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Causas y consecuencias del empantanamiento bélico en el oriente musulmán

Víctor Morales Lezcano
viernes 05 de noviembre de 2010, 16:25h
El general (en jefe) don Invierno se ha asentado ya en el sistema central de los montes Hindu-Kush; y consecuentemente en las estribaciones que corren paralelas a la Sierra de Suleiman, ya en territorio de Paquistán. En las múltiples encrucijadas de ambas orografías se sitúa la frontera noroccidental -al menos desde el punto de mira de Islamabad. Así como la geografía del tándem afgo-paq se asemeja e interpenetra en esa frontera noroccidental, no menos lo hacen allí las gentes de población pastún. Los pastunes constituyen un continuo demográfico, tribal e islámico, que circula desde la región suroccidental de Helmand, pasando por Kandahar y penetrando de oeste a este, de norte a sur, en los territorios de la frontera noroccidental afgo-paq.

El conjunto geofísico y humano de esta zona, hoy escenario de una guerra, ocasionalmente, de guerrillas, de asedios y asaltos (repetidos), se convierte durante el invierno en guerra de posiciones -ganadas o perdidas- por las tropas euro-americanas que han ido engrosando sus contingentes hasta el día de la fecha.

Los lectores que hayan ojeado algunas de las columnas consagradas a la guerra que Estados Unidos y sus aliados mantienen en el marco asiático de marras, habrán observado el cúmulo de oscilaciones informativas que ha generado el seguimiento mediático de este conflicto armado.

Con el establecimiento del crudo general Invierno en aquella parte de Asia central, Karzai, y algunos jefes de tribus inclinados a la negociación, intentan dilucidar si es conveniente -y no solo posible- pactar con las autoridades americanas, ya sean militares (David Petraeus), ya sean civiles (aglutinados en torno al almirante Mulle): muy en particular, el senador Leahy y el presidente del Comité americano de Relaciones con el extranjero, John Kerry, ambos responsables de los desafueros que tanto las tropas afganas “de regulares”, como las paquistaníes, vienen perpetrando en las poblaciones civiles de ambos países.

La salida del conflicto mediante una negociación de América con los actores más dúctiles (y presumiblemente, sobornables) del tinglado político afgano, podría avanzar durante la tregua forzosa que acaba de imponer la climatología en aquel confín asiático al que me vengo refiriendo desde un principio.

Ahora bien, no obstante el acuerdo sobre financiación firmado hace quince días por la secretaria de Estado H. Rodham Clinton y el ministro de Asuntos Exteriores del gobierno en Kabul -y que asciende a más de siete billones de dólares en ayuda militar, social y humanitaria a Paquistán-, no desaloja varios riesgos que vienen perturbando, desde el trasfondo territorial paquistaní, la evolución del conflicto armado en Afganistán.

Primero de esos riesgos: consiste en el flujo de apoyo en hombres y armamento que desde la zona suroccidental de Paquistán se viene prestando a los pastunes con sede en Afganistán. La solidaridad etno-religiosa explica sobradamente esta corriente de empatía inter-pastún; mientras que el segundo riesgo dimana de la división interna que existe entre las filas de la clase gobernante y del ejército paquistaníes. Dos fuerzas que no siempre hacen “buenas migas” entre ellas, y que suelen causar el exterminio de afganos de origen hazara, e incluso de pastunes establecidos de antiguo en el Paquistán suroccidental, sin género alguno de remordimiento. Estas víctimas suelen ser, además, civiles.

Los acuerdos firmados entre los gobiernos paquistaní y americano, no parecen ser lo suficientemente disuasorios como para detener a los responsables paquistaníes que siguen cometiendo atentados contra los derechos humanos de la población civil inter-fronteriza. De continuar esta tónica, y a pesar de los buenos oficios del general Kayani (hombre fuerte del gobierno de Islamabad), la Comisión de Derechos Humanos con sede en Paquistán, alguna agencia pertinente en Estados Unidos, o la secretaria de Estado en persona, se podrían ver en la enojosa tesitura de amenazar con la congelación de los acuerdos de cooperación americano-paquistaní en caso de proliferar los crímenes ya cometidos en territorios como el valle de Swat y el paso de Jeibar.

El gobierno del PPR (Partido Popular de Paquistán), con el impopular Asif Zardani a la cabeza, está enfrentado al Partido Nacional Awani (con predominio interno de pastunes). Zardani no parece ser el interlocutor idóneo para controlar a los talibanes de Afganistán desde la retaguardia paquistaní de una guerra que han abierto las tropas euro-americanas en Asia central desde principios de este decenio.

Ni las revelaciones proporcionadas por Julian Assange en Wikileaks sobre los usos y abusos de los ejércitos americano e iraquí en Mesopotamia, ni los poco sólidos avances conseguidos durante los tanteos diplomáticos israelí-palestinos de los últimos meses, garantizan a Barack Obama un resultado favorecedor en el teatro de actividades y operaciones bélicas que venimos reconociendo con el apelativo de afgo-paq. Sólo con el deshielo de la primavera de 2011 podrán iniciar las tropas de los Aliados -reforzadas por los cuadros militares y políticos afganos que les son afectos- el final de un conflicto empantanado.

Hecho que, visto desde el ángulo de las elecciones que fija el calendario electoral americano -con las mid-term en el horizonte inmediato- puede ser de consecuencias negativas para el Partido Demócrata en las próximas citas con las urnas que se encadenarán desde ahora hasta llegar a las elecciones generales que a Estados Unidos le toca celebrar en 2012.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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