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Los sucesos de El Aaiún: ¿Un revulsivo para el desenlace?

Víctor Morales Lezcano
viernes 12 de noviembre de 2010, 21:52h
Se le atribuye a Napoleón Bonaparte aquello de que “la política de un país reside en su geografía”.

A pesar de que nos separan dos siglos de esta formulación de considerable alcance geopolítico, tengo para mí que ella puede explicar con mucho el enredo fronterizo que distancia a Marruecos de Argelia, y a España de todo el noroeste del Magreb.

Como vengo recordando en las planas de EL IMPARCIAL, las CUATRO FRONTERAS existentes entre los dos vecinos que se contemplan en estos días con una mezcla de estupor y desconfianza, son un pesado fardo que la geografía ha colocado sobre los hombros y el lomo de españoles y marroquíes.

A Josep Piqué, por su parte, se le atribuye el comentario de que “en el trasfondo del desencuentro con Marruecos está el Sahara”, frase que no es en absoluto banal; aunque sí incompleta. Las dos ciudades españolas situadas en territorio africano, nunca resulta políticamente correcto citarlas, pero todos sabemos que forman parte del imaginario palaciego y político de Rabat. Son pieza inseparable del “dossier” reivindicativo que Marruecos esgrime contra España, indistintamente de quien gobierne -o desgobierne- en Madrid. Como es comprobable en el espejo de los siglos, las percepciones “perturbadas” que los pueblos van construyendo de las naciones de un entorno más próximo, son constructos de larga duración una vez que han iniciado su recorrido. Tienden a autorreproducirse; incluso en reproducciones aumentadas, cuando inciden en su núcleo neurálgico determinados malentendidos que se traducen en explosiones de cólera colectiva contra las incomodidades que genera el vecino.

También, quien firma estas páginas, se ha ido forjando la ilusión de una regeneración del tejido que comparten España y Marruecos, como nos han venido alentando a que así ocurriera Joaquín Costa a finales del “ochocientos” y Alfonso de la Serna hasta hace muy pocos años antes de su desaparición (2006).

De ahí esa perseverancia mía al enfatizar la necesidad de un PROGRAMA DE PEDAGOGÍA BILATERAL, constructivo a medio plazo y conveniente para las mentalidades en las que se agazapan los fantasmas: de parte española, un ARSENAL ANACRÓNICO DE MAUROFOBIA OBSESIVA; y, de la otra parte, una FIJACIÓN NACIONALISTA MANIPULADA CON REITERACIÓN por sus artífices istiqlalíes y suscrita por miembros ilustres del socialismo marroquí, Bouhabid entre ellos.

Si, al desencuentro de los dos ejes de rotación, sumamos la contribución “pérfida” que viene legando Argel, tanto al diferendo hispano-marroquí como al marroquí-saharaui, volvemos a completar la edición del “cuarteto de El Aaiún” en su edición aparatosa de los días 8-9 de noviembre pasados.

Permítaseme recordar que desde los días de mayo-junio de 2007 en que fracasaron las conversaciones de Manhasset en Long Island (Estados Unidos), previstas para zanjar un Plan de Arreglo en torno al Sahara occidental, todo ha ido a peor entre Marruecos y sus dos vecinos ineludibles, España y Argelia. Obviamente, el asunto íntimo, casi de familia, con el Frente Polisario, también ha ido a peor para Rabat. No obstante la buena voluntad de Omar Azziman y otros (pocos) esclarecidos marroquíes que no han naufragado durante los gobiernos de Yousoufi, Jetou y Abbas el-Fassi, los APARATOSOS ACONTECIMIENTOS que se han encadenado desde que Mohamed VI pronunció el discurso destinado a celebrar el 35 aniversario de la incorporación del Sahara occidental al reino de Marruecos, han dado lugar al paisaje miserable que podemos contemplar ahora mismo, a una semana justa de haberse desencadenado los descalabros en El Aaiún, ligados desde un principio al sospechoso campamento de Gdeim Iziki, en las cercanías de la capital sahariana. Estos descalabros al sur de Espartel, no han dejado de salpicar al Gobierno de España, cuya situación al respecto nunca ha sido cómoda. Mucho menos ahora, cuando -después de HABER ALENTADO la opción palaciega favorable a una integración de las “provincias del Sur” dentro del reino de Marruecos- el viraje provocado al contencioso tanto por la represiva conducta marroquí contra los campamentos como por la convocatoria a la insurrección jaleada por sectores activistas del tándem saharo-argelino, ha dado al traste con los últimos alientos esperanzadores de poder encontrar una vía de entendimiento mutuo en el asunto de marras. Un entendimiento que todos los portavoces concernidos proclaman como una necesidad, pero que, a juzgar por las reacciones habidas, parece como si nadie deseara verlo plasmado.

Aquí es donde la apuesta marroquí por un pudrimiento del contencioso, capaz de aburrir a James Baker en el pasado, a Christopher Ross en el presente -en nombre de la misión MINURSO-, y a quien se ponga por delante en el futuro, ha terminado por dar la impresión de que la política de Rabat en este asunto cuenta con las bendiciones indirectas y tácitas de autoridades e instituciones internacionales de alto bordo. De aquéllas que, como el Gobierno de España, pretenden quedar bien en su apelación al respeto de los derechos humanos y al cumplimiento de las resoluciones de la ONU, sin que puedan impedir, empero, que el guardián de la finca se lleve todo su provecho.

En rigor, resulta vergonzoso que no se aborde definitivamente la resolución de este contencioso. Y se entiende que ciertos manipuladores de la opinión pública se afanen en explotar los acontecimientos de El Aaiún, a favor de la parte más débil, con más compasión que argumentos.

De resultas de cierta incongruencia entre los posicionamientos internacionales (en teoría pro-alauíes) y la opinión pública española (ampliamente pro-saharaui), no ocurrirá sino que aumentará la inseguridad en Rabat, el cinismo en Nueva York, y al “equilibrismo” en Madrid.
A los saharauis, pues ya veremos…, mientras que Argel ya se frota las manos de puro satisfecha.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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