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Una joven se cita con la muerte

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 24 de octubre de 2010, 19:19h
Una joven camina por el bulevar George Washington de Belgrado a primeros de diciembre de 1941. Tiene una cita con la muerte pero seguramente ella no lo sabe.

Los nazis han ordenado que todos los judíos de la ciudad se presenten ante las autoridades de ocupación. Todas las organizaciones judías han quedado desmanteladas. A pocas calles del bulevar, el cuartel general de la GESTAPO impone el terror entre una población conjurada para resistir.

La joven se presenta en l número 23 del bulevar, en lugar de reunión de todos aquellos que irán al ampo de concentración que queda allí, a pocos kilómetros, más allá del punto donde se cruzan el Sava y el Danubio. Ese lugar, cuyo solo nombre significa el terror, se llama Staro Sajmiste o, en alemán, Semlin. La torre del campo es visible desde la ciudad; los muros y el alambre de espino lo rodean.

Pero ¿quién es esta joven casi adolescente? Se llama Hilda Dajc (pronúnciese Daich) y luce con orgullo un brazalete amarillo que la identifica como judía. Antes de la ocupación, se declaraba yugoslava y no ha renunciado a ese nombre. Nació en Viena pero se ha formado en Belgrado. Es una estudiante de Arquitectura muy prometedora; ama la literatura y asiste a la escuela del grupo literario Aleksa Santic. Su padre es el vicepresidente del Consejo Judío creado por los nazis como órgano de gobierno. Sin embargo, esto no garantiza nada: Hilda y toda su familia fue exterminada en el campo entre marzo y mayo de 1942.

Sin embargo, en este día de diciembre de 1941, Hilda ignora el destino que la espera. Se presenta voluntaria como enfermera para los presos del campo. Se adentra así en el terror del siglo XX por su propio pie. Lleva consigo algún libro –Goethe, Montaigne- y el recuerdo de sus padres, su hermano Heinz y sus amigas Nada y Mirjana. A ellas les escribirá cuatro cartas que he leído gracias a la generosidad de mis amigos de Belgrado, que me han hecho mostrado el trabajo de Jasa Almuli sobre esta joven judía que se adentró en el horror y dejó testimonio de él antes de morir.

Christopher Browning estudió el campo de Staro Sajmiste. Allí lo nazis asesinaron a judíos, eslavos y gitanos gracias a un camión cuyo tubo de escape daba el interior del habitáculo del pasaje: cada trayecto morían unos cien judíos asfixiados por el humo y los gases tóxicos que inundaban el habitáculo. Antes, habían sufrido el hambre, la enfermedad, el dolor físico del castigo y el sufrimiento total del abandono. A muchos los mataron el frío, el hacinamiento y las infecciones. Hilda lo vio y lo cuenta en estas cartas que no se han traducido al español todavía.

Hilda espera en el número 23 en este bulevar cercano al lugar desde el que escribo. Apenas quince minutos a pie y llego al lugar en que esta lectora de Heine –otra de sus lecturas en el campo- decidió entrar en el infierno para hacer de enfermera de quienes estaban allí. ¿Cómo llamarlos? El preso y aun el prisionero (por ejemplo el de guerra) tienen algún derecho: que se respete su vida y se le dé alimento; que no se lo torture… pero los hombres, mujeres y niños de los campos en toda la Europa ocupada carecían por completo de derechos. Los nazi y sus colaboradores vieron que el exterminio sólo era posible si de despojaba a los judíos de su condición humana de modo que se pusieron a la tarea.

Meses antes de esta cita, miles de yugoslavos como Hilda se habían negado a colaborar con el Eje. Miles de yugoslavos se habían sublevado contra los nazis y sus amigos. Fue el 27 de marzo de 1941 y la fecha aún se recuerda con orgullo. No podían vencer al ejército más poderoso de Europa –y lo sabían- pero prefirieron luchar antes que quedarse mirando. Un monolito recuerda en Belgrado, en pleno centro, a los miembros de la Resistencia colgados de postes y farolas por las calles. Durante los largos años de la ocupación, los nazis y sus colaboradores no conocieron la paz ni el descanso. La lucha de los yugoslavos como Hilda –judíos, católicos, ortodoxos, ateos- no les dio tregua. Casi todos los que lucharon, como Bajo Kaludjerovic, regresaron a sus trabajos después de derrotar a los nazis. Ellos liberaron los campos en Yugoslavia y contemplaron el espanto a cuyo encuentro fue Hilda aquel día de diciembre de 1941.

En una de sus cartas escritas desde el abismo, Hilda –enfermera en el infierno, diecinueve años, escritora, judía, yugoslava- se despide de su amiga Mirjana de este modo: tu prisionera del campo que te quiere.

Casi 70 años después, llega a mis manos –como antes pasó por las de otros que lo contaron- esta historia de amistad y sacrificio. Un día de 1941, en el bulevar George Washington de Belgrado, Hilda Dajc - estudiante judía y yugoslava, lectora de Pascal- rescata la condición humana y la libertad, que tal vez sean lo mismo. Así ella salva la amistad y la valentía, el amor y la memoria.

Hoy esta columna recuerda a Hilda Dajc y a quienes fueron como ella.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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