El Burlador cojuelo
jueves 20 de marzo de 2008, 21:52h
Pero me temo que no hay tal confusión, sino que la "novedosa" lectura del texto clásico consiste en hacer deambular por la escena a un don juan seductor cojo -de cojera moral (presumo) antes que corpórea- y calvo que se pone y se quita un peluquín con la misma naturalidad con que se sirve una copa. Vamos entendiendo: la "novedad" consiste en convertir a Don Juan en un truhán de medio pelo -nunca mejor dicho- un antihéroe, como se decía en los sesenta. Pero entonces, ¿por qué no recurrir a uno de verdad, a un insolente macarra de discoteca que balbucea lugares comunes a la chica a la que saca a bailar? ¿Quién necesita héroes, aunque sean demediados? ¿Quién necesita misterios? ¿Quién necesita la música del verso barroco? ¿Quién necesita fábulas en donde las estatuas de piedra toman venganza de la humana carne? ¿Quién necesita suspender su trivial cotidianidad de teléfono móvil, atasco, comida basura e infinita repetición del gesto laboral... para sentarse en una butaca de teatro ante un escenario vacío, a esperar que le envuelvan en la magia que sólo el gran arte es capaz de crear?
Mucho me temo que este espectador quedó chafado en su mucho preguntar, pues le endilgaron una lección aderezada con todos los tópicos: que don Juan es un caballerete rico que abusa de las mujeres, sirviéndose de su condición de noble; un ventajista que cuando ha de enfrentarse lo hace con trampas. Ninguna ilusión posible, ningún guiño a los misterios de Eros: el escenario es un bar cualquiera; los actores se cambian de ropa a la vista del público. Se quiere anular la distancia entre el escenario y la vida: todos somos don Juan, cualquiera es el comendador o doña Inés o la bella Tisbea. Entonces, a qué vamos al teatro si nos han de obsequiar con la misma fatigada -y falsa- provocación: don juan en calzoncillos.
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Doctor en Filosofía
José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.
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