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Dilma, ¿cambio o continuismo?

Julimar da Silva Bichara
lunes 01 de noviembre de 2010, 14:14h
El resultado de las elecciones brasileñas arroja muchas preguntas sobre el futuro gobierno de la presidenta Dilma Rousseff. La más repetida es ¿Cambio o continuismo? La expectativa generalizada es que desarrolle un gobierno continuista y dependiente de Lula da Silva. Creo que la pregunta correcta, incluso para que seamos honestos con la presidenta, debería ser ¿qué es lo que puede cambiar? ¿Cuáles son las áreas en las que Dilma puede cambiar respecto a Lula? En cualquiera de los casos, no se puede esperar una ruptura completa, eso seguramente no se dará, pero es posible evaluar los puntos de continuismo y los puntos en los que podría innovar y marcar, no un cambio, sino una personalidad propia. Eso todo sin entrar en el análisis de las personalidades y las formas de gestión, que son, evidentemente, muy diferentes y eso se notará desde el primer día de gobierno. Tampoco se puede obviar que Lula seguirá siendo influente y que cualquier manifestación suya tendrá eco en los medios y en la sociedad.

¿Qué cambios son posibles?

En la política económica hay muy poco espacio para el cambio. La estabilidad macroeconómica y el respecto a las reglas de juego financiero internacional son objetivos ineludibles para cualquier gobierno. Además, en Brasil esto se transformó en un activo político que no conviene obviar, pues el riesgo de pérdida de confianza es muy elevado. La sociedad brasileña, que ha convivido con la hiperinflación, es capaz de identificar perfectamente los beneficios asociados a la estabilidad de precios. Dilma ya ha ratificado este compromiso.

Aunque en esta materia habría un pequeño espacio de maniobra en la conducción de la política cambiaria, que podría flexibilizarse ligeramente para permitir una mejor competitividad de las exportaciones brasileñas. Este cambio es demandado por el sector exportador y por una parte muy crítica con la política económica de Lula que piensa que la actuación de las Autoridades Monetarias, a lo largo de los 8 años de su del gobierno, ha sido excesivamente conservadora, con unos costes elevadísimos para el Estado, por el lado financiero de la deuda pública.

En la política social, el programa Bolsa Familia (Beca Familia), un programa de distribución de renta condicionada, ha sido muy exitoso a lo largo de los 8 años del gobierno anterior, reduciendo el nivel de pobreza extrema de más 12 millones de familias a un coste que no llegó al 0,5 por ciento del producto interno bruto. En líneas generales, también se mantendrán este programa, incluso porque ha producido un activo político muy importante para el PT. Quizás alguna medida de modernización en la gestión y en las condicionalidades, para que se incremente el alcance poblacional y geográfico, sea tomada. En cualquier caso, no conviene olvidar que en Brasil alrededor del 25 por ciento de la población es pobre y algo menos del 14 por ciento vive por debajo del umbral de la pobreza. Además, asociado a ello, Brasil sigue siendo uno de los países más injustos del mundo, en donde los ricos son my ricos y los pobres muy pobres. Aunque fortalezca esta política, siempre será un activo de Lula y no creo que lo cambie.

En la política internacional la integración sudamericana, el fortalecimiento del multilateralismo y de las relaciones sur-sur seguirán siendo las prioridades de Brasil. En este apartado sí que hay espacio para el cambio, aunque la línea dominante dentro del PT es continuista. En su discurso de la victoria Dilma destaca que ampliará la actuación de Brasil en las instituciones internacionales, buscando mejorar el funcionamiento del sistema financiero internacional para reducir la especulación y el poder desestabilización de las finanzas internacionales y aumentar su contribución al desarrollo a través de la financiación a largo plazo.

El mayor obstáculo para el crecimiento sostenido del país son las infraestructuras de transporte y de energía, muy deficientes. Con el gobierno de Lula se presentó el Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC), el programa de inversión en infraestructura, con participación público y privada. Aquí sí hay mucho espacio para actuación, e incluso creo que el éxito de la gestión de Dilma se jugará en este capítulo. Para seguir reduciendo la pobreza, generando empleo y crecimiento económico sostenido a largo plazo el Brasil necesita modernizar sus vías de transporte y garantizar el suministro de energía al sector productivo. Las inversiones necesarias son gigantescas y el país necesitará de recursos externos para financiarlas. Este es uno de los grandes desafíos del nuevo gobierno.

En este análisis de lo que es posible cambiar en Brasil, conviene destacar los desafíos, los problemas sin solucionar que Dilma tendrá que enfrentarse y en donde puede jugar un papel destacado dejando su huella particular. A parte de la pobreza, la injusticia social y el plan de modernización de las infraestructuras, los principales problemas a enfrentar serían la violencia urbana y su asociación, en algunos casos, con el narcoterrorismo sudamericano y el bajo nivel de calidad de los servicios públicos básicos, como la sanidad, la educación y la vivienda. Estas son las áreas en donde la Presidenta Dilma puede conquistar los mayores logros mediáticos de su gobierno.

Lula ha construido en Brasil una imagen derivada de su capacidad para mantener la estabilidad económica al mismo tiempo que reducía la pobreza y aumentaba el gasto social. Dilma tendrá que consolidar esos avances. Pero su impronta será visible si consigue demonstrar, ahora en la presidencia de Brasil, su reconocida eficiencia técnica en la gestión pública, modernizando las infraestructuras, reduciendo la violencia urbana y mejorando los servicios públicos básicos. Lula ha sido el Presidente de la estabilidad y la reducción de la pobreza; Dilma podría convertirse en la Presidenta de la modernización de las infraestructuras económicas y sociales de Brasil. ¡Ojalá los brasileños tengan esta suerte!
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