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AL PASO

Sabino Arana en Barcelona

sábado 20 de noviembre de 2010, 12:04h
Veo, como otras noches, el programa de Iñaki Gabilondo, un donostiarra al que conozco y aprecio desde hace tantos años. Entrevista, con deferencia aumentada por el formato de la conversación, mantenida a distancia, al presidente del PNV Iñigo Urkullu. Es un tipo amable que infunde tranquilidad, nada que ver con anteriores liderazgos del partido, que, sin que se supiera muy bien porqué, oportune et inoportune, comparecían siempre con malas pulgas. Urkullu, como digo, no riñe, no se queja, trasmite optimismo, aunque no se sabe muy bien por qué en este panorama nacional más bien atribulado. Pero, según dice, al PNV le van las cosas estupendamente. Logra incluso salvar las declaraciones de un jelkide (dirigente nacionalista) que sueña, nada menos, con la instauración de una república confederada en el Estado español, que acabaría con el problema nacional vasco. Urkullu recurre a la complicidad foralista que siempre funciona entre nosotros, aludiendo al peso del monarca en el sistema tradicional político. Ni el aludido, amigo también a quien no nombraré, ni el propio Urkullu parecen haber leído un regocijante artículo publicado en la cuarta del País hace unos días, por un agudo escritor descendiente del exilio catalán en Méjico, que se preguntaba por el incierto futuro profesional de los nacionalistas, esto es, de los preocupados por la construcción nacional, una vez que, con el triunfo nacionalista, esta ya no tenga sentido.

La entrevista, decía, se realiza a distancia. Es en directo pero el sistema no obstante reduce la inmediación y por tanto la espontaneidad: el alejamiento que afecta al espectador me impide identificar el motivo del cuadro que está detrás de Urkullu, pero no una pequeña escultura, colocada discreta pero con toda eficacia a la izquierda de la imagen. Bueno, acabáramos, es un busto del fundador, de Sabino Arana. Al final, o al principio, (“En el principio está el fin”, dice Elliot ) aparece inevitablemente una huella, un rastro. No nos engañemos, la constante irrenunciable también de este nacionalismo, que ahora, felizmente, encarna Urkullu. O sea el aranismo.

He pensado estos días en Sabino Arana, al oir esas manifestaciones tan desafortunadas del líder de Esquerra Republicana Joan Puigcercó, que traslucen un fondo lamentable, que, sólitamente, se trata de obviar, que no es correcto manifestar, pero que así, en un descuido, en un mitin por ejemplo, inevitablemente muestran el último rostro , en el sentido elliotiano, que es el racismo, y que anida ocultamente en algún nacionalismo. Comprendemos bien las razones del patriotismo, como dedicación y entrega a la comunidad propia, como esfuerzo por defender la propia identidad. Cuando esa dedicación se convierte en el nacionalismo político, la afirmación propia, para potenciarse, para recabar la lealtad de los conciudadanos, puede convertirse en exclusión. La ideología que con más eficacia trasmite la exclusión es el racismo: la afirmación de la superioridad cualitativa de los miembros de nuestra colectividad sobre los que no pertenecen a la misma, pues son de otro grupo cuyos caracteres contradicen a los nuestros: son perezosos, indolentes, lastran nuestras posibilidades.

No debemos compartir un destino político con ellos , ni pertenecer al mismo Estado, pues esta es la auténtica razón, la verdad es que no nos merecen, es que son inferiores. Estas declaraciones, que no detallaré, pues ofenden al gran pueblo que ha sido objeto de las mismas, la patria de Juan Ramón o Velázquez, que más es necesario decir, han sido proferidas por una persona que se reconoce en la izquierda. Son cosas de este tiempo lamentable en donde expresiones que se justifican más desde la extrema derecha pueden aceptarse en un universo mental para el que la solidaridad y el internacionalismo ya no son las señas de identidad de la izquierda. Si en los momentos en que vivimos, de prosperidad indudable a pesar de la crisis amortiguada por el Estado social, algunas manifestaciones del nacionalismo tienen esta apariencia tan torva, podríamos preguntarnos qué podría esperarse en otras circunstancias más difíciles. ¿Reaparecería en el primer plano lo que pueda quedar de Sabino Arana? Verdaderamente Arana, contra lo que creíamos, no pasó en balde durante alguna parte de su juventud, por Barcelona.
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