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reseña

György Dragomán: El rey blanco

sábado 23 de octubre de 2010, 18:49h
György Dragomán: El rey blanco. Traducción José Miguel González Trevejo. RBA. Barcelona, 2010. 256 páginas. 19 €
Existen etapas de nuestra Historia en las que, ni siquiera la visión inocente de un niño puede suavizar la cruel realidad del mundo de los adultos que le rodea. György Dragomán (Transilvania, 1973), en su segunda novela El rey blanco nos sitúa, sin mencionarlo explícitamente, sin nombrar ciudades, fechas ni dirigentes políticos, en los últimos años de la República Socialista de Rumanía, en la década de los ochenta.

Casi como único referente histórico, se menciona la construcción del canal Danubio-Mar Negro, inaugurado en 1984, un proyecto megalómano en cuyo levantamiento participaron, obligados, al menos 20.000 prisioneros disidentes comunistas: “enemigos del pueblo” que se dejaron la piel y la vida en la construcción del tercer mayor cauce artificial de agua del mundo. Entre ellos se encuentra el padre del protagonista, un profesor universitario apresado por un convoy en una tarde de domingo y trasladado a uno de los campos de trabajo. Desde ese día, Djata espera su regreso a casa cada semana, para que vuelva a cuidar de su madre y él, y “vayan juntos a ver el mar”…

Mientras tanto, van sobreviviendo en una época de gran austeridad, con una reducción tan drástica de los artículos de primera necesidad en los mercados, que “las frutas tropicales cubanas se convierten en un lujo por el que algunos son capaces de matar”. Bajo un régimen represivo y dictatorial, que el autor dibuja a través de la vida del niño, su escuela y su entorno, cada capítulo es un ejemplo de esta realidad dura y restrictiva: profesores que infligen castigos crueles, infantes que aprenden a fabricar bombas, armas como juguetes, camaradas corruptos en el Gobierno… Lo más tierno y, a la vez, desalentador, es como Djata, con once años, que guarda una foto de su padre en el bolsillo, una pieza de ajedrez (el rey blanco) y una condecoración que le dio su abuelo, asume, en ocasiones con indiferencia y resignación, las situaciones injustas que se ve obligado a vivir y observa el mundo como un gran tablero de juego.

Este relato, escrito en un estilo discursivo, con largas frases concatenadas y un vocabulario austero, sin abundancia de adjetivos, galardonado con el prestigioso premio “Sándor Márai”, nos muestra la crudeza de la Rumanía comunista que, antes de su conclusión con el derrocamiento en 1989 de Nicolae Ceaucescu, se llevó por delante la infancia de miles de niños.

Una recreación de una de las etapas más duras de la Historia contemporánea en la que dios se escribe con minúsculas.

Por Patricia Flores
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