, de una parte a otra de las callejas, cuelgan cientos de pequeñas ikurriñas. (Me acuerdo del cuadro de Regoyos, “Toros en Pasajes”, en el que la fiesta vasca quedaba señalada por la presencia de múltiples banderas rojigualdas). En las fachadas, en los laterales de las puertas o colgando de las ventanas, fotos de etarras detenidos. Múltiples carteles escritos a mano, normalmente en tinta negra sobre fondo blanco: “Presoak Etxera”, “Euskal Presoak”, “Preso eta iheslariak”. El contorno del país, “Euskal Herria”, con Navarra y la Euskadi francesa, aparece por todas partes. Algo más adelante, donde la calle se ensancha, unos jóvenes acarrean una escalera para ayudar a otros a poner una pancarta enorme, con la palabra “Amnistía”, muy grande, en la parte central. Por debajo de la pancarta va pasando la gente -parejas, familias, grupos en general-, con naturalidad, haciendo todos como que no ven nada. Al desembocar en otra plazuela, los carteles son aún mayores, con combinaciones diversas: la serpiente y el hacha, fotos de presos, barrotes rotos y policías represores.

Ha caído ya la noche y nos sorprende la oscuridad en que permanece todo el centro urbano. Llega en varias ocasiones un profundo olor a hachís. De hecho, pasamos junto a unos adolescentes que están calentando un trozo enorme sin disimulo alguno, entre grandes risotadas. Vemos en distintas partes unos servicios rudimentarios -sólo para hombres- en los que se puede aliviar la vejiga a costa de quedar prácticamente a la vista de todos los transeúntes. Las papeleras están a rebosar y en sus alrededores han depositado botellas y vasos. Como tanto unas como otros son de vidrio, no hay más remedio que ir andando cuidadosamente y mirando al suelo porque hay restos cortantes por doquier. Me pregunto, si ésta es la situación a las nueve de la noche, cómo estará todo tres o cuatro horas después. Desde luego, no nos vamos a quedar a verlo. Ya hemos visto suficiente.

(Lo único ficticio en la visita descrita en los párrafos anteriores es el nombre del pueblo, que se ha alterado para evitar las consabidas susceptibilidades).
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