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Dogging

José María Herrera
sábado 27 de noviembre de 2010, 12:36h
Un viajero veneciano del XVIII se asombró mientras recorría Inglaterra de la costumbre que tenían los naturales de defecar al borde de los caminos ofreciendo su popa a la vista de los transeúntes. Cuando comentó con un inglés la sorpresa que le había producido aquel extraño comportamiento, éste le dijo que siempre sería mejor que a uno le vieran el trasero mientras evacuaba sus intestinos que no el rostro. Al veneciano la explicación le pareció chocante, pero también razonable.

Los dorados tiempos en que los ingleses daban en todo prueba de una sensatez fuera de lo común no exenta de desparpajo parece que han pasado. Ahora les queda el desparpajo, una cualidad insuficiente para espantar el arduo spleen insular. Si sobrellevarlo les condujo en el pretérito a distracciones como el turismo o el futbol, hoy su devaluado espíritu nos sugiere la alternativa del dogging, o sea, la práctica de actividades sexuales en lugares públicos, sobre todo jardines y parques.

Que una pareja se esconda detrás de un seto mientras liba en honor de Afrodita es lo más normal del mundo; que se ponga delante a fin de recabar la atención de la gente que por allí pasa resulta más insólito, aunque no en Inglaterra, donde la moda hace furor tanto entre practicantes como entre espectadores. “Voy a sacar a Sultán”. “¿Otra vez?”, pregunta perplejo él o ella a causa de esta inopinada solicitud canina. Y, en efecto, son los transeúntes con perro, toda esa gente solitaria que recorre melancólicamente los parques, quienes, según dicen, han dado nombre al nuevo pasatiempo.

A mí la explicación no me convence. No creo que haya ningún deporte cuyo nombre se haya acuñado teniendo más en cuenta al espectador que al practicante. Verdad que el dogging no descarta la posibilidad de que el primero salte al terreno de juego para nivelar las fuerzas o el marcador, pero al margen de esto a nadie puede pasarle desapercibida la coincidencia con un viejo y venerable concepto: “cinismo”. “Cínico” (kyon, dog, perro) es el apelativo con que se conoció a ciertos filósofos griegos que, de acuerdo con la teoría de que nada debe estorbar el goce de uno mismo y menos que nada los prejuicios sociales, aconsejaban hacer en público lo mismo que en privado. Seguidores postmodernos suyos, aunque no por el lado del ladrido o la defecación, sino por el del fornicio (si me permiten utilizar esta palabra para describir algo que ocurre en un frio jardín británico) son los aficionados al dogging.

¿Qué puede llevar a alguien a profesar estas ideas y a realizar estas prácticas tan poco civilizadas? Se me ocurren tres alternativas: una, la desilusión vital derivada de la desoladora relatividad de los valores, experiencia que antaño abría el camino a una conversión espiritual y hoy suele deparar un resentimiento letárgico hacia la tradición y la sociedad; dos, la estupidez, esto es, la creencia de que para retornar al Edén basta con entrar en un jardín y despojarse de los calzoncillos; por último, el exhibicionismo, la ostentosa pretensión de ofrecer en un gesto inequívoco la propia esencia, esa cosa obscena característica de una época en la que importa menos ver que ser visto.

Los devotos de las culturas alternativas –eufemismo con el que se finge no percibir el abismo que separa cultura y barbarie- encontrarán muy sinceras estas prácticas y los amantes del ecologismo, la vuelta a la naturaleza y el mundo rural quizá perciban en ella las pastoriles fragancias de Teócrito. A mí, que quieren que les diga, todo esto me da mala espina. No tengo nada contra los pastores, pero los prefiero cuando tocan la flauta y no la trompeta. ¿Qué hay de bucólico en despertar la atención de nadie? Desde luego, dudo que nuestros antepasados prehistóricos hicieran los ridículos movimientos del sexo a la vista de todos, incluidas alimañas carnívoras. ¿O es que acaso creen ustedes que la gente se metía en las cuevas sólo para hacer pintadas en las paredes?

La época contemporánea comenzó con el anuncio de la muerte de Dios y, tras un siglo de devastaciones culturales, parece obstinarse en liquidar también al hombre, cierta forma de ser hombre. Algunos ven en ello un progreso. ¿No somos animales? La idea de que la edad de oro de la humanidad antecedió a cualquier cultura es, sin embargo, ridícula y, en todo caso, inútil. Tatuarse, perforarse, desnudarse, fornicar en público, son prácticas tan retóricas como empolvarse la nariz, cubrirse con una peluca o dar sombrerazos en palacio. Ni suponen mayor libertad, ni guardan ninguna relación con ella, aunque no cabe duda de que resultan bastante más vulgares. ¿Imaginan ustedes el pésimo efecto que produciría en las pintorescas campiñas de los cuadros de Reynold y Gainsborough la presencia de dos fornicadores apremiados por la urgencia narcisista de satisfacer públicamente los depreciados apetitos de su concupiscencia?
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