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El peligro de ser católico en España

miércoles 17 de noviembre de 2010, 10:24h
Con motivo de la reciente visita de Benedicto XVI a España, han podido verse diferentes manifestaciones a favor y en contra. En cuanto a éstas últimas, ha sido especialmente vistosa la de colectivos homosexuales; decidieron organizar una gran “besada pública” para protestar contra la Iglesia. Nada que objetar. España es un estado respetuoso y democrático, donde cada uno puede hacer uso de su libertad para besarse donde le plazca. Es más, hace no mucho vino también a España el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad pero, en esta ocasión, los colectivos homosexuales decidieron libremente quedarse en casita. A lo mejor no consideraron oportuno protestar ante el líder de un régimen que ahorca a personas por su condición sexual, practica la tortura y la lapidación y vulnera sistemáticamente los derechos humanos.

De todos modos, hubo más, y de peor gusto. No pasa nada. De hecho, casi nunca pasa. Salvo en Irak o en tantos países musulmanes, donde los católicos son asesinados por el mero hecho de serlo. Cuál sería la reacción del Islam y de la progresía laicista si en un país de mayoría cristiana se atentase contra intereses musulmanes en nombre de Dios. Ardería Troya, seguro. Y algún que otro “infiel”.

Tampoco pasa nada en España, adalid de la Alianza de Civilizaciones y punta de lanza del laicismo más radical de todo Occidente. Sirva como ejemplo el último caso de la “guerra de los crucifijos”, esta vez en un colegio de Extremadura. Sucedió que los padres de un alumno se quejaron amargamente de lo mucho que les incomodaba la presencia de un crucifijo en el aula donde estudiaba su hijo. Frente a ellos, la práctica totalidad de padres, no sólo del curso en cuestión sino del centro entero, manifestaron su oposición a que se retirase dicho crucifijo. ¿Adivinan? Claro, ya no está. El funcionamiento de la democracia baja el pistón si se trata de cuestiones católicas. También lo hace cuando desde diversas instancias se ridiculiza y veja a la Iglesia. Hace pocos años se estrenó en Madrid una obra con el sugerente título de “Me cago en Dios”. Cabe preguntarse qué habría pasado de haber optado por Margarita Nelken, Santiago Carrillo o Mahoma en lugar de Dios. Sin duda, las autoridades habrían intervenido para desfacer semejante entuerto, y con toda la razón. Una cosa es la crítica legítima y otra muy distinta el insulto y la descalificación permanente.

Soy católico y, como tal, no me duelen prendas en reconocer los errores de la Iglesia. Pasados y presentes. De la mayoría, por cierto, ya se ha disculpado e intentado enmendarlos; no así de los que no le son atribuibles. Tampoco de las interpretaciones torticeras que provocan todas aquellas palabras pronunciadas por alguno de sus representantes. Más de un “comecuras” se rasgaba estos días las vestiduras por las declaraciones de Benedicto XVI en las que, para alertar del laicismo beligerante que tan de moda está en España, citaba a la Segunda República. Citaba, que no equiparaba. Y citaba con razón. Afortunadamente, hoy aquí ya no se queman iglesias, ni se asesina a religiosos ni se cometen aquellas tropelías que tanto parecen añorarse en ciertos sectores -aunque sí en otras partes del mundo-. Sin embargo, hay quien aguarda la más mínima oportunidad para cargar contra un amplísimo sector de la población cuya única aspiración es que se le permita profesar sus creencias de manera pacífica y sin ser ridiculizado por ello. Iglesia somos todos, incluidos Arzallus y monseñor Setién. Hasta ellos merecen respeto. Tanto como judíos, musulmanes, budistas o rastafaris. Yo, visto lo visto, he empezado a ir a misa con extintor y traje ignífugo. Por si acaso.
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