La independencia
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 26 de noviembre de 2010, 18:38h
La independencia, alto valor convivencial y cualidad enaltecedora de quien la posee, es un rasgo moral de existencia muy escasa y, a menudo, precaria. Sólo de manera excepcional se ofrece en estado de naturaleza pura. Los condicionamientos y ligámenes forman parte del hombre en sociedad y la absoluta independencia equivaldría a un ser carente de raíces y vínculos.
Pero si frisa casi en lo imposible una especie genuina de la independencia todavía puede hallarse en nuestras cada vez más homogéneas y uniformes sociedades algunos ejemplares que provocan la admiración y el respeto.
En ciertos ambientes y países su precio es muy elevado. La ascesis que obligadamente implica tiene que subir su registro ante el choque de un entorno proclive al maniqueísmo y al enfeudamiento de personas y cosas en un entorno social o en una corriente ideológica. El rechazo de cualquier espíritu de cuerpo que la independencia comporta normalmente, deberá aumentar su fuerza cara a un sectarismo absorbente. Y el recelo frente a todo género de militancia que suponga la subordinación de la opinión pública a la emanada de los centros de decisión de asociaciones y partidos habrá de hacerse más vigilante de lo habitual por el control que tales organizaciones poseen sobre muchas parcelas del ámbito civil.
Cuando responde a un verdadero imperativo personal, la independencia no se conjuga con ningún término del conformismo ni tampoco del olimpismo. Justamente para ser más fieles y útiles a su compromiso con el avance de la vida política y social, la mujer y el hombre independientes no se plegarán a imposiciones y coacciones, con frecuencia más sutiles que violentas. De igual modo nunca adoptarán una actitud de superioridad de conducta por cuanto conocen bien que su postura no pasa de ser una opción ni más ni menos legítima que otra.
Debido a manifestarse como el más poderoso fermento de salud mental de una sociedad robotizada, la independencia tendría que recibir el aplauso colectivo y la estima de todos los actores sociales. En ella, se encontrará la mejor defensa contra el gregarismo y la bandería. Si se muestra con vigor en una comunidad, la vida de ésta será, sin duda, más creativa y dinámica, preservada de la dictadura de capillas y poderes ocultos.
En la vieja España fue la independencia un valor muy cotizado. Quevedo o Jovellanos comparecen para refrendarlo. En nuestro siglo, sus espíritus más diamantinos en la cultura y en la política se caracterizarían por la insobornabilidad de sus creencias. Por ella ganó Unamuno el respeto de su arbitrario perseguidor. El viperino Azaña, él también modelo de independencia, rindió tributo a sus enemigos adornados de tal cualidad. En la hora de mayor crispación y dureza, en los días de la guerra civil, los aislados especímenes que de ella se encontraron en una y otra zona obtuvieron el tributo silencioso e indirecto de la confinación o el aislamiento. Durante el franquismo, ciertas figuras mantuvieron la continuidad de esta tradición, que con el advenimiento de la democracia pareció perder alguna consistencia.
El avance de la desideologización y la desmovilización política frecuentes en las naciones postindustriales contribuyeron decisivamente al paradójico fenómeno. Pero la independencia es y seguirá siendo necesaria para una sociedad progresiva y ética.