Adrián Gómez, torero: ¡presente!
domingo 07 de noviembre de 2010, 19:35h
Ha muerto un torero. Lo ha hecho en una silla de ruedas a la que estaba condenado de por vida tras una voltereta infausta.
En esto de los toros la muerte está presente cada tarde. No solo no avisa, si no que, cobardemente, en casos como este, ataca implacable, al cabo del tiempo, para “rematar” lo inacabado en su lucha con la providencia cuando esta palia en primera instancia el óbito súbito. No se sabe muy bien si es la venganza servida en plato frío del mal sobre el bien.
En cualquier caso es la muerte de un torero en acto de servicio más abnegada que pueda darse al faltarle el impacto de sensibilidad que produce la inmediatez, la causa efecto con conmoción social de la muerte en el mismo ruedo o en horas posteriores.
Una muerte que se anuncia en el momento de la irrupción del “maligno” pero que el tiempo se encarga de enmascarar y despojarle de su halo de héroe caído por Dios y la Tauromaquia para gloria de esta.
Sí, para gloria de la Tauromaquia.
Por que a este espectáculo que manifiesta en su simbiosis su cara amable en su componente artístico y cultural y su faz imprevisible que supone el riesgo latente, a pesar de su leyenda negra, interesada y sesgada, sobre su maltrato al animal protagonista, en tributos vitales como el entregado por el torero Adrián Gómez aflora por encima de esas lecturas simplistas la nobleza, honradez y honestidad de un espectáculo en el que el humano no se toma ventajas ni atajos respecto de su antagonista. Afortunadamente no ocurre todas las tardes en un ejercicio de lógica en que lo racional argumenta su supremacía sobre lo irracional delimitando nítidamente los valores que por designio de la divinidad diferencia lo uno de lo otro como naturalidad de la naturaleza dentro del reino animal cuestión que los antitaurinos, en particular, y los animalistas, en general, pretenden subvertir queriendo dar carta de naturaleza a una sociedad idílica “waltdisneyniana” que es la sublimación de la falacia más abyecta maquillada de cínica sensibilidad casposa.
El que haya muerto un torero de plata y no de oro puede quitar eco mediático, sin duda, pero ofrece sin embargo la reflexión más sosegada sobre la generosidad de estos hombres que se visten de luces donde no todo lo que reluce es oro, y viceversa, por que esta manifestación popular, tradicional, artística y cultural no podría calar como lo hace si no fuera por el amplio ejército, artillería, infantería y caballería, que arropa a una síntesis de privilegiados como son los matadores de toros.
Un año de tremenda dureza para el escalafón subalterno lacrado, terminado el ejercicio con la muerte de Adrián reivindica la necesidad y el concurso de todos los que componen la parte actora de una corrida su puesta en valor y el aprecio por igual por que aquí, del Rey de los toreros abajo, todo el que pisa un ruedo, incluso un callejón, de los considerados protagonistas tienen el mismo color de sangre e igualdad de dignidad como artistas y como personas.
Y todo esto por encima de gaches, plazas de carro, novillo por toro, o becerro por novillo o afeitados, tan en boca de aquellos que dicen ser aficionados, se expresan en papeles u ondas, foros, chats o redes sociales con mofa y befa viendo no más que ventajas, engaños y fraudes en quienes se visten de luces, generalmente, aquellos que han llegado dando están por sus meritos propios achacando éstos méritos como supuestos y conseguidos por veleidades y conspiraciones de un sistema taurino corrupto sin reparar que cada tarde sobrevuela la verdad que sostiene firme y robusto este espectáculo : la verdad de la muerte… de verdad.
Por que la historia se repite. Adrián se había fajado toda su vida con esos toros tan “bravos” y peligrosos que las figuras hacen ascos en su comodidad, dicen, para encontrar el aviso de su muerte en una novillada de un pueblo, donde se suponía acudía, tras su dilatada experiencia, con todas las ventajas que da el oficio.
Haciendo memoria, aunque están presentes en todo nosotros repasemos: Manolete en Linares, Paquirri en Pozoblanco o Yiyo en Colmenar.
¿Dónde están las ventajas y donde la realidad de la muerte cuando uno se viste de luces o incluso de corto en un entrenamiento como ocurrió con Antonio Bienvenida?
Tributo, la muerte de Adrián, que llega –aunque parezca una irracionalidad propia de un animal sin escrúpulos como es cualquier fiera- en el momento más inapropiado para el y su familia pero, si es que para morir hay sentido del oportunismo, en un momentos en que la Fiesta está más cuestionada y por lo tanto necesitada de vindicación, como siempre, a costa de la vida de sus protagonistas.
Oropel y homenaje cuando vuelve la tragedia. Más si se trata de un torero modesto.
Pero aprovechar la ocasión para hacer examen de conciencia de cuantas barbaridades conscientes se vierten en torno al toreo y sus toreros, todos, a coste cero y cobrando presa absurda en forma de plus de aficionado cabal; un “contradios”.
Oropel y homenaje. Adrián Gómez, torero ¡presente!
Nota.- A algún descerebrado esta ultima expresión, natural, le recordará tiempos pasados, abominará de ella y lo calificará de forma bastarda. ¡Imbéciles!
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Crítico taurino y Periodista
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