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TRIBUNA

[i]Después de Kirchner[/i]

viernes 29 de octubre de 2010, 11:46h
En vida, Néstor Kirchner fue el gran ordenador de la política argentina de los últimos diez años: todos los protagonistas de la vida pública se definían, indefectiblemente, por el grado de adhesión u oposición a su figura, por encima de cualquier otro parámetro.

Ya muerto, la continuidad de esa condición de gran referente estará por verse. Normalmente, los líderes personalistas dejan una estela que se diluye pronto. Ausente de instituciones, su sucesión procede según la sabia máxima de Alejandro de Macedonia: “pasará a mandar el más fuerte de mis generales.” Inmediatamente pensamos en Julio César o Napoleón. Más cercanos a nosotros, Bolívar o San Martín. A la distancia, De Gaulle, Franco, Mandela o Fidel Castro. Esa gente no tiene herederos.

Hay excepciones, claro. Perón nos dejó el peronismo, eje alrededor del cual, guste o no, sigue girando la política argentina, a más de treinta años de su muerte. ¿Existirá un kirchnerismo comparable?

Kirchner es amado por mucha gente en Argentina, y detestado por un conjunto comparable. Pero ya entró en la Historia y en ella buscará su lugar.

Ausentes los líderes, la gente tiende a agruparse en derredor de sus legados ideológicos. En el caso del kirchnerismo eso aparece difuso: abarca desde la extrema izquierda de Hebe de Bonafini, las Madres de Plaza de Mayo y los ex guerrilleros, hasta un burócrata sindical como Hugo Moyano, Secretario General de la Confederación General del Trabajo, y cuyos pares siempre constituyeron el enemigo más poderoso de los montoneros guevaristas. Y en el medio de esos extremos, un popurrí de numerosísimas agrupaciones muy distintas entre si. Porque el factor aglutinante de Kirchner nunca fue una ideología determinada sino un manejo durísimo, frecuentemente cruel, y muy personalista del poder. A esa capacidad disciplinaria se la llevó a la tumba.

Cristina de Kirchner se queda con el poder formal de la presidencia y con la aceptación generalizada de su jefatura de lo que de ahora en más resulte ser el kirchnerismo. Es un misterio, todavía, si va a poder o querer conducirlo de la manera inapelable conque lo hacía su marido. Al principio, seguramente si, después, se verá. Cuando el ex presidente vivía, todo el mundo sabía que la política había descartado la negociación y los compromisos: su estilo siempre fue confrontativo, a triunfo o derrota, se estaba con él o contra él, las alternativas no se aceptaban. Pero físicamente desaparecido, buena parte de la población revive su expectativa de una vida política con más armonía y sin enfrentamientos tan apocalípticos. Será la hora, tal vez, de aquellos ya escasos líderes peronistas que todavía mantienen diálogo con todos los sectores, perfil en el que se destaca con mayor nitidez el actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli.

En tal perspectiva, preocupan algunas manifestaciones que no provienen del centro del poder sino de operadores o funcionarios kirchneristas, que son de segunda línea, pero cuyo accionar imprudente no ha sido aún corregido por la cúpula de ese movimiento. En las primeras cuarenta y ocho horas, llamó la atención que algunos líderes de la oposición prefirieron no hacerse presentes en las públicas exequias del ex presidente, alertados por la falta de garantías del gobierno a su seguridad física. Y por la misma causa, por lo menos dos importantes referentes del oficialismo advirtieron que no concurriera nada menos que el Vicepresidente de la Nación, políticamente enfrentado con la señora de Kirchner. Hasta ahora, el ingeniero Cobos no lo hizo. Eso no fue bueno y, si a tal discriminación no se la desautoriza o, peor aún, no se la corrige, y se confirma semejante rumbo en la conducción del kirchnerismo, perjudicará mucho a la imagen de la Presidente, a quien toda la Argentina quiere acompañar para que ejerza el resto de su mandato con la más amplia de las libertades.

El lenguaje de los gestos tiene su importancia: cuando murió Franklin D. Roosevelt, uno de los primeros mensajes de condolencia llegó desde la Cancillería del Japón, país entonces en plena guerra con los Estados Unidos. Lo cortés no quita lo valiente.
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