La gesta de Otumba
miércoles 01 de diciembre de 2010, 13:57h
La búsqueda de oro en el Nuevo Mundo fue una de las principales inquietudes de los conquistadores. Esa fue una de las razones que movieron al gobernado de Cuba, Diego Velázquez, a enviar una expedición a las costas de México para que explorase la zona. Las noticias de una floreciente civilización -maya y mexica- así como el oro que trajo Juan de Grijalva espolearon la codicia del gobernador, que armó un nuevo contingente para hacerse con aquellas tierras. Al frente del mismo situó a Hernán Cortes, aunque las relaciones entre ambos no hacían precisamente honor al apellido del segundo. Tan es así que, poco antes de partir, Diego Velázquez cambió de parecer y decidió apresar a Hernán Cortés. Este, alertado de las intenciones de su rival, partió de inmediato, logrando escapar a México con 400 de sus hombres.
Una vez allí, no le fue difícil granjearse el apoyo de algunas tribus, ni tampoco someter a otras menos amistosas. Tal fue el caso de Tabasco donde, tras derrotar a los indios chontales en la batalla de Centla, le fue “regalada” la india Malinche. Este personaje sería de una importancia capital, ya que no solo se convirtió en intérprete de los españoles, sino que les ilustró acerca de las costumbre locales. Algo que les vendría muy bien poco después. El caso es que Cortés siguió avanzando hacia lo que consideraba su meta: Tenochtitlán, capital de los mexicas -o aztecas-. Eran los mexicas los verdaderos señores de la zona, aunque hay que decir que sus métodos no los hacían demasiado populares: onerosos tributos, sacrificios humanos, violencia y esclavitud animaron a tlaxcaltecas, toltecas y algunos otros a unirse a Cortés. Así las cosas, los españoles y parte de sus aliados indígenas llegaron a Tenochtitlán en noviembre de 1519, siendo recibidos de forma pacífica por su líder, Moctezuma.
El asombro de los conquistadores fue enorme. Tenochtitlán - denominada por algunos la “Venecia del Nuevo Mundo” por su majestuosidad y su trazado urbano, configurado por canales, que sus habitantes recorrían por medio de canoas- era una inmensa urbe que hacía honor a su fama. Sin embargo, las noticias de que una expedición comandada por Pánfilo de Narváez -quien posteriormente se le acabaría uniendo- venía desde Cuba para prender a Cortes hicieron que este tuviera que salir apresuradamente de la ciudad para hacerle frente. Precavido como era, dejo allí a Pedro de Alvarado junto con un nutrido grupo de jinetes y arcabuceros, y partió de Tenochtitlán para asumir su destino.
Cuando llegó, el espectáculo no podía ser más desolador: los hombres de Alvarado resistían a duras penas el ataque de los mexicas, que se habían revelado contra aquellos “barbudos”. Razón no les faltaba, la verdad, porque el animal de Alvarado no tuvo mejor ocurrencia que matar a unos 600 aztecas durante la ausencia de Cortés. Este, viendo que no podrían resistir mucho tiempo, tomó la determinación de poner pies en polvorosa y huir por la noche -la célebre “Noche Triste”-, a sabiendas de que los indios preferían luchar de día.
Tras una penosa marcha de dos semanas, los supervivientes finalmente llegaron a los llanos de Otumba, donde apenas tuvieron tiempo para reponer fuerzas. Sin casi caballos y con la mayor parte de arcabuces y ballestas inutilizados por la humedad, las huestes de Cortés se prepararon para afrontar un destino nada halagüeño. Se dispusieron para la batalla formando en una larga línea, para que al enemigo le costase más rodearlos; salvo ésto, poco más podían hacer. Pero fue aquí donde, según se dice, la influencia de Malinche se reveló decisiva. Y es que la india dijo a Cortés que el alma del ejército azteca residía en su portaestandarte - el ptepuchtlaco-. El fulano en cuestión iba ataviado con un vistoso tocado de plumas y un pendón que identificaba su alta posición. A la desesperada, Cortés ordenó una carga con 5 de los 13 caballos que le quedaban. Así, Olid, Alvarado, Juan de Salamanca, Alonso de Ávila y Sandoval se lanzaron contra el emplumado azteca al grito de “¡Santiago y cierra España!”. Muerto éste, el ejército mexica -los cronistas de la época hablan de 200.000 guerreros; en todo caso, debieron ser muchos- se desmoronó y los españoles, en franca inferioridad numérica, ganaron una batalla decisiva. Gracias a la carga más exigua de toda la historia de la caballería y, sobre todo, al arrojo de quienes la llevaron a cabo.
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Abogado
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset
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