Brasil, G-20 y guerra cambiaria
jueves 18 de noviembre de 2010, 14:24h
Las últimas medidas expansivas de la FED y la consecuente devaluación del dólar han puesto la Guerra Cambiaria en el centro del debate de la última cumbre del G-20. Sin embargo, no se puede obviar que desde hace casi una década se viene asistiendo a una silenciosa política de empobrecimiento del vecino (porque destruye la actividad productiva en el resto del mundo) propiciada por un yuan excesivamente depreciado, con consecuencias negativas sobre los demás países emergentes. China no puede competir vía tecnología, por ello se utiliza de una política cambiaria que empobrece el vecino ayudada por un coste laboral mínimo, que muchas veces implica condiciones laborales subhumanas y que incumplen todas las normativas laborales recomendadas por la Organización Internacional del Trabajo. Por ello la maquila mexicana, por ejemplo, y casi todos los sectores industriales intensivos en mano de obra, tanto de los países emergentes como de los desarrollados, se han deslocalizado a China.
En el actual contexto financiero internacional, en un mundo en crisis, los desequilibrio derivados de este juego ganador-perdedor tienden a desestabilizar las bases de la globalización económica; es decir, tienden a llevar a soluciones proteccionistas. Los perdedores tienen incentivos para abandonar las reglas de libre flujo de mercancías y servicios y a buscar estrategias alternativas para minimizar los costes sociales y económicos. Esto es sencillamente lo que está pasando en el sistema económico internacional desde hace más de una década. Sólo ahora, la crisis y las elevadas tasas de paro en los países desarrollados han llevado a una reacción que puede provocar a una guerra cambiaria muy cara para todos.
Hay dos países claramente ganadores: China y Alemania; otros perdedores que están tomando medidas económicas que les ayudará a protegerse o, por lo menos, mitigar los efectos negativos que ahora están sufriendo sus sociedades en forma de desempleo y reducción de renta, como es el caso de los EEUU; y hay además, un tercero grupo de países, como Brasil, amenazados de perder todo el desarrollo logrado a lo largo de los últimos 5 años de estabilidad y crecimiento económico. En los países perdedores y amenazados empiezan a aparecer presiones desde los sectores negativamente afectados. La presión internacional se intensificará sobre Alemania, pero especialmente, sobre China, para que se llegue a un arreglo económico internacional más equilibrado.
En Brasil, la presidenta electa, siguiendo al presidente Lula da Silva, ha reafirmado su compromiso con la política de cambio fluctuante. Sin embargo, también ha matizado que se harán las intervenciones necesarias para que la moneda brasileña no sufra una apreciación acentuada (frente al dólar y al yuan, se entiende), que acabe perjudicando al sector exportador e industrial del país. En cualquier caso, parte de estos sectores que tienen su competitividad internacional afectada por el tipo de cambio, están aprovechando este periodo de transición de gobierno, de Lula a Dilma, para presionar por una política cambiaria más intervencionistas. Los economistas que les apoyan, también llamados desarrollistas, abogan por una política cambiaria de fluctuación administrada y que tenga, como objetivo fundamental, el equilibrio de la balanza comercial del sector industrial. Es decir, una política que favorezca especialmente al sector industrial, que sea más sensible a los efectos negativos no solo a corto plazo, sino también a largo plazo, con efectos sobre la estructura productiva y sobre el lado real de la economía. En cualquier caso, está claro que si la guerra cambiaria perjudica a las exportaciones brasileñas, habrá intervención en la política cambiaria, añadiendo más tensión al sistema financiero internacional.
La solución, como en casi todos los aspectos relacionados con las finanzas internacionales en el contexto de la globalización financiera pasa por la cooperación. Habrá que buscar un consenso para que el juego económico internacional sea del tipo win-win. Cualquier otro resultado llevará a una guerra cambiaria, al proteccionismo y al fin de la incipiente recuperación económica. La falta de un liderazgo internacional no ayuda. Dilma puede contribuir a una solución cooperativa si consigue generar un consenso sobre la necesidad de fortalecer las instituciones financieras internacionales de control y cooperación.