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Al rescate de las humanidades

Enrique Aguilar
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miércoles 24 de noviembre de 2010, 15:27h
Por lo general, los argumentos tradicionalmente esgrimidos en favor de un modelo de educación basado en la trasmisión de las llamadas artes liberales han resaltado su carácter no utilitario y “libre”, por consiguiente, de cualquier exigencia de aplicación. Asimismo, dejando a un lado los matices u otras diferencias de enfoque, autores tales como John Stuart Mill y John Henry Newman, en el siglo XIX, o Michael Oakeshott en el siglo XX (por mencionar tan sólo tres casos a los que soy particularmente afecto), han cuestionado los modelos exclusivamente orientados a la formación de profesionales por considerar que, aun para el buen ejercicio de una profesión, son necesarios una serie de hábitos (como la imaginación, la creatividad y el pensamiento crítico) que las humanidades contribuyen mejor que otros saberes a promover. Sea dicho de paso, la visión de la universidad como un “ámbito de aprendizaje” (Oakeshott) donde alumnos y profesores se consagran a una tarea universalmente conocida con el nombre de “búsqueda de conocimiento”, está indisolublemente ligada a esa tradición.

El nuevo libro de Martha Nussbaum, Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades (versión original por Princeton University Press, 2010, traducido al español por Katz Editores, de Buenos Aires) recoge en parte este legado, cuando menos en lo que respecta a la identificación de los fines de la educación con la construcción de una vida más significativa y no meramente con la preparación para el mercado laboral. En sus páginas, concebidas menos como un estudio empírico que como un verdadero “manifiesto”, otras fuentes concurren para dar abono a la argumentación: el Rousseau de Emilio, John Dewey, Friedrich Froebel, Johan Pestalozzi, Bronson Alcott, María Montessori y, sobre todo, el premio Nobel Rabindranath Tagore. Con ese bagaje, y su propia y fructífera experiencia como intelectual creativa que es, Nussbaum lanza una crítica sin concesiones a todos los intentos enderezados, desde hace tiempo, a la erradicación de las asignaturas relacionadas con las artes y las humanidades vistas como ornamentos inútiles cuando de lo que se trata es de maximizar a toda costa el rendimiento económico.

Nussbaum la emprende además contra los métodos de enseñanza que, en todos los niveles (primario, medio, terciario y universitario), estimulan una “pedagogía de la memorización”, la recepción pasiva de contenidos curriculares y la información disociada del conocimiento, para reivindicar en su lugar la mayéutica socrática y el cultivo de la capacidad de reflexión como elementos indispensables a toda democracia que quiera hacer prevalecer en su seno el respeto y el interés por el otro. Puesto en otros términos, “un ejercicio atento y respetuoso de la ciudadanía” que, más allá de las fronteras nacionales, debe proyectarse al mundo entero (todos somos, al fin de cuentas, ciudadanos del mundo y responsables frente a éste), requeriría para la autora de seres autónomos y reflexivos que la enseñanza propia de las humanidades, o su incorporación bajo el modo de ciclos de formación general en todas las carreras, pueden espontáneamente engendrar.

Nussbaum sostiene que “para perseguir un sueño hacen falta soñadores”. En este sentido, su “manifiesto” puede verse también como una invitación a no dejarse vencer y a enarbolar la bandera de las humanidades para mantener a nuestras democracias “con vida y en estado de alerta”.

Enrique Aguilar

Politólogo

ENRIQUE AGUILAR es director del Instituto de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Católica Argentina

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