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El pez en el agua

Concha D’Olhaberriague
martes 19 de octubre de 2010, 21:16h
La concesión del Premio Nobel de literatura a Mario Vargas Llosa ha tenido efectos benéficos en los medios de comunicación. Por una vez, al encender la radio no se oía hablar de fútbol ni de trifulcas entre políticos. No obstante, la alegría durará poco y volveremos pronto -ya casi lo hemos hecho cuando escribo estas líneas- a las andadas tediosas o inquietantes de la normalidad informativa.

Los periódicos, en cambio, seguirán por fortuna dedicándole una atención preferente durante algún tiempo.

Cuando un escritor despliega una prosa tan potente y bella como la de Mario Vargas Llosa, hay que leerlo con una prudente morosidad no vaya a ser que, seducidos por su escritura, como achacaba Ortega a ciertos lectores suyos, resbalemos por sus razones.
Pocos autores vivos, creo yo, garantizan como él el goce de la lectura, en sus novelas y hasta en los textos periodísticos de su Piedra de toque de El País, estemos o no de acuerdo con sus argumentaciones y puntos de vista.

Jon Juaristi señaló en un artículo excelente la estirpe cervantina de su mirada literaria. También lo es la destreza sin igual para tejer las tramas y engarzar historias y personajes dando la sensación de que todo fluye como en la naturaleza, con armonía unas veces y de manera brava y tempestuosa si la ocasión lo solicita.

En este mismo periódico, Juan José Solozábal ha rendido homenaje a Conversación en La Catedral, tal vez su obra maestra y, desde luego, la más apreciada por su artífice, según confesión propia.

Unas semanas antes de fallarse el galardón, tuve la suerte de ver y oír a Mario Vargas Llosa en un acto dedicado a Perú en el Ateneo de Madrid. Consistió en un diálogo con su viejo amigo Fernando de Szyszlo, destacado artista plástico limeño y uno de los destinatarios de la dedicatoria del libro de memorias El pez en el agua.

Durante la charla surgieron, ensartados unos en otros, personas y acontecimientos recogidos en la mencionada obra autobiográfica: la participación fallida en las elecciones de Perú frente a Fujimori; el indigenismo impostado y de escasa calidad literaria frente al dominio de la técnica innovadora del mejicano Rulfo o al más auténtico y vivido del desdichado José María Arguedas, hablante de la lengua quechua desde niño, con quien tuvo trato amistoso Szyszlo; la peripecia del pintoresco Sérvulo Gutiérrez, escultor experto en falsificar piezas precolombinas y boxeador ocasional, que retó a un militar a pegarse trompadas en un taxi o, en fin, la situación actual de América latina y las dudas e incertidumbres europeas.

Recomiendo El pez en el agua a quienes aún- incluido algún conocido literato- a estas alturas, se preocupan ante todo en averiguar si Vargas Llosa es de derechas o de izquierdas sin tomarse la molestia, claro está, de explicar qué significa tal cosa hoy día.

Yo no lo sé, pero tampoco estoy interesada por las etiquetas remediavagos, salvo como objeto de estudio profesional, y me apasiona, en cambio, la buena literatura.

Por eso quería celebrar el premio con mi pequeña contribución.

Terminaré, queridos lectores, si me lo permiten, con una anécdota.
Pocos días tras la conversación del Ateneo, coincidí en una diminuta sala de cine casi vacía y próxima a la madrileña Puerta del sol con Vargas Llosa y su mujer. Íbamos a ver Bright Star.

Elegí el asiento del pasillo de la fila séptima; a mi lado no había nadie y en la siguiente butaca estaba Patricia, la esposa del escritor. Al apagarse la luz, noté que me miraba discretamente. Al parecer, pasé el examen; a continuación dejó el bolso en la butaca que nos separaba y allí se quedó hasta que, tras dos horas intensas, concluyó la proyección.
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