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Un Prado americano muy distinto

jueves 02 de diciembre de 2010, 13:55h
La Fundación Mapfre nos brinda la oportunidad de acercarnos a uno de los emblemáticos fondos del arte norteamericano: la Duncan Phillips Collection. Si bien ya en 1988 tuvimos ocasión de ver aquí algunas piezas en el Museo Reina Sofía. Pero ahora hablamos, con 62 artistas y 91 obras, de otra cosa. Un referente de aquellas tierras por muchas y varias razones. De entrada, por razones históricas, ya que se trata de la primera institución, adelantándose unos años al Museum of Modern Act (1929) y al Whitney Museum of American Art (1931), que abría sus puertas en Washington en el l1920, con presencia, además, de artistas vivos. En segundo lugar, por motivaciones institucionales, pues nos encontramos ante una de las colecciones más sobresalientes, junto con la Frick Collection, de América. Y ya dentro de las consideraciones estéticas, la Phillips Collection se anticipó a su tiempo en la configuración de una colección mezclada y yuxtapuesta, diríamos que heterodoxa e iconoclasta, de dispares artistas, estilos y movimientos. En ella conviven, sin pretensiones de agotar los quehaceres de más de dos mil años de historia del arte -a diferencia, por ejemplo, de la colección de Alfred Barr en el MOMA- obras típicamente figurativas con otras inmersas en el radicalismo expresionista o la absoluta abstracción (Gottlieb, Sam Francis, Motherwell, Diebenkorn, Clifford Still o Niolan). Aunque el gusto romántico de su fundador -también un buen crítico (cercano a las ideas de Roger Fry y próximo al todopoderoso Greenberg)- otorgue a la pintura romántica y paisajística norteamericana de los siglos XIX y XX (Eakins, Homer, Pinkham Ryder), realistas urbanos y “apóstoles de lo feo” -The Ashcan School- del Lower Esat Side de Nueva York (Henri, Sloan, BellowsLuks, Hooper) e impresionistas (Twachtman, Hassam, Lawson), un lugar preferente. La Escuela de Hudson y las escenas de género de la América rural se dan pues la mano. Valga, como ejemplo, su identificación con el trabajo, por dispar que sea, del realismo heroico de Homer y del romanticismo abstracto de Ryder, de los preciocistas Scheeler, Bruce, Crawford y Hirsch, del admirable autodidacta Jacob Lawrance, del inmigrante Kuniyoshi, de los figurativos Adrian Piper y Kara Walker, de los cubistas Stuart Davis, Karl Knaths y John Graham, de los artistas “disidentes” tan marcados por Chagall y Utrillo, de la emblemática O`Keeffe y de los Dove, Hartley, Marin, alrededor del fotógrafo Alfred Stieglitz y su revista Camera Work.

Un gusto personal fácil de seguir en las obras expuestas, con atención a las Vanguardias europeas -como el postimpresionismo-, que no se dio sin embargo en el coleccionismo americano aparecido tras la primera Guerra Mundial, más conservador y apegado a las tendencias etnocéntricamente propias y mayoritariamente figurativas. Aunque Duncan no siempre abrazó la modernidad: ignoró las corrientes dadaistas -Picabia, Duchamp- y conceptualistas más intelectuales del momento, quizás demasiado radicales para un hijo de la pujante élite industrial de la distinguida Costa Este. Tampoco el expresionismo abstracto de verdad, el más vigoroso y potente, fue objeto de preferente atención. Poco más que cierta obra inicial de De Kooning, algún residual collage de Pollock y un flagrante desinterés por Franz Kline. Aunque le salva su inequívoco compromiso con Rothko, de quien adquirió tres soberbias piezas, dispuestas en una capilla monotemática, exclusiva, religiosa y permanente.

Pero además de las reflexiones pictóricas, la Phillips Collection explicita los particulares rasgos del coleccionismo, el papel de los museos y el mecenazgo al otro lado del Atlántico. Un fondo que encuentra su origen en la vocación coleccionista de su fundador, con sólo treinta y cuatro años, de constituir un elenco de artistas de prolija condición y dispares preocupaciones. A diferencia de lo que acontece en España, y por lo tanto en Europa, los fondos no han sido impulsados desde la monarquía, sino desde los grandes industriales y financieros de los pasados siglos XIX y XX. Aquí no encontramos a monarcas exquisitos, como el emperador Maximiliano en Alemania, Felipe II o Felipe IV en España, Francisco I en Francia o Carlos I en Inglaterra, que conforman las colecciones desde la auctoritas y la potestas del poder absoluto de la monarquía europea, sino del afán particular de aquéllos que han alcanzado el éxito profesional y la riqueza económica. Los reyes europeos de antaño son sustituidos en la República americana de hoy por los Peggy Gugengeim, Frick, Alfred Barr, Phillips, etc. Lo que también diferencia el origen de las obras en ambos continentes. Mientras en la vieja Europa los museos se nutren y se fundan por los reyes, como es el caso del Museo del Prado, que no se puede entender sin el impulso de Felipe IV, la práctica totalidad de los fondos museísticos americanos, como los del MOMA, el Metropolitan o el Solomon Guggenheim, disfrutan de un origen privado nacido del ímpetu de sus fundadores. No hay más que detenerse en las cartelas con las descripciones de sus cuadros en América, con referencias a sus legatarios, casi inexistentes en Europa, para constatarlo. En suma, un paseo por el “Art made in USA”.

En efecto, ésta es la mayor distinción entre los museos de aquí y los de allí, entre las colecciones europeas y las americanas. Mientras en Europa las actividades que desbordan el ámbito individual de las personas han acabado por ser asumidas, en ocasiones en regímenes casi monopolísticos por parte del Estado, en América lo transindividual se articula desde la sociedad civil. No hay pues una interdependencia e identificación obligada entre lo social y los estatal. Hasta lo social disfruta en la cultura americana del espíritu emprendedor individualista que, alcanzado el sueño americano, goza con exhibir lo logrado y decide compartirlo con sus conciudadanos. Un mecenazgo que goza así de una atención, de un reconocimiento social y de un tratamiento fiscal desconocido.

En fin, no extraña que su fundador gustase llamar a su colección el “Museo del Prado americano”, por más que las diferencias, dejemos al margen la cantidad y calidad de obras de uno y de otro, sean tan dispares. Aunque eso sí, el ejemplo a seguir por Duncan Phillips era el acertado. ¡Ni más ni menos que el del Museo del Prado!
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