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Centenario de la revolución mexicana: ¿Por qué no festejar y sí conmemorar?

Juan Federico Arriola
domingo 21 de noviembre de 2010, 16:55h
El 20 de noviembre de 2010 se conmemora, es decir, se recuerda el centenario del inicio de la Revolución Mexicana contra la dictadura del general Porfirio Díaz que duró poco más de treinta años.

Hace cien años, México tenía aproximadamente 15 millones de habitantes. Hoy es un país con más de 105 millones de habitantes incluidos extranjeros y se calcula que hay más 20 millones de mexicanos e hijos de mexicanos en Estados Unidos debido a varias generaciones de migrantes que dejaron el país sobre todo por motivos económicos y laborales.

Durante las dos primeras décadas de la Revolución Mexicana murieron de manera violenta aproximadamente 1 millón de personas: la mayoría civiles atrapados en un torbellino terrible de intolerancia política y también religiosa. Esta última de manera grave entre 1926 y 1929, cuando el presidente Plutarco Elías Calles se dedicó a perseguir a religiosos católicos y también laicos y la contestación fue severa. A este periodo se conoce como guerra cristera y ha sido un historiador francés radicado en México desde hace muchos años quien mejor ha estudiado ese periodo de la Revolución Mexicana.

Los mexicanos no nos hemos puesto de acuerdo en cuándo concluyó el proceso revolucionario o si la Revolución Mexicana está muerta desde hace décadas y sólo es invocada por cuestiones demagógicas.

En menos de diez años de confrontaciones entre grupos revolucionarios entre sí y con gente contrarrevolucionaria, fallecieron de manera violenta, ya sea por traición ya por una farsa legal, dos presidentes de la república (Francisco Madero en 1913 y Venustiano Carranza en 1920), además el vicepresidente José María Pino Suárez en 1913 -que fue el último que ejerció ese puesto de manera constitucional- un distinguido senador de la república, Belisario Dominguez. También murieron el lider campesino que no aspiraba al poder, Emiliano Zapata en 1919 en una emboscada y el general Felipe Ángeles por una sentencia de pena de muerte arbitraria.

En la siguiente década, fallecieron el famoso Pancho Villa-dolor de cabeza de Estados Unidos- en 1923 acribillado en Chihuahua, el aspirante a la presidencia de México, el general Francisco Serrano en 1927 y Álvaro Obregón, quien ya había sido presidente de México en el periodo 1920-1924 y que en las elecciones de 1928 ganó por segunda vez, pero cayó muerto en medio de un banquete poco antes de ser declarado presidente electo.

Todavía en 1938 hubo un último intento de golpe de Estado por parte del general Saturnino Cedillo en contra del presidente Lázaro Cárdenas. Cuando llegaron casi 30 mil españoles que huían de la
guerra civil española, la Revolución Mexicana estaba por bajarse de su caballo para tratar de consolidar y continuar la institucionalización de México.

A cien años, México no tiene una democracia madura, conpartidos políticos y gobernantes transparentes en el gasto público, con un Estado de Derecho que vele por los derechos humanos. Cien años después, en vez de revolucionarios que se matan entre sí y que luchan por el poder -con excepción de Zapata-, tenemos diversos carteles del narcotráfico que luchan por el mercado de drogas.

Hace cien años Estados Unidos surtía las armas a los revolucionarios y a los contrarrevolucionarios. Hoy Estados Unidos, ya sea su gobierno o sus particulares surten de armas al gobierno mexicano y a las bandas de criminales.

No puedo, ni quiero, ni debo festejar una revolución violenta e inconclusa. Sus promesas están incumplidas. Un millón de muertos de entonces, más casi treinta milpersonas muertas en cuatro años derivadas de la violencia entre la delincuencia organizada y el Estado mexicano desorganizado, nos impiden festejar. El pueblo de México debe recordar a las víctimas de las guerras y no a los gobiernos y congresos fallidos, aquellos que efectivamente han fracasado en sus tareas de bien público.

Decir ¡Viva la Revolución! es tan demagógico e insulsocomo el lema del gobierno federal mexicano actual: "Vivir mejor" que es un insulto para millones de mexicanos que viven en la pobreza, en el miedo a ser asesinados y que no tienen empleo ni seguridad social.

Octavio Paz decía que lo mejor de la Revolución Mexicana fueron los frutos culturales: la literatura, el muralismo pictórico, la arquitectura, la música. Estoy de acuerdo. De eso me siento orgulloso y de todo el patrimonio cultural mexicano que tiene sus raíces en los griegos, los antiguos judíos, los romanos, los españoles, los árabes, los aztecas, los mayas, etcétera. México es una potencia cultural y es un enano político por su mediocre clase política depredadora e inmoral.

Juan Federico Arriola

Profesor de Derecho

Profesor de Derechos Humanos en la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

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