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Libertad de expresión políticamente correcta

miércoles 01 de diciembre de 2010, 14:12h
En este mundo de blogs hipervigilados, micrófonos abiertos, conversaciones interceptadas y pasados revelados, donde todo queda registrado y nada se escapa, donde los medios andan al acecho para captar la frase polémica... hay que andarse con cuidado. Con mucho cuidado. Existe la estúpida creencia de que los personajes de relevancia pública, y especialmente los pertenecientes a la clase política, han de comportarse como individuos ejemplares. Luego pasa lo que pasa: se filtra o extiende el comentario equivocado. Que si cierto personaje está harto de que no le dejen beber lo que le dé la gana; que si otro tildó a Blair de gilipollas; que si alguien dijo que el Borbón es un hijo de no sé qué; y los más desafortunados fueron pillados hablando de las mujeres (o incluso niñas) de forma poco apropiada.

Ya sea por una revelación mediante un micrófono aparentemente cerrado, a través de una web personal, o en medio de una declaración pública y consciente a los medios, los censores se echan como perros exigiendo retractaciones, disculpas y dimisiones. Con ello, el panorama político ya está purgado y depurado. Así ya no habrá rastro de dudas sobre el pluralismo y la democracia, de sexismo o racismo, ni un insulto, ni ira, ni odio, ni rencor. Los infractores se explicarán con excusas o se disculparán (una gran tradición católica la de pecar y arrepentirse), pero pocos o ninguno se reafirmarán en lo que dijeron, y eso que, de lo que no cabe duda, es de que lo siguen pensando.

Decir “lo siento” no eliminará los valores enquistados en las cabezas de esos personajes que comandan nuestras miserables vidas o que se sientan delante de una cámara en virtud de alguna capacidad comunicativa atribuida. Así que yo desde aquí reclamo: ¡No se escondan! ¡No se avergüencen! ¡Reivindiquen su humanidad, maldita sea! Defiendan su postura, repítanla más alta y más clara hasta la saciedad, si tienen huevos.

Porque por muy europeos y avanzados que seamos supuestamente, seamos realistas: no tenemos ni una clase política ni una ciudadanía asépticas e impecables. Y Dios nos libre de ello... Admitámoslo: la corrección política es aburrida. Aburridísima. El arte del cine se ha nutrido continuamente de nuestra imperfección moral, bien lo saben tanto Fellini como Santiago Segura.

A muchos, por ser autoritarios, irresponsables o pervertidos se les aplaude y anima sin miramientos. Nos asustamos de lo que Berlusconi pueda soltar por esa bocaza, pero sus palabras y sus formas no nos resultan tan extrañas en la rutina social. ¿No sería esto la verdadera democracia? ¿Vamos a dejar que la raza de los mandatarios se llene de uniformados robots carentes de pasión, humor y determinación?

Libremos a los hombres públicos de tener que ser ejemplares y dejémosles ser, mejor, ejemplo representativo de la masa que les ha encumbrado. ¿Por qué tanto miedo a que se diga cualquier cosa delante de un micrófono? ¿Acaso alguien piensa que vamos a basar nuestros valores y creencias en lo que diga un señor sólo por salir en la tele? Pues si tan gilipollas somos, justo será que por gilipollas seamos gobernados.

Ya que nos vamos a tener que acostumbrar a la muerte de lo privado, que valga para todos. Y ante dicha situación, o flexibilizamos nuestra mentalidad y aceptamos con más humor todo aquello que se hace y dice, o mejor ponerle freno a esta fiebre por hacer públicamente accesible cada gesto y cada palabra. Ojos que no ven, corazón que no siente. Seamos conscientes de que el problema no es que alguien diga algo presuntamente ofensivo, sino que lo piense.

La paradoja es que, para cambiar de forma rápida y efectiva la mentalidad de todos los incorrectos e imperfectos que rezumamos por ahí, habría que llevar a cabo tales prácticas de higiene social y promoción del pensamiento único, que exigirlo sería una actitud públicamente censurable; quien manifestase públicamente el deseo de llevar a cabo tal iniciativa, habría de acabar igualmente en la hoguera.
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