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Límite borroso del Estado

Antonio Domínguez Rey
viernes 26 de noviembre de 2010, 18:22h
Tres declaraciones sobrevuelan la memoria reciente de estos días inmediatos. Oscurecen, o debieran, el folklore publicitario e insulso de las elecciones catalanas. Una es de bancos importantes del país; otra, de un ex presidente notable; y la tercera, de quien preside actualmente una federación política del norte de España. Sus nombres están en la mente de todos. Sobra citarlos.

Dos grandes bancos nacionales confirman que sus activos dependen en mayoría de las inversiones en el extranjero. El ex presidente declara, por su parte, sombras de conciencia por haber tenido en mano la opción de eliminar de un bombazo a la cúpula dirigente del terrorismo vasco, pero no lo hizo por exigencia democrática. Y el aún presidente de la federación socialista de Euzcadi anuncia como regalo de Navidad una declaración definitiva de la banda ETA sobre el cese de hostilidades.

Las tres declaraciones debieran alegrarnos. Una, por la expansión de la economía española; otra, por la responsabilidad en el ejercicio democrático de las funciones de Estado; y la tercera, por el alivio del peso enorme que arrastra este país desde hace cincuenta años.

El contenido de sus respectivos enunciados obedece, no obstante, a realidades bien distintas. Los bancos salen al exterior forzados por la quiebra económica que vive el ciudadano español y por la competencia internacional de inversiones, estrategias de mercado y rendimientos, en consonancia con el globo monetario que nos envuelve. Al ex presidente le acucia la duda de si obró bien al no caer en la tentación del crimen de Estado. Y lo revela ahora, casi tres décadas después de aquella oportunidad, movido, sin duda, por la situación actual de reblandecimiento democrático. Y el aún presidente regional ejerce de portavoz indirecto de las intenciones ocultas en los encuentros oficiosos con los terroristas.

Los bancos sacan los ahorros a competir en el mercado internacional manifestando que nuestra actividad ya no cubre ni el veinte por ciento de su capital e intereses. Al ex mandatario lo inquieta aquel instante de soledad profunda. Hubiera bastado un simple “hágase”, “vuélese”, “procedan”. Y el presidente local deja entrever en oblicuo los sumideros del poder acuciado por su permanencia.

En un caso, la paradoja de una economía floreciente en los bancos de un país cada día más empobrecido, con el cuarenta por ciento de la juventud en paro y cierre de empresas constante; en otro, la prepotencia del poder desde su ejercicio supremo; y en otro, ingenuidad casi sibilina.

Los bancos andan a la caza de otras entidades con problemas en países emergentes o allí donde les abren puertas para conjurarse con industrias multinacionales que respiran o se expanden gracias al dinero fresco que ellos aportan. Auspician también inversiones adineradas de empresas españolas cuyos negocios se administran en el extranjero, y las hay muy efectivas. Contribuyen a crear nuevos empleos allí donde los salarios son exiguos, mientras aquí, dentro del país, se cierran escalonadamente las opciones de trabajo. Fuera conceden créditos que antes otorgaban en España y ahora niegan desahuciando además el bien entonces con ellos hipotecado, pues el cliente ya no puede pagar el crédito obtenido. Reembolsan la hipoteca de la casa con el precio rebajado a la mitad de su coste en el momento de contratar el préstamo y retienen la diferencia de la deuda al margen del beneficio que pueda obtenerse vendiendo el bien inmueble. Acumulan hipotecas de por vida. Un nuevo feudalismo.

Y el ex presidente irrumpe con unas declaraciones sorprendentes cuando salen a luz otros testimonios de aquellos años turbios, la década entre los años ochenta y noventa, y cuando se cuece en los despachos autonómicos el arreglo de unas elecciones generales cada vez más urgentes habida cuenta del estado de fragilidad democrática en que nos hallamos. Esta hipótesis se confirma con el reportaje televisivo, único en su género, de la conversación mantenida con el presidente del partido socialista vasco.

La fortuna financiera de los bancos más importantes, creciente en cifras -anuncios anuales de activos multimillonarios-, contribuye, por otra parte, a financiar las campañas electorales de sindicatos y partidos políticos. Les otorgan cuanto niegan en prenda a los particulares.

La revelación del ex presidente se convierte en oráculo de Sibila transformando el tiempo pretérito en ascua viva del presente. Los exégetas esmeran el análisis y abren las entrañas de la víctima irredenta para adivinar el futuro.

El aún presidente pasea la sombra de sus palabras esperando confirmación cumplida de profeta. Las concesiones de los bancos a los partidos en liza electoral revierten en deuda pública sobre el ciudadano, quien asiste convencido, bandera y eslogan en boca y puño, grácil el aplauso, a una nueva promesa antigua de libertad, independencia, fondo crediticio avalado por las instituciones, creación de millones de puestos de trabajo, seguridad de la seguridad social, incremento de las pensiones, rebaja de la luz… y del aire que respiramos. Estos préstamos sin retorno de la banca a los partidos políticos abisman aún más, por vericuetos inconfesables, la insolvencia del Estado y el bolsillo del contribuyente.

Y al ex mandatario debiéramos preguntarle: ¿conocía entonces usted al dedillo los movimientos burdos de la “guerra” solapada contra el terrorismo y las cuentas turbias de los fondos reservados? ¿Estaban ustedes dispuestos a intervenir, bomba en mano, contra los “independentistas” vascos -así se les nombraba en gran parte de Europa- en un país limítrofe, Francia? ¿Saltándose todos los protocolos y relaciones internacionales? ¿O soñaba usted con un posible acuerdo, una concesión bajo cuerda, de la jefatura del Estado vecino, siendo, como era usted, y es sabido, delfín singular del gobierno francés de entonces? ¿No hubiera reforzado con esa posible acción la lucha armada que pretendía zanjar con un simple imperativo: “¡hágase!”, “¡vuélese!”, “¡procedan!”? Sin duda, sus asesores transpirenaicos fueron convincentes. Francia conocía, y conoce, si no todos, la mayor parte de los escondrijos y andanzas de aquellos “liberadores” -otro adjetivo de alguna prensa y televisión extranjera-. En el sur del país vecino actuaba entonces, entre otros servicios, la policía secreta que tuvo como misión la lucha contra la OAS. ¿Iban a sorprenderles ustedes? Sería mejor que contara la verdad de aquellos años y expusiera claramente al ciudadano español la situación actual del conflicto. El puesto que ocupa actualmente en una instancia europea, nada menos que adivinar, como Sibila, el porvenir de Europa, se lo exige. De no hacerlo, graves nubes se ciernen sobre ese puesto con la sombra aún helada de aquellos tiempos. Difícil misión, sin duda.

Pero lo más elocuente de este paralelismo a tres bandas de dos bancos y dos presidencias, es el reportaje antes mencionado de la televisión con las declaraciones del representante político de la federación socialista vasca. El plano en bisel de la imagen, oblicua la línea, casi en contrapicado, del rostro en alternancia con el cuerpo ladeado sobre el apoyo, la corbata removida, hablaba más que las palabras mismas, también sorprendentes. Y sesgado a su vez el tono del habla distendida, confesional, aferente, como el ceño y el deje deslizante de los ojos, mirando de soslayo cada palabra que fluía, resbalando. ¿Quiere que le diga la verdad o…? Así seguían algunas respuestas, aludiendo a los bastidores de la escena pública. El cuadro se alarga además con la línea suelta del brazo sobre el respaldo.

En este otro banco de parque acontecía algo fundamental. La voz era el entrecejo de las relaciones actuales del Gobierno con los mediadores de la negociación secreta llevada a cabo con los terroristas. La cámara, la audiencia, el confesionario de la historia contada. Y entre los dos, voz y foco, planos medio y de primera línea, la revelación al ciudadano de algo sibilino. Los encuentros con la jefatura de los terroristas son normales. Se celebran en ambiente y entorno apacibles. Unos y otros quieren, más que tregua, finalizar un conflicto sin horizonte ni destino, surrealista, y darle un giro histórico, generacional, a los acontecimientos, de tal modo, eso sí, que el pasado se convierta en futuro firme de una nacionalidad reconocida en el nuevo marco europeo.

Desde entonces se cierne sobre el ciudadano una calma tensa y distendida auspiciada por otros focos de pulsión democrática, como recordar el derecho a la dignidad que el hombre tiene por naturaleza próximo a la muerte. Una dignidad fundada en el ejercicio de libre voluntad sobre el propio cuerpo, al nacer y al morir. Un cuerpo que decimos propio, pero que nadie crea por sí mismo cuando nace o lo abandona complaciente cuando muere, absorto en un silencio indefinido.

De aquella declaración ante las cámaras del presidente socialista vasco sobrevuela aún una imagen fía y al tiempo bella. Preguntado cómo sería el final de ETA, responde: naturalmente, como se funde la nieve.

Penetra aún más aguda, sin embargo, otra confesión realizada al ritmo de la entrevista. Los encuentros con los jefes etarras le despiertan un sentimiento afable por coincidir en la búsqueda de una solución para el conflicto y resolver en común una causa histórica. De ello se deriva incluso, decía, afecto.

Y la pregunta surge inevitable. ¿No roza esta actitud la apología del terrorismo, tal como están en estos momentos, sobre la mesa, las leyes del Estado? Evidentemente, declarar un afecto no infringe ley alguna. ¿Y hacerlo en tales condiciones, contexto? ¿No exalta esta inclinación pública del ánimo -tal es un afecto- las declaraciones del terrorismo embozado? ¡Ojalá humanice, al menos! El buenismo a costa de muerte y secesión nunca es razón sólida de política seria y convincente.

Los límites conceptuales del Derecho que nos asiste se tuercen ensortijados, “fuzzy”, borrosos, como dice hoy la semántica con apoyo en la teoría física y topológica de catástrofes. Un país democrático precisa nociones y conceptos jurídicos netos, clarividentes. Y un ejercicio democrático de poder que los honre cumpliéndolos. Y esto requiere hombres de Estado. Silencio verdaderamente indefinido y dudas sin límite de conciencia.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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