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reseña

Maurice Druon: La caída de los cuerpos

domingo 12 de diciembre de 2010, 02:07h
Maurice Druon: La caída de los cuerpos. Traducción de Amparo Albajar. Libros del Asteroide. Barcelona, 2010. 344 páginas. 18,95 €
El refranero popular también se equivoca. Reza el dicho castellano que “segundas partes nunca fueron buenas”, y esta vez no ha acertado. La caída de los cuerpos es la segunda parte de la trilogía Las grandes familias, con la que Maurice Druon ganó el premio Goncourt de 1948, y digno eslabón de la narración completa de la historia. Dentro del análisis del poder, de la ambición y de la venganza, esta prosecución del relato discurre ahora en dos escenarios, preferentemente: por un lado, la campiña francesa es testigo de la decadencia de la familia La Monnerie, con Urbain como último representante, que dedica su vejez a vivir del recuerdo haciendo que sus vasallos vayan de cacería con el único fin de narrársela después al detalle…

Por otro lado, París es testigo del crack del 29, y los Schoudler sucumben también a la avaricia y el afán especulador. Líneas que podrían haber sido escritas en nuestros días describen impresiones que, como entonces, hoy deja la crisis económica mundial. Así, Druon consigna que “el capitalismo se ha convertido en un sistema económico de timoratos. Es la esperanza del provecho con el mayor reparto posible de los riesgos. Jamás se ha visto que exista una palanca del poder sin que al momento se tienda una mano para apoderarse de ella. Era inevitable que hombres aventurados, es decir, aventureros, le tomasen la delantera a esa plebe de pequeños apostadores tímidos. Todos aquellos que han querido enriquecerse sin hacer nada o conservar lo que tenían sin producir nada son los que han creado los famosos piratas de las economías”.

Se trasluce además la idea de la globalización, encarnada en la persona de Strinberg, gran financiero en quien se representa la diferencia entre la propiedad y el control; sin ser el propietario de los fondos que manejaba, ni los depósitos, aserraderos, minas o establecimientos de crédito que constituían su poder, sí tenía el mando sobre ellos al poseer un pequeño porcentaje de acciones de las diez o doce principales sociedades europeas, que a su vez controlaban otras diez; y así sucesivamente, de modo que hasta los Gobiernos de grandes naciones como la francesa sucumbían a sus cantos de sirena.

Los años van pasando y las generaciones se van sucediendo. Quedan dos líneas generacionales que seguir en esta interesante evolución de la sociedad francesa de entreguerras. Los pequeños Schoudler, ahora adolescentes, con la carga de su apellido a cuestas, y el arribista Simón Lachaume, político frío y calculador que no reconoce otros antepasados que la Universidad o las antecámaras de los ministerios y gabinetes de Gobierno.

Dice el refrán, éste de origen pitagórico, que no hay dos sin tres…. Editada –como las anteriores– por Libros del Asteroide, aún nos queda una próxima Cita en los infiernos

Por Ana Collado Jiménez
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