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reseña

Norman Maclean: El río de la vida

sábado 04 de diciembre de 2010, 16:28h
Norman Maclean: El río de la vida. Prólogo de Gabriel Insausti. Traducción de Luis Murillo Fort. Libros del Asteroide. Barcelona, 2010. 336 páginas. 18,95 €
No en vano, al finalizar la edición de El río de la vida publicada por Libros del Asteroide puede leerse la cita de Miguel Delibes: “La novela es un hombre, un paisaje y una pasión”. Porque las tres historias incluidas en este libro tienen un hilo común: el profundo amor del narrador- protagonista por el paisaje entendido como terruño. Ese sentimiento que el geógrafo Yi Fu Tuan llamó “topofilia” es el mismo que atraviesa los relatos que Norman Maclean (Clarinda, Iowa, 1902-1990) narra con la sencillez y la emoción de una persona mayor que no ha perdido la memoria de cuando pasó por esa etapa bisagra que está a mitad de camino entre la infancia y las responsabilidades adultas: la adolescencia.

La belleza de los paisajes montañosos, la naturaleza en todo su esplendor son narrados con justeza tal que el lector, tras avanzar en la lectura de este libro, se ve él mismo inmerso en los colores, los sonidos, los aromas silvestres que son el escenario de historias sencillas que se convierten en experiencias únicas e irrepetibles. Maclean sabe que él es el héroe de sus relatos que son el testimonio de una época que se iría –como la propia adolescencia– para siempre debido a los embates del progreso y la modernización.

Como en La biografía de Tadeo Isidoro Cruz de Jorge Luis Borges, el narrador en primera persona empezó a comprender. También él comprendió que un destino no es mejor que otro, que todo hombre debe acatar el que lleva dentro y que el destino de su biografía era convertirse en literatura, aun cuando a los diecisiete años todavía no pudiera saberlo: “A mediados del verano, yo, con diecisiete años, aún no me veía como parte de un relato. No tenía la menor idea de que, a veces, la vida se vuelve literatura, no por mucho tiempo, desde luego, pero sí lo suficiente para ser lo mejor que recordamos y con la suficiente frecuencia como para que lo que al final entendemos por vida sean esos momentos en que, en vez de ir de lado, hacia atrás, hacia delante o a ninguna parte, la vida forma línea recta, tensa e inevitable, con una complicación, un clímax y –si hay suerte– una purgación, como si la vida fuera algo que se inventa, no que acontece”.

La primera de las tres historias autobiográficas, la que da título al libro y que fue llevada al cine por Robert Redford en 1992, “El río de la vida”, es la metáfora de la vida que fluye como un río, donde el sentido de la existencia puede ser descifrado a través de la pesca con mosca. “Leñadores, proxenetas y «tu camarada, Jim»” tiene la mirada ingenua de aquel adolescente que se enfrenta a un mundo de hombres rudos, acostumbrados a sudar alcohol barato y a frecuentar prostitutas con el mismo desapego con que recitan refranes escoceses o derriban árboles añosos. Finalmente, “Servicio Forestal de Estados Unidos, 1919” es el adiós a una época en una anécdota mínima: el joven de diecisiete años que consigue un trabajo precario sin gremio que lo proteja, sin iglesia donde encomendarse a Dios ni familia donde cobijarse; sólo hombres y el lado salvaje, enfrentados. Aun en medio de esta encrucijada, el frágil héroe aprenderá a descubrir que la camaradería es posible.

Y nosotros, los lectores, agradecidos.

Por Verónica Meo Laos
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