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La presencia de Costa

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 03 de diciembre de 2010, 19:40h
Ha apenas un quindecenio, cuando se “conmemoraba” el Desastre, el balance que hiciera la historiografía del regeneracionismo fue discretamente negativo. La hegemonía aplastante tenida en el contemporaneísmo y la política del momento por la figura de D. Manuel Azaña, el gran debelador de la literatura ganivetiana y costista en torno al 98, y el clima cultural imperante en dichas fechas, pacifista y cosmopolita, tan distante del casticismo y belicismo de la etapa finisecular, opacaron la personalidad y obra del “León de Graus”, del que el centenario de su muerte en su solar natal está a punto de cumplirse -8 febrero1811. Por el bien de muchas cosas, y algunas decisivas, habrá que confiar en que la efemérides tendrá cumplida respuesta especialmente en los niveles en los que se depositen los resultados del estudio ahincado de la vida y escritos del recordado y la gratitud a un titánico quehacer presidido invariablemente por la entrega apasionada a la nación que lo viera nacer.

Los avatares de la vida española depararon, en verdad, un destino singular a D. Joaquín Costa. Pese a su congenial inconformismo, de sus amistades y gustos íntimos, los sucesos de una taraceada historia le convirtieron en el principal y más constante intelectual orgánico de anchos e influyentes sectores conservadores, sin que la gráfica que reflejara tal ascendiente experimentase quiebra notable en toda la primera mitad de la centuria pasada. Después y a despecho de monografías y estudios muy destacados que lo tuvieran como protagonista, su recia y sugestiva figura se adentró en una marginalidad en la que todavía permanece. La semicaricatura que de él dibujase el último de sus grandes exegetas, el “Viejo profesor” Tierno Galván, en que lo retrataba como un precursor del fascismo hispano, no constituía, desde luego, la mejor credencial cara a la nueva etapa que se abriría en 1975. Empero, la polifacética ideología del polígrafo oscense en manera alguna cabe encorsetarla en los parámetros dictatoriales ni tampoco en ninguno de trazado inflexible. Así, lo tornasolado de su militancia política no fue sino la expresión de una andadura intelectual sin reposo, que no pudo encontrar en el frenesí de la acción el ancla necesaria para una obra intelectual de valor perdurable, por encima de pulsiones y coyunturas.

Reformista revolucionario, aquel “labriego aragonés forrado en intelectual”, como él mismo se definiese en la postrera etapa de su asendereada biografía, flagelador de oligarcas y caciques, aparatosidades y grandilocuencias, puede ofrecer a las generaciones actuales un mensaje seductor y enjundioso. Su africanismo a ultranza, modulado de acuerdo a las ideas imperantes a finales del siglo XIX, es susceptible de vehicularse a través de los cauces predominantes hoy día al paso que otro de los ejes vertebradores de su pensamiento, el municipalismo, se perfila, al igual que en su propia mente, como el germen de un federalismo bien reglado. Una modernización de bases indígenas y técnicas en gran medida extranjeras refulgió habitualmente en sus programas y escritos como el desiderátum de su incansable briega con todos los problemas que atenazaban al solar hispano, cantado exaltadamente por su pluma en sus tierras y gentes así como en su historia, a pesar de errores y maleficios.

Adorado en su tiempo por los estamentos populares más ilustrados, por las clases medias más culturalmente inquietas y por gran número de los profesionales liberales, muchos de los gestos y actitudes del egregio aragonés no obtendrán, seguramente, eco ni simpatía entre los jóvenes de hodierno, en los que el arrebato patriótico o la crítica tronitonante despiertan aplauso favorable. Sin embargo, la lectura de no pocos pasajes de sus múltiples trabajos los introducirá en el secreto de algunas de las preocupaciones más hondas del presente y reforzará su sentimiento de identidad nacional. Los gestores y responsables a escala nacional de la inminente conmemoración contribuirán sin duda a ello. Desde un periódico que en su primera y clásica navegación tantas veces se hiciera tornavoz de las ardidas llamadas al esfuerzo y a la superación nacionales y en el que D. José Ortega y Gasset diese a luz un tremente artículo –“La herencia viva de Costa” (El Imparcial, 20-II-1911)-, es una obligación desearlo.
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