De pateos, pitos y abucheos
jueves 21 de octubre de 2010, 12:19h
Los miembros de la familia Starkadder y los jornaleros de Comfort Cold Farm, la creación literaria de la irónica escritora británica Stella Gibbons (“La hija de Robert Poste”), tenían reconocido el derecho a refunfuñar. No se podía pedir menos que este derecho natural, innato e imprescriptible en la granja perdida en Sussex, en las colinas de los Downs,a siete millas de un villoririo en el que la máxima atracción eran las prédicas de Amos en la Iglesia de la Hermandad de los Estremecidos.
Los aficionados al fútbol disfrutan apasionadamente del juego del equipo de sus colores, pero no se olvidan de su derecho a pitar cuando las cosas no van bien y a pedir a coro la dimisión del entrenador y, si llega la ocasión, del Presidente y de toda su directiva. Y eso sin mentar al árbitro al que no hay otorrinolaringólogo que sepa curar su tímpano permanentemente perforado por los llamamientos a sus ascendientes y descendientes de forma poco considerada.
Los aparentemente más templados espectadores que acuden a las corridas de toros son intolerantes con las astas afeitadas y con los toros inválidos y sin trapío, ante los que, irritados, agitan su pañuelo verde acompasado de gritos irrepetibles. Y no pasan una al torero pinturero, pegapases, que mete pico y se echa al toro a las afueras. Pitos y broncas monumentales se escuchan y no pocas veces almohadillan el coso al final de la tarde como gesto de desprecio ante el fraude o la tomadura de pelo.
Los finísimos y elegantísimos melómanos no perdonan el mínimo atentado a la escala musical y se olvidan de pajaritas y joyas de diseño –y hasta de la marca de sus zapatos- cuando patean desaforadamente en los salones de ópera y de conciertos. Patean, por cierto, como en no pocas ocasiones los diputados desde sus escaños, aunque en los Parlamentos siempre hay división de opiniones y los incondicionales intentan apagar los zapateados con aplausos enfervorecidos. No falta, en fin, quien utiliza el calzado para tarárselo a la cara a cualquier Bush que se ponga por delante en una rueda de prensa.
Otros utilizan trompetas, silbatos, vuvucelas, chiflos, cornetas y timbales para apagar las voces de conferenciantes potenciales que se vuelven compuestos y sin impartir doctrina. Recuerdo ahora a Aznar y a Rosa Díez en sedes universitarias públicas apagados por abucheos musicales desafinados como nueva expresión de filibusterismo. Pero aguantaron!!
Con la boca, con las manos, con los pies o con ayuda instrumental, el derecho a la desaprobación es natural e inalienable, pese a quien pese, afecte a quien afecte. Se puede ir o no ir a un acto. Y si hay que ir se va. Y si no se quiere oír, lo aconsejable es dotarse de unos buenos tapones reforzados, de unas orejeras de látex o de un casco de poliuretano con forro interior de cuero repujado.
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Catedrático y Abogado
ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial
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