Día de difuntos
sábado 06 de noviembre de 2010, 18:35h
Mañana festiva, limpia, otoñal, con olor a castañas asadas. Calle abajo, familias camino de la confitería. Calle arriba, señoras camino del cementerio. Aunque ya no hay viejas de ojos tentaculares radiografiando a los viandantes tras los visillos –ahora están de espaldas, mirando la tele-, la gente acostumbrada a respirar el aire que hace libres suele encontrar este ambiente pueblerino muy opresivo. Yo los comprendo, pero es mi ambiente, y el de mi artículo.
El día de difuntos unos pocos amigos nos reunimos antes de almorzar en una taberna abovedada a comer migas, beber oloroso jerezano y recordar versos del Tenorio. La llamamos Hostería del Laurel. Aunque cada año nos emociona más encontrarnos, somos los de siempre y estamos convencidos de que nada ha cambiado, aunque ha cambiado: antes íbamos con Don Juan, ahora con el Comendador.
Conversaciones triviales, frívolas, de barra capital Pamplona: los morritos de la nueva ministra, las costumbres sexuales de los malos escritores, los perfectos mierdas del gabinete. Aquí podemos permitirnos un tono distendido porque somos amigos y no tenemos que fingir grandeza de espíritu. Nos sonrojaría acabar como el pequeño Wyoming, convertido en un boy scout.
Pero hay división de opiniones, al menos hasta que Sócrates toma la palabra. Hoy dijo que la idea de perfectamierdidad descansa en tres supuestos: que el decoro o la dignidad no son cualidades naturales, que la razón posee un rango más elevado que el corazón (aunque se llame inteligencia emocional) y que existe una cierta diferencia entre la vida interior y la vida exterior. Hemos tenido que reunir fuerzas a base de olorosos para mandar la fenomenología a paseo. A Sócrates no le molesta. En la Hostería del Laurel lo último sería dudar del derecho de los bebedores a llamar “perfecto mierda” a cualquiera que lloriquee porque lo han apartado de sus ordenanzas y del coche oficial.
De vuelta a casa, contentos y achispados, ¡cuán largo me lo fiáis!, acompañamos al río que viene del cementerio. Un tropel de turistas caracolea ante los escaparates. Las tiendas de los paisanos están cerradas, las sucursales de la globalización abiertas. Se ve de quién son aquí los muertos.
Parada en una de ellas. Lencería femenina, pijamas, saltos de cama, artillería textil. La pausa es técnica, nada de fetichismo. Uno de nosotros ha visto a su señora dentro y ahora nos avisa para que contemplemos un expositor lleno de artilugios eróticos, una verdadera panoplia sexual, quiero decir, un kit: consoladores talla extra, difusores de sabor, preservativos con aros vibrantes. La tórrida imaginación de los bebedores adivina en los ojos de las señoras una luz parecida a la que producía Don Juan cuando entraba en los patios sevillanos. Estos mazacotes plastificados, estas gruesas flechas de Eros, deben reblandecer las entrañas de las damas tanto como vuelven de piedra a los comendadores. Antiguamente había que bajar a las cloacas para verlos, había que degradarse, y se hacía, en secreto. Después se convirtieron en mercancía, aunque ocultas en el cajón, para no airear la intimidad, como las lavativas o los preservativos (todavía recuerdo el santo y seña que puso uno de nosotros en su farmacia: “¿volverán las oscuras golondrinas?”. ¿En bandadas de a seis o de a doce?, preguntaba el mancebo). Ahora estas cosas figuran ostentosamente en un lugar bien visible del negocio, al alcance de todos, consagradas igual que la sandalia del santo milagrero de la ermita.
Pero no decimos nada. Somos de la generación de la burbuja, cosmopolitas que no se escandalizan por nada. La cruz acaso hiera nuestra delicada sensibilidad laica, pero el itifalo de plástico, esta cosa etrusca y altisonante, enhiesto surtidor de soliloquios, nos parece bien, muy digno. Yo, con mi pedantería habitual, amago incluso con una perorata sobre el fascinum, un amuleto con forma de pene erecto que las romanas del bajo imperio solían colgarse al cuello y del que viene la palabra fascinación, pero llegado al punto al que hemos llegado me atemoriza parecer gazmoño. Además sé que a mis amigos y a mí lo que nos preocupa verdaderamente no es que estos ingenios se exhiban, sino que cualquiera pueda comprarlos y volvamos a verlos en el zapato de nuestras señoras el día de reyes. Basta una campaña del ministerio de sanidad e igualdad (¿o acaso creen ustedes que la fusión es sólo porque se ha ido la señorita Trini?) para que este tipo de badajos desbanquen a la barbie solidaria. Las hijas emancipadas de hoy son capaces de esto y de más con tal de zarandearnos otro poco el superego.
De vuelta a casa, y como ven tocado por los olorosos, pienso si no seré en realidad un cateto paranoico. Uno de los síntomas de la paranoia es “el sentimiento de la posición”, creer que el espíritu de la Historia sopla justo por donde uno pasa. Que los consoladores se exhiban en las tiendas no demuestra, desde luego, que estén borrándose las fronteras entre lo público y lo privado. Tampoco es verdad que el totalitarismo se nos está colando por el almacén, junto al chino que trabaja quince horas. Además, me equivoco al desdeñar la inteligencia emocional: quizá no haya nada ominoso en parchear las rendijas del ser con plastificados termoestables. Si en vez de estar con el Comendador, estuviera con Don Juan, ese pollastrón, probablemente ni habría reparado. Lloriqueo demasiado. No sé si será el oloroso, pero tengo la sospecha de estar convirtiéndome yo también en un perfecto mierda.