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Sobre la libertad, sobre la intimidad y sobre el periodismo

sábado 20 de noviembre de 2010, 19:36h
Estamos asistiendo al linchamiento de Salvador Sostres por una conversación privada previa al inicio de un programa. Sus palabras fueron interceptadas y difundidas por alguien que quería provocar la reacción que se está produciendo. Desde hace días, venimos escuchando a comunicadores, responsables públicos y políticos condenar lo que se dijo, pero no cómo se obtuvo ni cómo se difundió.

Como abogado, creo que todo el mundo merece una defensa y que, frente a la multitud enloquecida, deben prevalecer la razón y el Derecho. Es fácil ser valiente amparado por el anonimato, el pseudónimo y la masa. En una sociedad civilizada, no se lincha a nadie. Los medios de comunicación no son ni deben ser la plaza de los autos de fe y las hogueras contemporáneas. Ahora bien, en este caso, quienes de verdad necesitan una defensa son la libertad, los derechos civiles y el sentido común. Tomando como pretexto la necesaria protección de los menores y la dignidad de las personas, se está soslayando el atropello a los derechos fundamentales que esa dignidad sustenta.

He aquí la cuestión: un tercero estaba grabando la conversación de Sostres con otras personas desde antes de que hubiese público y antes de que se iniciase la emisión y después la difundió. El contenido de la conversación se ha obtenido por medios ilegítimos. Ninguno de los presentes sabía que se los estaba grabando ni estaban en directo. Quien grabó la conversación aprovechó que los contertulios estaban con la guardia baja. El público, cuando llegó, probablemente no oyó nada por la distancia, de forma que la conversación siguió en el círculo de los intervinientes.

No sólo la grabación fue de dudosísima ética profesional sino que también lo fue la posterior difusión del contenido. ¿Dónde estaba el interés informativo? ¿En qué contribuye a formar una opinión pública plural y libre lo que hemos escuchado y visto en ese vídeo grabado a traición?

No se trató de un micrófono abierto porque, en esa situación, las palabras se deben al descuido o la imprudencia del político. En este caso, nada hacía sospechar que a Sostres lo estaban grabando desde antes –insisto- de que el público infantil entrase en el estudio. Tal vez esos niños hayan aprendido que deben desconfiar de quienes trabajan en la tele porque te graban a escondidas y lo filtran para que todos lo vean.

Ahora bien, ¿quién decide cuándo se graba y qué se graba? ¿Quién difundió ese vídeo? No entremos en la intención porque ésa parece clara. Desde luego, quien quiso un linchamiento ya lo tiene servido gracias a la trampa y al anonimato. El precio ha sido la intromisión ilegítima en la privacidad de una conversación cuyos participantes ignoraban que se los estaba grabando.

Afortunadamente, el periodismo es posible porque goza de la protección del secreto de las fuentes y se ampara en derechos fundamentales como la libertad de expresión y la de difundir y recibir información veraz. Gracias a los buenos periodistas, en nuestras sociedades existe una opinión pública más plural y libre que en los regímenes tiránicos. Ahora bien, una cosa es ese gran oficio y otra bien distinta la quema en la plaza pública de un contertulio por unas palabras interceptadas y difundidas a traición.

Ahora el asunto ya no es qué dijo o dejó de decir. Hasta Alfredo Pérez Rubalcaba ha hablado sobre las palabras grabadas a este contertulio. Si alguien necesita lecciones de moral, en España tenemos suficientes para hacer transfusión. Ahí está el piquete moralista (David Gistau dixit) y basta preguntar a algún Ministro para recibir unas cuantas lecciones de ética y moderación... Así nos va.

Se condena lo que se dijo pero esos mismos que se escandalizan, soslayan la ilegitimidad de la grabación, la difusión y la quema pública de una persona por lo que dijo en privado. Una vez alguien está en la picota, es fácil atacarlo porque, diga lo que diga, la noticia crece y crece de modo que al linchado sólo le resta esperar a que escampe y a que aparezca otro contra quien se dirija la turba.

Pero la indignación por las palabras no puede enturbiarnos la claridad del juicio. Yo creo que el periodismo es distinto de la trampa y la encerrona que le tendieron a Sostres. Me parece que la opinión pública se está ensañando con él y que –esto es gravísimo- se está soslayando el debate sobre la libertad y la privacidad que subyace tras este asunto.

¿Qué piensan ustedes?

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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