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Dragó y el oro

miércoles 08 de diciembre de 2010, 13:53h
No sé si seguirán existiendo, pero en los años noventa en Japón había máquinas expendedoras de ropa interior femenina. No se trataba de un rasgo del funcionalismo nipón, sino de un acto de fetichismo. La ropa interior que se vendía era de quinceañera y usada. Para cualquiera que haya visto confesa o inconfesamente Torrente, y recuerde el gag con la ropa interior de la pescadera, el asunto es posible que no le suene extraño. Es verdad que en Japón había también máquinas expendedoras de cosas raras en aquel momento, al menos para un español: de sopas calientes, de botellas de whisky... Las máquinas vibraban y brillaban en la oscuridad de los callejones esperando la visita del hambriento, del borracho, del fetichista. Como en una película japonesa, coreana, taiwanesa o de Hong Kong, la noche, en planos cortos y algo descabalgados, era un tapiz de sueños prohibidos, malditos e insomnes. La acción se repetía, como en un plano que hay que filmar varias veces: la llegada a casa nocturna, solitaria --el traje sucio y sudado, la corbata caída alrededor de un cuello abierto, la cartera rozando el suelo--, para entregarse a una Air-doll de Kore Eda (película que pasó por las carteleras españolas con pies de aire). Fantasías solitarias acompañadas de un sopa caliente.

Recuerdo que los españoles que me visitaban en Japón gustaban de preguntar por las cosas más extrañas de aquel país. Comprobé que a los anglosajones les gustaba mucho burlarse con retranca de lo que no comprendían, mientras que a los hispanos lo que les gustaba era buscar lo exagerado, lo raro, lo inconcebible, lo inasimilable. “¡Qué raros son estos tíos!” parecían buscar sin cesar. Aquella tendencia me molestaba pero he de decir que yo mismo de vez en cuando la alimentaba. Y cuando me preguntaban por cosas raras, por lo que me parecía más estrambótico, solía mencionar aquellas máquinas. No lo hacía directamente. Dejaba un tiempo, mencionaba antes otras cosas menos importantes, pero al final soltaba lo de las máquinas y la ropa interior usada de adolescente. El colmo de la depravación. Los oyentes, siempre, abrían los ojos como platos (españoles) y exhalaban un “¿De verdad? Qué me dices...” que siempre colmaba mis expectativas. Qué raros eran...

Para un occidental, como Barthes dio a entender, Japón es un laberinto de signos. Max Frisch, el interesante y olvidado dramaturgo austríaco, declaró tras una breve experiencia en Japón: “¡Qué pueblo tan extraño! Es la primera vez que me topo con gente que no quiere ser comprendida.” Para un hispano, macho y joven, acostumbrado a las fanfarronadas sexuales de los patios de colegio, Japón es un laberinto peligroso, quizá más en los años sesenta: quinceañeras que visten como ídolos sexuales marginales, que se apropian del fetichismo para convertirse ellas (a veces también ellos) en fetiches, en cáscaras del deseo. La confusión que un joven escritor o intelectual --o algo por esas fronteras-- puede sentir al ver aquellos signos del deseo extremo está muy clara en el caso de Dragó. Y la solución al vértigo y a la confusión suya es muy hispana, muy íbera, muy gargórica: la fantasía vestida de fanfarronada de patio de colegio. Sacar pecho y ser el más macho. Aunque sea mentira.

Creo que cualquier jucio moral está de más. Un libro es un libro, la ficción es la ficción y cualquier anécdota sigue unos caminos que la modifican, la alteran. Lo importante no es, en el fondo, si es verdad o no. Lo importantes es: ¿Está bien escrita (en un sentido de gozo para el lector)? ¿Añade belleza y comprensión al mundo? ¿Muestra algo de la naturaleza humana que solo la literatura o el arte puede mostrar? Si la respuesta es negativa, aquello no vale la pena. Si es positiva, albricias. En la historia de la literatura hay confesiones admirables --Casanova, Sade, Frank Harris, Anaïs Nin, Kiki de Montparnasse-- que sí añaden algo al mundo. Pero hay otras desdeñables, y no por razones morales sino estrictamente artísticas y literarias.

Las máquinas expendedoras son madres eléctricas de la compulsión. Paridoras eléctricas de fetiches. Nos satisfacen nuestros deseos inmediatos, nos los clasifican, nos resuelven la fantasía de la falta. A nadie se le ha ocurrido hacer una máquina expendedora de sueños aunque quizá los videoclubs y sus sustitutos en la red vayan por ahí. Lo que si se le ha ocurrido a alguien es instalar una máquina expendedora de oro en el hotel Palace de Madrid. Parece que la tendencia --como no-- viene de oriente. El turista o el madrileño puede ya acercarse a esta máquina (“cagaducados” en la tradición también austríaca que Freud conocía bien) y salir con su oncita, sus 16 adarmes, sus 28,7 gramos de dios solar, de luz sólida, de sueño de permanencia siempre perverso. Para luego, en el patio, en el recreo, quizá pavonearse de ello.

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