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El Presidente del Gobierno hace obras en casa

jueves 04 de noviembre de 2010, 13:44h
La Casa de Zapatero necesitaba algo más que un lavado de cara. La cocina y los baños estaban tan anticuados como las gardenias de Machín. La cañerías se rompían con frecuencia y no admitían más parches de silicona reforzada. No pocos de los muebles aparecían cuarteados por la acción continuada de ejércitos de termitas. Y los armarios (no hay segundas intenciones) se venían abajo en cuanto se abrían las puertas.

Ante tanto estropicio Zapatero empezó a llamar a los contratitas de más confianza para, en tiempo récord, disponer de los mejores artistas de la fontanería, la pintura al temple, la albañilería, la mampostería delicada y la electricidad. Y, en menos que se derrama una lágrima moratinera se presentó, ante su público, que le quiere, con una Casa remozada, reluciente y preparada, de nuevo, para recibir (en etapa inmediatamente anterior muchos invitados rechazaban acudir con excusas variopintas, pero lo cierto es que las quejas por el abandono de la Casa eran vox populi).

Los vecinos, algo envidiosetes como todos los vecinos que se precien, y que estaban encantados de conocerse y convencidos de que iban a quedarse con la Casa a un precio ridículo dado su progresivo deterioro, se les puso cara de estupefactos. Como los obreros habían hecho su trabajo de noche y en fin de semana, no se habían percatado de nada. Y empezaron a pensar que se les iba a poner carísima, de nuevo, la compra de la Casa. Los músculos (de la cara) se les tensaron de forma tal que perdieron la sonrisilla.

Hay partido, dice Rasputín. Tenemos cuerda para rato, asegura el valido. Quien ríe el último lo hace mejor, confirma el bufón de la corte.

Susto. Pánico. ¿Qué hemos hecho para merecer esto? ¡Tongo! ¡El partido está amañado! O, como dice un amigo con nombre de torero, dónde se ha visto un combate de boxeo sin golpes o a lo más con algún arañazo gatuno.

En la valla de la Casa se han instalado potentísimos altavoces de última generación que vuelcan una nana tras otra. El estado de dormición se extiende. El atolondramiento se impone. Espesos, tontorrones, adormecidos, caminan los miembros de la hermandad de los sufridores, sin rumbo, mientras en la sala de mandos juegan al billar (la partida probablemente esté amañada). ¿Más de lo mismo?

Bueno, siempre nos quedará leer a Sánchez Dragó (a quien no perdono que escribiera sin pudor que no pudo pasar de las primeras páginas de cualquiera de los libros de Vargas Llosa) y... disfrutar de las encuestas... mientras duren.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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