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Diecisiete millones de héroes

lunes 18 de octubre de 2010, 13:33h
Una vez pasada la resaca de la liberación de los 33 mineros de Atacama de la mina San José podemos decir, con inmensa satisfacción, que las operaciones de rescate han sido un completo éxito, tanto desde el punto de vista de las vidas humanas salvadas, como en cuanto a los aspectos técnicos, de organización y de decisiones políticas que se han adoptado.

Vaya por delante mi felicitación al pueblo y a las autoridades chilenas por el tesón, empeño y sobre todo por la unidad que han demostrado en estos 70 días, que para muchos se habrán hecho casi tan eternos como para los propios mineros atrapados.

Pero quisiera recapacitar sobre algunos aspectos que quizás hayan pasado algo desapercibidos debido a que el epicentro de la noticia estaba en cómo salvarlos. Evidentemente no era fácil dar en la diana del refugio que se hallaba a 700 metros de profundidad en un cerro, cuyas entrañas horadadas desde hacía más de cien años, eran extremadamente inestables. La dificultad como obra de ingeniería era grande pero aún mayor las decisiones a tomar.

En primer lugar estuvieron 17 días buscándolos y no cejaron en su empeño hasta que consiguieron comunicar con los supervivientes. Sí, ahora es muy fácil mantener que la búsqueda no podía haberse suspendido después de muchos infructuosos días. Pero, desgraciadamente lo que es habitual en situaciones como estas es no tener tanta esperanza y tesón como el que han demostrado los dirigentes chilenos.

Ya estaban localizados los 33 sepultados en vida y ¿Ahora qué hacemos? A 700 metros de profundidad no es fácil llegar. El tiempo se les echaba encima y había que tomar decisiones rápidas y certeras. Para ello se necesitaban los mejores técnicos, los mejores medios, la mejor coordinación, pero sobre todo la unión de todos. Y una vez más el pueblo chileno que es emprendedor, trabajador, sacrificado, creyó en su capacidad de gestión, en sus ingenieros, en sus trabajadores, en fin, tenían plena fe en ellos mismos, y allí estuvo todo Chile, al pie de la mina, como un solo hombre, trabajando hasta que salió el último de los atrapados.

Es admirable ver a un pueblo entero unido y orgulloso de ser chileno. Más de 700 mil kilómetros cuadrados de territorio nacional, desde Arica hasta Tierra de Fuego, y estaban todos representados con su Presidente de la República a la cabeza. Nadie se cuestionó si la I Región de Tarapacá había contribuido más que la VII Región de Maule o si los de la III Región de Atacama habían recibido más que la RM Metropolitana de Santiago. Nadie preguntaba qué partido político había apoyado más o menos, ni si el accidente era culpa de este o aquel gobierno. Allí estaba Chile, su bandera y la de los países amigos que con su tecnología habían ayudado al rescate.

Quizás algunos países de esta vieja Europa, que cree que todo lo sabe, deberían aprender un poco del espíritu de fortaleza y unión de pueblos como el chileno que no se cuestiona la nacionalidad, la lengua, la equidad en la distribución de los recursos y creen en el trabajo como sistema de crear riqueza nacional. Los chilenos, solo ellos, son responsables de sus actos, ya sean buenos o malos, y con su esfuerzo construyen día a día el país que con frecuencia sufre el devastador embiste de terremotos y tsunamis.

Al contrario de este saludable espíritu del pueblo chileno, en el viejo continente existen estados con más de 500 años de antigüedad y no obstante cierta clase política se cuestiona la unidad de la nación. Alguno tiene una lengua común que se habla en veinte países del mundo y hay políticos que, hablándola perfectamente, para expresarse en las instituciones solicitan interpretes. Se distribuyen los recursos económicos nacionales de manera arbitraria penalizando a unas regiones y premiando a otras por razones puramente de oportunidad política. Se destruye el empleo en aras de mantener una seudo política de bienestar social que incentiva el mínimo esfuerzo (PER) y exprime al empleador. Gastan como 17 países ricos y tienen menos ingresos propios que los necesarios para mantener a uno pobre. Y quizás lo peor, se ha creado tal individualismo entre los ciudadanos que dentro de poco los barrios de las ciudades se constituirán en cantones como el cartagenero de 1873.

Afortunadamente para los chilenos este triste panorama está erradicado de su nación y con ocasión de este terrible accidente, que por fortuna acabó bien, han demostrado al mundo entero de lo que un pueblo es capaz de superar cuando lucha unido y con plena convicción en sus recursos y creencias.

Por ello, todos en Chile han sido héroes, los 33 mineros por su fuerza interna durante los 69 días que estuvieron enterrados vivos; los ingenieros y técnicos que fueron los artífices de un rescate único en el mundo; los rescatadores, o como dicen allá “rescatistas”, que tuvieron el coraje de bajar a las entrañas de la tierra en ayuda de sus compañeros -aquí hubiera sido la Benemérita, que sólo en estos casos extremos la ponderamos adecuadamente-; las familias de los afectados que soportaron la presión con resignación cristiana –ya sé que no es políticamente correcto decirlo- y fe ciega en sus dirigentes; los políticos que tuvieron el valor de tomar las decisiones y responsabilizarse de sus consecuencias; y sobre todo los 17 millones de chilenos anónimos que tuvieron en todo momento fe en su potencial humano, en sus propios recursos y en sus dirigentes políticos.

Miguel Spottorno

Ex director de centros del Instituto Cervantes

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