Belén Esteban y el pueblo
viernes 19 de noviembre de 2010, 16:54h
En estos albores del siglo XXI, gustamos de referirnos al “pueblo” en los términos del Derecho que sentó la aparición de los estados-nación. De la paz de Westfalia a la Francia revolucionaria, el fin del Antiguo Régimen nos dejó en herencia la nada desdeñable condición de ciudadanos. Los americanos demostraron antes que nadie su voluntad soberana cuando, constituidos en Filadelfia allá por 1787, pronunciaron aquellas palabras célebres, “Nosotros, el Pueblo (We the People)”, que servirían para inaugurar la carta magna escrita más antigua del mundo.
Sin embargo, no siempre el pueblo es tenido en tan alta estima. La ambigüedad del término no deja de suponer un riesgo de caer en equívocos y perversiones de consecuencias más o menos peligrosas. En España, estamos acostumbrados a lidiar con los nacionalistas de profesión que se llenan la boca de pueblo. En este caso, sus arengas y soflamas no se dirigen a un pueblo entendido como nación de ciudadanos, sino como terruño y tribu. Se trata de volver a la sangre y a las raíces (“cada nuevo día es más raíz, menos criatura”, escribió Miguel Hernández, aunque fuera para abordar asunto bien distinto).
Pero ya conocemos las depravaciones léxicas de que se sirve el nacionalismo para airear su mensaje rancio. Estamos prevenidos contra ellas. Para lo que no estábamos preparados es para el advenimiento de Belén Esteban, que nos ha sobrevenido como un mal catarro en forma de “princesa del pueblo” (¿qué pueblo?), en representación de todos. Desde que dejé España (no como quien deja un mal vicio, sino como quien espera volver un día), no ha cesado de sorprenderme el creciente número de informaciones dedicadas a la ex de Jesulín. Y lo más alarmante es que su nombre ha saltado del papel couché a las más respetadas tribunas de opinión de los diarios “serios”. No hay semana que Belén Esteban no sea objeto de dedicación por parte de algún reputado columnista, atenciones que la madrileña compagina perfectamente con sus continuas apariciones estelares en la televisión de Berlusconi. Ya está bien.
Los comentaristas de la actualidad abordan su figura con la tranquilidad que otorga la distancia, pues nada creen tener en común con Belén Esteban. Ellos llevan corbata, ellos tienen carrera (y máster), ellos viven en Serrano, ellos saben que los aviones se fletan y los barcos flotan, ellos, en definitiva, no son como ella. Sin embargo, tienden a admitir que sí representa a otros. Quizá a las clases populares, a los currantes sin carrera, a sus vecinos de San Blas. Pero yo he vivido en San Blas y digo que no me representa. Ni a mí, que sé empuñar un bolígrafo, ni a la señora que lleva veinte años cortando pescado en el barrio, ni al gitano que vende flores a la salida de Carrefour. Belén Esteban no representa a nadie. Escribía Ramoneda en su tribuna de El País que la princesa del pueblo encarna el más puro “populismo fascista” (a cualquier cosa le llaman fascismo). Atrevida y elevada la consideración hacia un personaje que solo es, siglos después de que se acuñara la expresión, el viejo y conocido panem et circenses de nuestros días. Pan y circo. Y la culpa no es tanto de los que la jalean como de los medios que les organizan a estos su agenda de intereses (la famosa agenda-setting).
En lugar de galopar hacía el futuro (“avanti popolo”), el pueblo parece describir un funesto retorno a la caverna, aupado a la grupa del cuarto poder. Y, así, cada nuevo día tiene más de raíz y menos de criatura. Más de Belén Esteban y menos de Miguel Hernández.