www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

crítica

Liberalismo primigenio

sábado 04 de diciembre de 2010, 16:12h
José María Lassalle: Liberales. Compromiso cívico con la virtud. Debate. Barcelona, 2010. 416 páginas. 20,90 €
Como escribiera Isaiah Berlín, “los conceptos filosóficos engendrados en el sosiego del despacho de un profesor pueden destruir una civilización”. O también pueden ayudar a transformarla, cabría añadir. Recurriendo a una utilísima distinción establecida por Ortega, el poder de las ideas para transfigurar la vida de individuos y sociedades se ha revelado tanto mayor para aquéllas que han sido edificadas sobre un suelo de creencias hondamente arraigadas. Un ejemplo de ello, uno de los más relevantes para comprender la evolución de las instituciones políticas y sociales del mundo occidental, lo proporciona la corriente del liberalismo clásico, desarrollada entre los siglos XVII y XVIII a través de un proceso intelectual y práctico descrito con máximo detalle en Liberales. Compromiso cívico con la virtud.

Un primer aspecto interesante del libro radica en el perfil de su autor, José María Lassalle, profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Rey Juan Carlos, precisamente doctorado con una tesis dedicada a John Locke, padre de liberalismo inglés y, por ese mismo motivo, uno de los protagonistas de Liberales. Pero además, Lassalle es bien conocido por un denso curriculum paralelo desarrollado en el ámbito de la política activa, hoy como diputado por el Partido Popular, secretario nacional de cultura de dicho partido y uno de los principales asesores de su actual presidente y líder, Mariano Rajoy. Quienes realmente le conocen saben que Lassalle es rara avis en el panorama español: un intelectual metido en política pero alérgico a protagonismos y extravagancias gratuitas, moderado en sus expresiones e intervenciones públicas y un auténtico liberal, pero no sólo en el sentido ideológico del término, sino también y sobre todo en su vieja acepción de tolerante, generoso, comprensivo. En suma, lo dicho: un bicho raro de la política española, cuyas cualidades, falta de sectarismo y cercanía a Rajoy le han convertido más de una vez en víctima de aquel tradicional cainismo partidista (y también mediático) que tantos tumbos ha hecho dar al centro derecha española. Asimismo, ese detalle biográfico no es irrelevante respecto al libro que ahora presentamos, pues su misma lectura demuestra que conocer por experiencia propia los entresijos de la política institucional y práctica no es una carga inútil a la hora de estudiar el desarrollo de la política de ideas.

El argumento de Liberales es diáfano y simple pero contiene al mismo tiempo una aportación propia a la historia de las ideas y la teoría política y una oferta ideológica para el pensamiento y la política liberal actual. Los primeros arreglos de la “melodía de la libertad” comenzaron a sonar en el siglo XVII en Inglaterra, gracias a un nuevo impulso surgido como reacción al proyecto urdido por la dinastía Estuardo para convertir al absolutismo autoritario al régimen político inglés: un régimen que desde tiempos anteriores había tratado de combinar elementos monárquicos, aristocráticos y democráticos con el fin de obtener legitimidad a los ojos de una comunidad política, muchos de cuyos miembros se veían a sí mismos como hombres libres, propietarios y administradores únicos de sus propias posesiones y de su conciencia (religiosa). Los responsables de ese primer impulso y momento liberal fueron los integrantes del movimiento whig, opuesto a la facción parlamentaria de los tories, los partidarios de la política conservadora del rey Carlos II. En la acción parlamentaria, el movimiento whig sería inicialmente liderado por lord Shaftesbury y dirigido en su desarrollo ideológico por quien fuera su secretario y asesor, el mismísimo John Locke. Los Dos tratados sobre el gobierno civil, publicados anónimamente por Locke en 1689, explicitarían por primera vez las bases filosóficas de ese liberalismo primigenio. El más importante de esos dos tratados ofrecería una teoría de la sociedad política o civil fundada en el concepto de unos derechos naturales que igualaban a todos los ciudadanos y en la idea del contrato social. En realidad, aquella obra no hacía sino conceder integridad, cohesión y densidad argumental a una miríada de propuestas e ideas que habían sido defendidas por los políticos whig. Esas propuestas abogaban por un nuevo diseño institucional que tuviera como apoyo principal el derecho a la propiedad, el cual corría riesgo de ser abolido bajo un régimen monárquico absoluto como el pretendido por los Estuardo, y que debía ser defendido hasta el punto de justificar un derecho anejo a “resistir” y oponerse a la voluntad de cualquier monarca con veleidades despóticas. Las tesis whig y lockeanas ejercieron después un hondo influjo en otros pensadores y políticos liberales como Francis Hutcheson, David Hume, Adam Smith, Montesquieu, Turgot, Edmund Burke y Thomas Jefferson.

Lo anterior ha sido bien estudiado en muchas investigaciones previas. Pero hay dos razones por las que merece la pena conocer el trabajo de Lassalle. Una, sugerida ya más arriba, radica en el método genealógico y narrativo aplicado. No se ofrece un mero catálogo de ideas y conceptos sino que éstos aparecen en el texto integrados en una trama que los conecta con la evolución de los acontecimientos políticos que les sirvieron de estímulo y las vicisitudes de sus autores. Dicho de otro modo, en ningún momento el lector puede olvidar que las ideas-fuerza del liberalismo político se gestaron al hilo de la acción política y sobre un fondo de creencias morales que se hallaban fuertemente arraigadas en las sociedades donde surgieron: en la Inglaterra del XVII, escenario de una guerra civil entre los whig y los partidarios monárquicos y de la triunfante Gloriosa Revolución (1688), así como en Norteamérica y Francia durante las etapas inmediatamente antecesoras a sus respectivas revoluciones de 1776 y 1789.

El otro mérito que se encuentra en Liberales consiste en su insistente y sólida argumentación filosófica e historiográfica a favor de una tesis esencial, anunciada en el propio subtítulo del libro. A saber, la condición moral del liberalismo primigenio surgido en Gran Bretaña como un discurso crítico contra cualquier régimen político basado en la concentración de poder (no sólo el absolutismo monárquico) y sus inevitables secuelas: la corrupción y la abolición de la virtud, entendiendo este término como referente aglutinador de toda una serie de obligaciones o deberes morales que fueron explícitamente defendidas y teorizadas por los primeros pensadores liberales, con sentido y contenidos muy semejantes a los elaborados por el pensamiento republicano romano (Cicerón, Tito Livio) y florentino (Maquiavelo) y, asimismo, herederas del calvinismo europeo: virtudes como la ejemplaridad pública, la sobriedad, el servicio al bien común, el patriotismo, la conservación y el cuidado de la propia comunidad política y de la humanidad en su conjunto. El texto que comentamos se preocupa en demostrar que esa ética política republicana no abandonó al ideario liberal en el siglo XVIII, supuestamente por influencia de un nuevo discurso orientado hacia la exclusiva defensa del interés privado, tal y como han afirmado algunos de los más conocidos historiadores de las ideas políticas. Antes bien, Lassalle prueba que la vindicación de la virtud siguió ocupando un lugar central en la obra de los pensadores liberales del siglo XVIII, sin excluir al presunto padre intelectual del “neoliberalismo” o fundamentalismo de mercado, el gran Adam Smith. Finalmente, la refutación de esa interpretación permite aprovechar el presente estudio histórico para responder a las críticas respectivamente vertidas durante las últimas décadas contra el liberalismo político, tanto desde la izquierda, al pintarlo como expresión ideológica de un individualismo posesivo feroz e insolidario, como desde cierta derecha neoconservadora, cuyos portavoces han creído ver en el pensamiento liberal el origen del relativismo moral que podría arrojar a las sociedades occidentales a un declive irreversible.

En un epílogo que bien podría servir de prólogo a un nuevo ensayo centrado en el presente, Lassalle explica (o más bien sugiere) que el liberalismo clásico al que él mismo se acoge no es inmoral ni relativista, ni tampoco participa del economicismo neoliberal que santifica el mercado, niega sus limitaciones, defectos y tentaciones y demoniza al Estado. Pero para entender todo esto es mejor leer al propio autor en este magnífico estudio: Liberales.

Por Luis de la Corte Ibáñez
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)

+
0 comentarios