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Bienvenido, Mr. Cualquiera

martes 16 de noviembre de 2010, 20:10h
Acaba de morir Berlanga que, entre otros regalos, nos ha dejado atrás Calabuch y Bienvenido Mr. Marshall. De entre todas las películas españolas anteriores a 1975, seguramente es esta última la que más veces he visto. De la película, me gusta todo: el blanco y negro irregular y propio de un NODO, los paisajes secos, rotundos, siempre en un fondo lejano, la estructura de cuento legendario, la voz (de Fernando Rey) en off casi celestial, la comitiva interminable con dos coches al final, el hecho de que fuera codirigida... Hasta el sonido, irregular, doblado y chillón tiene algo de la época, un sabor a serial radiofónico, a grupos ruidosos de una navidad de los sesenta, a pueblo. Es una película adorable, que muestra la ternura de una sociedad que se percibe a sí misma como soñadora y vulnerable. Que baja la cabeza pero no claudica. Un cuento costumbrista y metafórico.

Como obra costumbrista la película no tiene precio. Refleja la estructura social típica de un pueblo de la época y sus distintos poderes: el alcalde, el cura, el noble, la maestra de escuela, el campesino... Ese orden se va alterado por la llegada de dos poderes intrusos: el mítico rico norteamericano, el plan Marshall, y un empresario de espectáculos y representante de actrices dispuesto a sacar partido de la visita. Como todos saben, el representante incita a los habitantes del pueblo y siembra en ellos el sueño del pobre: que el rico que va a pasar por delante de su casa decida dejarle algo. Y para halagarlo, no ve mejor manera que fingir una españolidad estereotipada, congruente con la estrategia turística de aquellos años del régimen, y convertir el austero pueblo castellano en un alegre enclave andaluz.

La idea es halagar y complacer al visitante fingiendo que se es algo que no se es. El motor de ese proceso son los sueños, los temores y los anhelos de los habitantes. Anhelos, temores y sueños que se muestran en las secuencias oníricas: en ellas, el cura sueña que es juzgado por el comité de actividades antiamericanas, el alcalde que es el protagonista de un western (una interesante premonición del destino de muchos alcaldes costeros), el hidalgo que es un conquistador comido por los caníbales del continente americano, y el campesino que le cae un tractor del cielo tirado, naturalmente, por un avión de los EE.UU. con soldados imaginados como reyes magos.

El empeño de los habitantes en “andalucizarse” seguro que escandaliza a Puigcercós. (Quizá en su mundo ideal el pueblo castellano debería haber sufrido un proceso de catalanización, en cambio.) En la película, en cambio, las fachadas se cubren de paneles con rejas, macetas y faroles, los trajes de faralaes cubren a las niñas, los sombreros andaluces y las chaquetas cortas a los niños, y las guitarras resuenan por la noche. El reloj de la torre vuelve a funcionar, aunque con energía también fingida, gracias al movimiento manual de uno de los habitantes del pueblo. Aprenden discursos y acentos. Los habitantes se cambian a sí mismos con la esperanza de obtener algo de aquello. No saben bien qué, pero algo. “¡Ozú!” dice la niña representada por Manolo Morán cuando le preguntan por los regalos de los americanos.

Naturalmente, los americanos pasan de largo. El final se percibió de muchas maneras: como un mensaje xenófobo contra los americanos --lo que restingió sus posibilidades en el festival de Cannes--; como una denuncia del abandono y desamparo de España frente a la comunidad internacional; como una crítica al régimen y su pasividad social y económica y, por tanto, como un gol a la censura. La postura de Berlanga al hablar de la película siempre se pareció a la de Buñuel al hablar de las suyas, sobre todo de “Un perro andaluz” y de “La edad de oro”: “no significa nada especial; lo que quiera usted ver”.

Sin duda, la interpretación costumbrista y sociopolítica de la película es uno de sus valores fuertes. Sin embargo, con la distancia, el film aparece como algo más, algo mucho más universal: la metáfora de cualquier persona, un día cualquiera. En ella, el pueblo es uno de nosotros o nosotras, un individuo con su psique compleja, sus distintos poderes y sus anhelos y temores; los americanos, la persona esperada que debe venir a salvarnos de algo, a hacer nuestra vida más feliz. Para esa persona imaginaria, para ese fantasma, nos engalanamos, fingimos ser lo que no somos, con la esperanza de complacer su imagen ideal. Y, cada día, ese Mister o Miss Cualquiera pasa de largo, dejándonos la triste labor de deshacer el poblado para volver a construirlo, quizá igual, quizá diferente, al día siguiente. Una tierna y amarga metáfora de la existencia.
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