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Necesitamos un De Gaulle (II)

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 03 de diciembre de 2010, 20:59h
Cuando Francia sufría el mayor déficit público de su Historia el general Charles De Gaulle estableció un durísimo Impuesto de Solidaridad Nacional, que restableció el equilibrio presupuestario y abrió a Francia de nuevo las vías del crédito. En medio de los escombros, la actividad económica recobró su ritmo apareciendo de nuevo la prosperidad. Previamente De Gaulle mostró con palabras y hechos a los franceses su fe inmarcesible en Francia, su confianza ciega en que Francia poseía un pasado, un presente y un porvenir indisolubles, su amor infinito a Francia y su fidelidad inquebrantable a los franceses, que se reflejaban en el apasionado exordium de todos sus discursos: “¡Francesas, franceses! ¡Ayudadme!” En ese ambiente patriótico creado por el general De Gaulle se soportaron con ánimo, con pujante sentimiento de dignidad nacional, y con poderosa fe en el futuro los duros sacrificios de austeridad, el esfuerzo colectivo de mejorar en el trabajo y el Impuesto de Solidaridad Nacional, y Francia volvió a ser en unos meses la potencia económica y política ( y militar, claro ) que siempre ha sido. La “auctoritas” de De Gaulle hizo que el Estado francés recobrase su autoridad moral, y con ella la sociedad francesa volvió a triunfar. Enseñó a los franceses a renunciar – por doloroso que fuese - a las ruinosas utopías ( Argelia ), para con la renuncia restaurar la paz social y una paz justa.

A los funcionarios les decía: “No son ustedes la Administración a secas. Son la Administración de Francia. No existen más que por ella, para ella y al servicio de ella”. Desvinculado por completo de las artimañas sectarias, manifestó a los partidos políticos que el amor a Francia no era incompatible con ninguna ideología política, y que cuando se acaba creyendo más en los dogmas políticos que en la patria sólo se consigue ver a la nación y al mundo deformados por el frenesí. Como buen liberal combatió siempre a aquellos que mediante el miedo o el pánico, programados y orquestados, trataban de manipular la opinión pública y los poderes del Estado. “Si nadie se deja manipular por el miedo y el abatimiento, las cosas serán lo que se desea que sean. Juntos, con esperanza e ilusión, nadie podrá hundirnos”.

La eficacia y ambición de la política están conjugadas con la fuerza y las esperanzas de la economía. Los problemas económicos y sociales, y no el sexo de los ángeles de nuestros acróbatas de la demagogia monclovita, nunca pueden dejar de ocupar el primer plano de la actividad y los desvelos del Presidente del Gobierno, y mucho menos de los del Rey. Nuestro pobre país no puede bastarse a sí mismo en lo interior y ser alguien en lo exterior más que si su actividad se adapta a este momento político europeo y a la realidad económica. Ya no basta con que hagamos bien lo que hacemos, sino que hay que hacerlo mejor que los demás. Ya no basta que las empresas “vayan tirando hasta fin de mes”, sino que deben ganar lo suficiente como para adquirir las mejores herramientas tecnológicas. Expansión, productividad, competencia, concentración, ésas son con toda evidencia la reglas que en lo sucesivo tiene que imponerse la economía española, tradicionalmente cutre, caciquil, provinciana, circunspecta, conservadora, protegida, intervenida y dispersa. En los presupuestos nacionales los gastos de desarrollo deben superar a los de funcionamiento. El actual marasmo agónico o hebetamiento gubernativo está yugulando el progreso, suscita el disturbio y pone en peligro nuestra independencia. Todo español tiene que adquirir la dignidad se ser, por su parte, responsable de la marcha de la obra colectiva de la que depende su propio destino. Por encima de nuestras adversidades, los aplazamientos gubernativos y los despilfarros del aparato de propaganda, lo que es legítimo puede, algún día, quedar legalizado, y lo que es razonable puede terminar teniendo razón.

La mitad de los 70.000 millones de déficit público español constituye una deuda exterior cuyo reintegro se exigirá en poco tiempo. Este problema no lo hubiéramos tenido si se hubiese alentado, en vez de penalizarlo, el ahorro interno ( familiar ), que hubiese absorbido toda la deuda pública, autofinanciándose la propia economía nacional. Mucha Unión Europea, pero a la hora de la verdad es la propia economía doméstica la que logra la grandeza de la economía nacional. Para solucionar este gravísimo problema se debe reducir coyunturalmente el consumo interno, de suerte que crezca el ahorro, padre de las inversiones, y, sobre todo, que la producción se oriente hacia la exportación. Nuestra economía debe adaptar sus equipos, su espíritu de empresa y sus métodos a las exigencias sagradas de la productividad, y tomar como criterio de su triunfo la expansión al exterior. Sólo las ventas al exterior y el adelgazamiento del Estado de las autonomías nos pueden salvar, y consolidar de paso la base sobre la cual podamos construir en un próximo futuro ( 3/6 años ) nuestro bienestar y nuestro poderío.

España no tiene a De Gaulle, pero un día tuvo a un Aznar que nos sacó de la crisis. Que vuelva Aznar. Ello es de sentido común y lo dicta el instinto de supervivencia nacional. Nuestra alternativa es el milagro o la quiebra. En economía el milagro se alcanza con el fortalecimiento de la confianza hacia la Nación y sus rectores públicos, y la quiebra, tal como se ve, se alcanza con la desconfianza hacia quien ocupa el poder y mucho más haciendo un asunto discutible la misma existencia de la Nación. El éxito de un empréstito suele radicar en el hecho de quién está en el poder y qué confianza nos brinda aquél que decida emitirlo. Es verdad que quien a la postre genera riqueza será siempre la sociedad y no el gobierno, pero la economía se fundamenta en la fe pública; esto es, confiar en nosotros mismos y en quien hemos elegido como gobierno ( “gubernaculum” o timón de una nave ).

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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