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Filtraciones diplomáticas

José María Herrera
sábado 04 de diciembre de 2010, 17:24h
La diplomacia, tal y como hoy la conocemos, es decir, como un modelo permanente de representación de los Estados, nació en Venecia. Desde el siglo XIII, la Serenísima dispuso de embajadores ante las principales cortes europeas. Una de los deberes de los embajadores era presentar al concluir su mandato una relación con sus impresiones sobre el país que acababan de abandonar. Estas relaciones, generalmente muy breves, eran leídas ante el Senado y debían servir para informar a los dignatarios de la República acerca de la situación de los diferentes reinos.

La enorme cantidad de material documental que acumuló la República de Venecia a lo largo de los siglos –actualmente se conservan unos seiscientos millones de documentos que van desde la época de Carlomagno hasta el nacimiento de los Estados Unidos- permitió a fines del XIX reunir en una valiosísima colección parte de las relaciones diplomáticas escritas por sus embajadores. Con ello no sólo se alcanzó un conocimiento mucho más directo de su actividad, sino también una mejor información sobre aspectos oscuros de la política en diversas etapas de la historia. El efecto sobre el pretérito fue similar al que producen ahora las filtraciones de Wikileaks.

Algunas de estas relaciones proceden de embajadores venecianos en España. La más conocida probablemente sea la que escribió Simón Contarini, embajador en la corte de Felipe III entre 1601 y 1604. Contarini ofrece en ella una interesante visión de la situación del país que va desde el análisis de las dificultades del poder central para integrar sus diferentes reinos hasta los graves problemas de corrupción. Su escrito responde a un claro propósito analítico y en él no se ahorran informaciones de todo tipo: militares, económicas, financieras, jurídicas, etc. El examen de las características psicológicas y las debilidades personales de las figuras que dirigen el Estado demuestra que los embajadores venecianos no eran escogidos de cualquier manera. Aquí les dejo algunos ejemplos.

Del conde de Miranda, presidente del Consejo de Castilla, Contarini dice que es muy desmemoriado y que, por eso, resulta preferible tener contenta a su mujer y bien informado a su secretario. Del Cardenal de Toledo, ávido de lisonjas, que posee más autoridad que mano en los negocios. Del duque de Medina Sidonia, el célebre almirante de la Invencible, que es un maestro en hacer que no ve, y de Rodrigo Calderón, ayuda de cámara del duque de Lerma, el valido del rey, que aunque resulta malo para enemigo, no hay absolutamente nada que temer de su entendimiento.

Si la clase gobernante no sale bien parada de las agudas observaciones del embajador Contarini, peor quedan el conjunto de los españoles. Están tan asidos a lo propio, repite varias veces en su escrito, que ninguno se acuerda de lo público, y en otro lugar añade, no sin cierta perplejidad, que los españoles, a pesar de contar con hombres doctísimos en todas las letras, ni procuran aprender del pasado ni previenen el futuro porque lo que más estiman es aquello que no tienen. La guindilla llega, sin embargo, al final, cuando declara que la mejor guerra de que puede hacérsele a España es dejarla consumirse ella sola con su mal gobierno y sus luchas intestinas, afirmaciones muy gruesas que han irritado a los historiadores patrios, pero que, por desgracia, no carecían de puntería.

Si comparamos las impresiones de Contarini sobre España con las recientes filtraciones de Wikileaks el resultado da que pensar. También los políticos de hoy tienden a empequeñecer lo grande, la ley, y magnificar lo pequeño, sus propios intereses particulares. ¿Y qué me dicen del pueblo español? Tal y como nos ven los diplomáticos extranjeros aquí no son únicamente los actores de la política, los gobernantes, quienes obran teniendo a la vista sólo una parte, también hacen lo mismo los espectadores. Contarini pensaba que el pueblo español se deja engañar con facilidad y atribuía este defecto a una religiosidad mal entendida, cerril. Las cosas han cambiado bastante poco porque esa cerrilidad persiste en nuestra época bajo formas de religiosidad devaluada, generalmente ideológicas. En España, tierra fratricida, lo difícil siempre es la distancia, la visión superior.
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