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El Presidente Zapatero es creyente

martes 26 de octubre de 2010, 12:06h
Se entiende que creyente en algo de más sustancia que en banalidades generalistas como que está “en contra de la guerra” y “de la pobreza” (en el supuesto que los demás estamos a favor). Hace cosa de un mes, el señor Rajoy declaró que los catalanes tenían problemas más acuciantes como para volver a enredarse con el tema identitario. El Presidente del Gobierno, desde Cataluña, tardó poco tiempo en reprochar al líder de la oposición su tibieza y falta de interés por el evangelio de la identidad. Al parecer, visto el desastre electoral que se avecina, el señor Zapatero y el señor Montilla se han repartido los papeles. Y, en la comedia autonómica, a éste le ha tocado rescatar el papel españolista e internacionalista del PSC –casi irrecuperable, tras el amancebamiento del PSC con los secesionistas- y a Zapatero desplegar las enseñas del nacionalismo, que es de las cosas que mejor hace y más le gustan.

Lo hará bien porque, como sabemos, el Presidente profesa un fervor religioso por el tema cultural e identitario. Hace ya tiempo que el señor Zapatero, en su viaje y viraje hacia el nacionalismo, tiene tantas dificultades en distinguir entre el derecho a la diferencia y la diferencia de derechos que ha olvidado hasta la letra de La Internacional. Y no es que el señor Zapatero venga de estirpe carlista. No. Se supone, por el contrario, que acaudilla un partido socialista e internacionalista, que debiera estar más interesado en la filosofía ilustrada de la semejanza que en la etnología völkisch; más dedicado a promocionar políticas de igualdad que a resaltar diferencias y alentar enfrentamientos. Pero en toda esta experiencia morganática del señor Zapatero con grupos nacionalistas, que tan poco tienen que ver con las ideas y tradiciones de su propio partido, lo que más extrañeza produce es la insistencia en el error. No me refiero a los aludidos errores de mayor cuantía filosófica, ni siquiera al destrozo en el equilibrio del sistema democrático español que ha ocasionado nuestro Presidente rompiendo el acuerdo bi-partidista en relación a la estructura territorial del Estado. De eso ya hemos hablado en otras ocasiones. Tampoco entraremos en los daños colaterales de dicha política rupturista del consenso constitucional; a saber: el desprestigio del Tribunal Constitucional y –lo peor de toda esta saga de despropósitos- las asombrosas declaraciones del Presidente del Gobierno, en el sentido de que ya se retomarían los 14 artículos del Estatuto anulados por la sentencia del Constitucional por la puerta de atrás de leyes orgánicas.

Vayamos a la verdadera especialidad del señor Zapatero y juzguémosle por ella: encuestas y resultados. Pues bien, tampoco aprueba el señor Zapatero esta asignatura en la modalidad de su política territorial. Es un hecho, y como tal incontrovertible, que la política territorial del señor Zapatero también ha sido un desastre para el PSOE desde el punto de vista electoral. Fracasó primero estrepitosamente en Galicia su alianza contra natura con el BNG, devolviendo por ello la mayoría absoluta al Partido Popular. Y, ahora, amenaza con hundir a los socialistas en Cataluña.

Es curioso -y paradójico, en vista de la peculiar opción nacionalista elegida por nuestro Presidente- que al señor Zapatero la única política territorial que le ha salido bien haya sido la que ha concertado con el principal partido de la oposición. Por ejemplo, en el País Vasco. Y resulta que el estratega de León ya ha puesto los mimbres para destruirla. El pacto con el PNV para aprobar los Presupuestos tiene, claro, su coartada política, la cual, parlamentariamente hablando, es inobjetable. Pero son razones que al Lehendakari, y jefe de los socialistas vascos, Pachi López, no le sacan de la orfandad en que le ha colocado el Presidente del Gobierno, negando ayer a los socialistas vascos lo que hoy concede a los nacionalistas.

Pero es que además, de un tiempo a esta parte, el señor Zapatero parece haberse especializado en engañar y triturar a sus propios correligionarios. Lo hizo con Pascual Maragall, pactando el Estatuto de la discordia, a sus espaldas y en la Moncloa, con su rival de CiU, Artur Mas, en una noche de humos y engaños. Estos días, le ha tocado al señor López el ingrato papel de convidado de piedra. Y, lo que es peor, ha dañado, quizá irreparablemente lo que venía siendo una oportunidad histórica democrática no-nacionalista en el País Vasco por el plato de lentejas de durar un año más en el Gobierno. ¡Ahí es nada! Sin embargo, el dirigente del PSE lo ha encajado con buen ánimo e inteligencia. El pacto Zapatero-Urkullu, nos ha explicado el jefe del socialismo vasco, alejará al PNV del precipicio soberanista. Es una disculpa sugerente e inteligente. Con frecuencia, en política son las consecuencias imprevistas y no diseñadas las que mejor sirven al sistema. Así podría haber ocurrido con el pacto socio-nacionalista en Cataluña. Pero, de hecho, el resultado fue el inverso al ansiado por el Presidente vasco: los partidos nacionalistas catalanes, lejos de integrarse, se han alejado del sistema; más bien, han sido los socialistas catalanes los que se han contagiado de nacionalismo y deslizado hacia el soberanismo.

¿Ocurrirá otro tanto en el País Vasco? Veremos. Pero una mirada comparativa induce al pesimismo. Desde el Impero Autro-Húngaro a la República de Weimar –y más recientemente, los laboristas en Escocia- la izquierda que se ha empeñado en colaborar, y/o competir, con los nacionalistas en un campo político que no le es propio y en un juego cuya naturaleza le es ajena ha terminado con la savia electoral vampirizada por sus insaciables socios de ocasión.

Sea como quiera, es una evidencia empírica que, en cuanto a su política territorial, el señor Zapatero no ha seguido el dictado de encuestas y resultados electorales: su política nacionalista debe tener un fuerte componente ideológico, en la medida que la mantiene a pesar de lo que le está costando.

Algo parecido sucede en el plano económico. Se puede entender, sin necesidad de compartir, la prolongada luna de miel que el Gobierno Zapatero ha mantenido con los sindicatos desde que llegó al poder. Ahora bien, una vez comprobado que los gremialistas se iban a poner de manos en defensa de prebendas y privilegios, amenazados por las inevitables medidas de ajuste, nuestro Presidente bien podía haber aprovechado el divorcio para hincar el diente con decisión a la legislación de trabajo más reaccionaria de Europa –que ya es decir- directamente heredada del franquismo, tras una pesada mano de inspiración mussoliniana. Pero no. La nueva legislación laboral ha sido un parto de los montes del que ha salido un ratón irrelevante que no encara el problema de un mercado laboral viciado e inflexible. Y ello tras unos pasos de minuet, más o menos sonrojantes, en que Gobierno y sindicatos han intentado maquillar el fracaso de una huelga general en que las escenas de Novecento se convertían en una “farsa” con que les hubiera caricaturizado ese Marx que no han leído.

Total, que estábamos equivocados y debemos apresurarnos a reconocerlo: tiene razón mi buen amigo Antonio García Santesmases, nuestro Presidente -y mejor actor- cree en algo más que en encuestas y sondeos. Y cree firmemente, incluso contra el viento y marea de los resultados electorales. El único problema es que alguna de las principales cosas en las que cree poco tienen que ver con el socialismo: unas, son nacionalistas, en lugar de internacionalistas, intercambiando la soberanía de ciudadanos libres e iguales por una suerte de confederación de marquesados, condados y principados en que se calculan balanzas fiscales regionales, en lugar de sostener el principio de impuestos individuales y progresivos; y las otras, son tan gremilistas y conservadoras que convierten un contrato de trabajo en una suerte de leasing que excluye a los parados para otorgarnos un título de propiedad a los ocupados.

Una pena. Lástima para los socialistas. Y un desastre para los ciudadanos que pensamos que un sistema de fuerte perfil bipartidista como el español necesita un Partido Socialista coherente, serio y sólido.

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