La consigna
sábado 13 de noviembre de 2010, 19:26h
El partido socialista tiene fama de manejar con pericia los medios de comunicación de masas. Entender a la población y saberse hacer entender por ella es una de sus incontestables virtudes. Aunque domina todos los palos de la propaganda, desde la puesta en escena al cartel publicitario, su especialidad es, sin duda, la retórica. Con los gestos siempre le ha ido peor. No pondré el ejemplo de la ceja, que ahora avergüenza a sus promotores, pero sí el del día de la Hispanidad. Zapatero convirtió por primera vez aquella ceremonia en un acto reivindicativo al permanecer sentado frente a la bandera americana. Era jefe de la oposición y quiso demostrar que a él los poderes fácticos, esos poderes a los que ahora responsabiliza de nuestra situación, le importaban un bledo. La jugada le salió bien, pero hoy aquel gesto le impide objetar nada a quienes van al desfile con la única pretensión de abuchearle.
Otra cosa, decía, es la retórica. Aquí el dominio es apabullante. El mejor ejemplo es el rollo de la memoria histórica. Una obra maestra. Con una habilidad extraordinaria han logrado convencernos de que la izquierda siempre va con el progreso, o sea, con el lado bueno de la Historia, y nunca con el malo. Aunque esto no es verdad, sería injusto negar el positivo cambio que se ha producido en las fuerzas de la izquierda respecto de aquellos tiempos no tan lejanos en los que Stalin era el capitán de la libertad y el sistema soviético un ejemplo de buen hacer frente a las perversiones capitalistas. Ahora ya no están ahí y lo celebramos. Lo asombroso, sin embargo, es que una vez dado el salto pretenden, como suelen los conversos, ser ellos quienes juzguen la pureza de sangre de todos los demás.
El arte de la retórica, tan apreciado por los predicadores, consiste en destacar lo que a uno le interesa a fin de ocultar lo que no. Su objetivo no es alcanzar la verdad, sino ofrecer una visión satisfactoria de las cosas. La saturación informativa característica de las sociedades de masas impide que esto pueda hacerse hoy de una vez. Ningún discurso resulta tan influyente como para que se lo tenga en cuenta el tiempo necesario. La única manera de hacer que cale es la intoxicación. Las ideas se repiten insistentemente. A fuerza de hacerlo, van cobrando realidad. Si se insiste lo suficiente, parecerán a la larga no ideas, sino hechos, y aunque no sea así, será difícil discutirlo.
Una idea que todos repiten es una consigna. La última comenzó a circular tras la última crisis de gobierno. Los socialistas, desde el señor Z al señor X, insisten machaconamente desde entonces en que hoy hace más falta que nunca un poco de pedagogía política. Esta es la razón del cambio de gabinete. Lo que se espera de los nuevos ministros no es un mejor desempeño de sus tareas (los anteriores ya trabajaban bien), sino una explicación más adecuada de lo que se está haciendo. El objetivo final es que los electores comprendan que las cosas no están tan mal como se dice y que esa impresión, auspiciada por una oposición irresponsable, descansa en una interpretación equivocada de la realidad.
Amagar con un esclarecimiento es por supuesto un farol. Nadie tiene ningún interés en aclarar nada y tampoco hay estrictamente nada que aclarar. Se trata sólo de dar la sensación de que existe cierta confusión en cuanto a la acción del gobierno y que los confundidos son los electores. Nótese que lo que se sugiere con esto es que el gobierno no se ha equivocado, sino que es el electorado el que yerra al percibir su actuación como traición o como fracaso. Si la estrategia cuando afloró la crisis consistió en negarla, ahora que afrontarla obliga al gobierno a negarse haciendo lo contrario de lo que dijo que iba a hacer, la estrategia consistirá en probar que tampoco esto está sucediendo, sino que es una alucinación de los ciudadanos que no se han enterado de que si les han vaciado los bolsillos no es porque ellos piloten mal el globo del Estado, sino porque éste iba a estrellarse y para evitarlo no quedaba otro remedio que soltar lastre.
La situación, en resumen, es esta. De un lado, los poderes fácticos, aquellos poderes menospreciados por el señor Zapatero en nombre de sus principios el día de la Hispanidad; de otro, los principios ahora preteridos por culpa de los poderes fácticos de los que se burló el señor Zapatero, y en medio, tocado por las encuestas, al señor Zapatero y su afán de aclararse. La pregunta es: ¿podrá hacerlo?, ¿logrará el presidente socialista y su partido convencer a los electores de que para llevar adelante la política de derechas que reclaman las circunstancias lo mejor es confiar en un gobierno de izquierdas?