El testimonio de Benedicto XVI
lunes 08 de noviembre de 2010, 08:46h
Uno de los mayores logros obtenidos por el Papa durante su vista a España ha sido el de poner a casi todos de acuerdo en lo bien que ha salido todo. No ha habido declaraciones altisonantes -salvo las consabidas manifestaciones críticas, por lo demás consustanciales a cualquier líder político, aunque esta vez sumamente minoritarias -y tanto por parte de la Santa Sede como por la de los principales partidos políticos, el saldo ha sido muy positivo. En este último aspecto, cabe señalar como de más calado la estancia de Benedicto XVI en Barcelona, por cuanto, al haber hablado en catalán y castellano durante la consagración del templo de la Sagrada Familia como basílica, ha demostrado que ambas lenguas pueden coexistir perfectamente sin confrontación alguna.
Así, las autoridades catalanas, tanto nacionalistas como socialistas, han quedado satisfechas a partes iguales, y nada cabe reprocharles. Sí, en cambio, al impresentable desaire protagonizado por el Presidente del Gobierno quien, para no tener que recibir al titular de la Iglesia Romana en el aeropuerto, se escapó a toda prisa y sin previo aviso a ver a las tropas de Afganistán, con el desbarajuste logístico y de seguridad que semejante improvisación comporta. El señor Zapatero debería tener en cuenta que siendo Benedicto XVI el máximo representante de un Estado soberano -el Vaticano- le correspondía a él, como homólogo suyo que es en España, haberle dispensado una recepción como es debido –y hace cualquier jefe de gobierno occidental- en lugar de solventar la papeleta con funcionarios de segundo orden. Nada que objetar a que Zapatero no acudiese a las misas celebradas por el Papa si no es creyente, pero sí a que discrimine a un jefe de estado por motivos religiosos. Eso es sectarismo. Por el contrario, estuvieron en su papel los Príncipes de Asturias, salvo en el besamanos –un gesto que les corresponderá como creyentes pero que sobra en cuanto representantes de un Estado aconfesional.
Y eso que el mensaje de Benedicto XVI, con ser claro y sin ambages -abordando asuntos tan espinosos como el aborto o la familia- no ha podido ser más respetuoso con la aconfesionalidad del país en el que se hallaba. De esta manera, el Papa daba un testimonio palpable no sólo de coherencia a nivel pastoral, sino de tacto diplomático a nivel político, salvedad hecha de equiparar ciertas reacciones sectarias del actual Gobierno con la política anticlerical y, durante la Guerra, genocida de los años treinta. Se trata de una comparación disparatada: desinformada, en el mejor de los casos, o mendaz, tendenciosa y agresiva, en la peor de las hipótesis. En este sentido, el Vaticano debería recobrar la prudencia que le es característica, evitando dejarse arrastrar por los elementos más extremistas e integristas de la jerarquía española.