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escrito al raso

WikiLeaks y la España soñada de Francisco de Quevedo

sábado 11 de diciembre de 2010, 10:38h
Estamos viviendo días turbulentos en nuestro país. A la habitual instalación de la corrupción de la clase política se ha unido el envilecimiento de algunos ex ministros que, recientemente, han venido frenando el proceso judicial que a buen seguro hubiera terminado con los huesos en la cárcel de los tres militares estadounidenses que mataron en Iraq al camarógrafo José Couso en 2003, como acabamos de saber por gentileza de WikiLeaks, que centrifuga los trapos sucios de la CIA y el Pentágono. “Yo me declaro del linaje de ésos / que de lo oscuro hacia lo claro aspiran”, escribió Goethe. Sin duda la casta política da la vuelta a la máxima y tornan lo claro en oscuro: seamos confusos, ya que no podemos ser sinceros. La desconfianza en nuestros dirigentes es cada vez mayor y sus actuaciones entremesiles y sainetescas en el escenario dramático del Congreso, tan poco convincentes y de escaso repertorio teatral, hace que algunos busquemos refugio en los clásicos, llamándolos a consulta a través de sus páginas esclarecidas.

En 1604 y 1605 –año de la publicación de El Quijote– Francisco de Quevedo mantuvo una jugosa correspondencia con el humanista Justus Lipsius de Lovaina (Justo Lipsio), quejándose del ocio y la ignorancia que se habían instalado en el país y de los “mochuelos españoles que volaban en la sombra”. Contemporáneo de Thomas Hobbes y de René Descartes, a Quevedo le preocupa y mucho la condición política del hombre y los resortes de la malevolencia que se ponen en marcha cuando accede al poder, en especial en un agitado contexto en el que nace el Estado nacional en Europa, tras la abdicación de Carlos I.

En España defendida, obra inconclusa que no se dio a conocer en vida del poeta y fue impresa por vez primera en 1916, Quevedo aconseja al rey que se rodee de “valerosos capitanes, doctos prelados y algunos hombres buenos”. El derroche cortesano y el belicismo permanente hacia las naciones vecinas como modelo de Estado lo molestaban sobremanera –de hecho, las últimas investigaciones apuntan a ésta como la causa de su encarcelamiento, cuando en la casa del duque de Medinaceli buscaba una vía alternativa hacia la paz al margen del olivarismo–. El programa reformista de Quevedo contempla una transformación del Estado que barra del mapa político al turpe y dé voz al honestum. Lo contrario de lo que sigue ocurriendo cuatrocientos años después: inanes esfuerzos, pues, los de los liberales Cadalso, Larra, Blanco White o José Bergamín. La virtud ofende y el mero ejercicio de la inteligencia levanta la suspicacia del ignorante: los intelectuales callan por miedo a la represalia.

La oda a España de Quevedo le brota de un juicio ético al contemplar el desastrado escenario político. La caricatura de la realidad y la sublimación del modelo de Estado proveniente de la Antigua Grecia que ha sido postergado por los corruptos y palmeros del Poder que saquean las arcas de su país tras la muerte de Felipe II y conducen a la decadencia y a la sospecha, a la suspicacia del pueblo que se contempla “desgobernado”. El Buscón, escrita cuando Quevedo contaba veintitrés años, contiene bajo la epidermis de la risa y la sátira uno de los pensamientos políticos y filosóficos más agudos que se escribieron en su tiempo al que todavía no se le ha hincado el diente. Quevedo deja al descubierto todas las costuras del sistema, postula la meritocracia como única vía de progreso social –al punto que don Pablos se ve obligado a pasarse a las Indias, “mudando mundo y tierra”– y descubre la molicie y pasividad de los súbditos. También, como ha señalado Selden Rose en The Patriotism of Quevedo, el madrileño hace suyas las voces del pueblo que pide unos impuestos más bajos. Qué actual suena todo esto…

“Aunque se acabe mi vida, no morirá mi razón”, escribe Quevedo, el último humanista. El retratista de la vanidad y el nepotismo de los validos –antecesores de los actuales ministros– cubrió su pensamiento con el disfraz de la máscara cómica, bajo el que yacen grandes verdades acerca de la realidad sociopolítica de esta España atávica y contumaz que se traga las mentiras que el Poder le vende como rosquillas. Asombra no sólo lo poco que se le lee, sino también… lo poco que hemos cambiado desde entonces, secular decaimiento de la economía incluido. Que sea el periodista australiano Julian Assange, el fundador de WikiLeaks, el que le haya levantado las faldas al Gobierno y a la oposición mostrando a todos los sucios tejemanejes del Ejecutivo y la indiferencia del resto de los partidos, da una idea del pesebre y la narcosis que se han instalado en la mamporrera prensa española; “pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres”, el maestro Quevedo dixit de su España soñada.
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