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Don Juan, burlador de difuntos

miércoles 03 de noviembre de 2010, 13:41h
Aunque la costumbre no es lo que era, por estas fechas iniciales de noviembre se suele evocar la figura de don Juan el seductor que termina sus correrías en el infierno, después de invitar a cenar, desafiante, al Comendador, al que, por cierto, ha dado muerte por su propia mano, cuando se le aparece en el cementerio en forma de estatua parlante. La escena es inolvidable desde la primera dramatización de altura literaria en la obra atribuida a Tirso de Molina en la que don Juan, valiente, amando aun la vida que le queda, se resiste a la mano que le arrastra a los infiernos. Da Ponte, el libretista de la ópera Don Giovanni, de seguro había leído esa escena. La recreará para que quede inmortalizada por la música de Mozart: cuando la estatua le pide la mano en prenda de que cumplirá su palabra de ir a cenar, don Juan, desafiante, responde “Eccola!”, “¡Aquí está!”

Estos don Juanes del XVII y del XVIII respectivamente se condenan pero el público no debía estar muy convencido de que mereciera las penas del infierno un caballero tan gallardo y calavera, como decía el bolero. Esto es parte del misterio de don Juan y de su enorme éxito a lo largo y ancho de la modernidad. No es un vulgar canalla ni un noble de cuna, ventajista y corrompido, que se aprovecha de los privilegios del Ancien Regimen, aunque también sea eso. Es verdad que miente para coronar sus conquistas pero creo que más por prisa y anhelo de seducir a la amada que por falta de recursos. Hay algo profundo y auténtico en esta figura del seductor múltiple que desafía a los muertos y muere él finalmente para defender la palabra empeñada. No se olvide este segundo elemento porque sin él no tenemos a don Juan sino el donjuanismo que con higiénicas razones incontestables criticó Gregorio Marañón.

Los españoles, hacia el fin de siglo, iban por el día de todos los santos al teatro a ver un muy determinado don Juan, el del poeta romántico José Zorrilla. La gente se sabía el verso. Si se equivocaba el actor era de inmediato corregido y cuando llegaban los momentos culminantes, el respetable acompañaba a don Juan o a doña Inés murmurando las mismas palabras que salían de sus labios de personaje inmortal. Unamuno dijo de esta costumbre de representar el Tenorio todos los años al llegar el día de difuntos que era como un misterio religioso. La explicación de por qué tal éxito en un pueblo católico es, quizá, porque Zorrilla comprendió que don Juan tenía que salvarse y claro, salvarse por el misterio del amor puro de doña Inés, la novicia seducida que faltaba en la “lista numerosa” de este don Juan.

Y así lo dispuso. Pero no deja de ser curioso –y divertido—que al mismo tiempo que daba al mito un giro “popular” lo destruía. Para que doña Inés se enamorara de don Juan, éste se tenía que enamorar de doña Inés y… morir como don Juan. (Porque don Juan no se enamora o no se enamora de una sola mujer). Y así fue. La famosa escena del sofá, en que el Tenorio envuelve a la doncella en una nube de hermosas palabras se dispone con don Juan de rodillas. Es la primera vez que tal cosa acontece en la iconografía del mito. En la ópera de Mozart vemos a don Juan cenando mientras que doña Elvira le suplica arrodillada a sus pies.

Explicarse el éxito del don Juan de Zorrilla es fácil. Pone en escena lo que el pueblo quiere ver: amar y ser amado, tal vez pecar y ser perdonado. Más difícil es preguntarse si lo que el mito, desde el comienzo de sus andanzas, representa es el deseo y su lugar en la modernidad cuando el dios cristiano inicia su lenta retirada y deja al hombre a solas con sus fantasmas o si es una forma específica del deseo humano, digamos la masculina conformada históricamente, condenada a cambiar, como todo lo histórico. La cuestión es si veremos en el futuro un resurgir del mito de don Juan encarnando un modelo de deseo –y de seducción—femeninos.
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