Carta abierta al nuevo embajador de Marruecos
viernes 03 de diciembre de 2010, 19:37h
Sr. Embajador:
Vengo a saber que acaba de llegar Vd. a Madrid, en calidad de embajador en España de S.M. Mohamed VI. Sea Vd. bienvenido, Sr. Ahmed Ould Souilem, y que su misión diplomática en mi país le sea propicia.
No me tenga en cuenta, sin embargo, que, movido por mi -ya longeva- dedicación al estudio de las relaciones hispano-magrebíes, me permita señalarle que nuestros dos países se encuentran, en este momento, en una difícil encrucijada histórica.
Cierto es que España y Marruecos son naciones curtidas en la ley de la oscilación pendular, hecha a la vez de convergencia y discrepancia. De amistad vecinal y de malentendidos frecuentes, como habría calificado D. Alfonso de la Serna (+ 2006) la actual crisis de esas relaciones.
Se trata de una constante histórica que es fácilmente observable desde que tuvo lugar la que nuestra historiografía reconoce como Guerra de África (1859-1860). Conflicto bélico que durante todo un siglo conoció, lamentablemente, alguna que otra reedición. Transcurrido el paréntesis protectoral, advino la independencia de Marruecos, ganada a pulso -como tantas otras independencias nacionales que se produjeron en el transcurso de la posguerra (1945-1962)-. España y Francia se fueron, aunque también se quedaron en Marruecos. La segunda de ambas potencias europeas, quizá, ha sido menos malquista en Marruecos que la primera. No en vano el Magreb es región notoriamente francófona; Francia ha sabido, además, jugar un papel económico irrefutable, dinamizador del proceso de construcción de las economías nacionales del Magreb.
España, por el contrario, siendo como es heredera de unos lazos culturales de consideración que la unen al orbe árabe-islámico, no siempre ha podido estar a la altura del “rapprochement” euro-magrebí que ha tenido lugar durante el último medio siglo.
Cierto es que la incuria proveniente de siglos pasados, una percepción localista situada entre la indiferencia y la actitud puntillosa hacia los asuntos de más allá de la frontera-sur de la Península Ibérica, así como el complejo legado geopolítico que hace gravitar a España en torno a Marruecos tanto en las aguas del Estrecho de Gibraltar como en las del mar canario-sahariano, son factores que han coadyuvado -junto con no pocos otros factores concurrentes- a que la milenaria piel de toro no siempre haya estado a la altura de las circunstancias reinantes en tiempos de reajuste de la nueva política internacional, posterior al final de la guerra fría.
Sin embargo, Embajador, sería desafortunado no reconocer que algunos gobiernos del reino de Marruecos parecen haber actuado en ocasiones de acuerdo con el principio de una praxis incómoda, al final, para todos los convecinos de la Zona. Podría bautizarse aquélla como una política de soliviantamiento crónico de los hábitos públicos y convicciones nacionales del país vecino de Marruecos al norte de Espartel. Dos datos de fondo se impone recordar ahora para mejor entendimiento de mi última expresión.
Primero de ellos: las dos naciones que se escrutan con afecto receloso en el espejo de las aguas gibraltareñas, son portadoras de una carga histórica milenaria (las legendarias Iberia y Mauritania romanas). Y por ello mismo, ambas están bastante expuestas a la tentación de entregarse a los brazos de una reacción “nacional-ista” muy demostrativa, motivada por el orgullo que les genera su prosapia.
Las crisis de las relaciones hispano-marroquíes anteriores a la que estamos atravesando en estos últimos meses de 2010 son sólo inteligibles a la luz de esa reacción nacionalista a la que acabo de referirme. Aludo, por tanto, a un sentimiento colectivo que fomentan, hoy, ciertos medios de comunicación; medios desaprensivos que alimentan más la discrepancia opinática que la apelación a la cordura en el juicio. El segundo dato a tener en cuenta, Embajador, radica, ciertamente, no sólo en el complejo “entramado visionario” hispano-marroquí, sino también en la “gravosa herencia geopolítica” que pesa como un fardo sobre los hombros de las gentes de buena voluntad -viajeros de siempre, gentes de la cultura, empresarios- que cruzan el Estrecho o el espacio aéreo de la región ibero-magrebí con mucha frecuencia. Ellos son transmisores de ideas, bienes y servicios convenientes para ese enlace euro-magrebí que protagonizan España y Marruecos: favorézcanse sus actividades y gestiones con generosidad.
En las páginas del periódico digital que ahora acoge esta CARTA ABIERTA a su Excelencia, he escrito en más de una ocasión que a España y Marruecos, a sus conciudadanos todos, a sus gobernantes y periodistas, les aguarda una cita ineludible con el porvenir de unas relaciones bilaterales arduas, pero motivadoras, como pocas. Será probablemente una tarea de generaciones llamadas a sucederse en el transcurso de los próximos treinta años (por tomarme la libertad de acotar decenalmente esta “vue de l´esprit”). Una tarea que permita, entre otros objetivos, ir disolviendo las causas de nuestros malentendidos, y que facilite a la cooperación ibero-magrebí la obtención de unos rendimientos formidables en potencia.
El reflejo “nacional-ista” que prospera con facilidad gratuita en ambas orillas, y la “precipitación repentina” en resolver lo que no se pensó antes con esmero, son pautas y ritmos inconvenientes para la resolución negociada de las diferencias que surgen en el decurso de las relaciones internacionales. En este caso, se trata de aquéllas que conciernen a nuestros dos países y a los ciudadanos que los habitan.
Estoy en la inteligencia, Embajador, de que sabrá y -querrá Vd.- admitir esta reflexión como el gesto conciliador de un historiador de oficio de los desencuentros y convergencias hispano-marroquíes durante los dos últimos siglos de un pasado en común. A ojos vista, la misión que le ha tocado en suerte, no es baladí, como tampoco lo es la que pesa sobre su homólogo español en Rabat. La trascendencia de la misión que viene Vd. dispuesto a desempeñar, invita a acometer y -¿por qué no?- a concitar todos los factores objetivos que puedan contribuir a la feliz realización de esa tarea diplomática. El horizonte de un futuro inmediato más inteligente en el campo de juego de nuestros intereses, es, en sí mismo, aliciente de bordo para dos naciones privilegiadas por su ubicación en el cruce de continentes y mares. Hagamos por reforzar esas benditas coincidencias.
La perspectiva histórica y la supremacía de la negociación minuciosa, día tras día, de los diferendos entre Marruecos y España, podrá hacer mucho bien al restablecimiento de la concordia hispano-marroquí a que nos invitan dos señoras muy tenaces: la Geopolítica y la Historia.
Bienvenido, Embajador, que “Dios reparta suerte” y que TRIUNFE LA EQUIDAD en la resolución de nuestras diferencias.
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Historiador. Profesor emérito (UNED)
VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes
Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías
sobre España y el Magreb
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