MIRADA ESCOLÁSTICA
Europe Ahead
domingo 12 de diciembre de 2010, 11:22h
La ya casi omnipresente, ubicua y omnímoda crisis económica, horrible diosa de desolación y desesperanza, nos brinda una sola cosa “buena”: comprobar hasta qué punto la construcción de una Europa unida y solidaria es ciertamente sentida y anhelada por los dirigentes de las naciones que la integran, y no es pura retórica hueca, sino un objetivo supranacional marcadamente sincero. Durante los sesenta y cinco años que dura esta “paz armada” de Europa, el comportamiento de España, interior y exterior, ha estado dominado por nuestra “derrota moral” tras la Guerra Civil y, sobre todo, después de la IIª Guerra Mundial. Necesitábamos hacernos perdonar ante la deseada Europa democrática, y apuntarnos a la corriente del europeísmo más exultante, aunque ello significase que nuestro país ya no hacía nada que no fuese dictado desde el exterior ( v. gr, la bajada del sueldo de los funcionarios, aunque no con la contundencia que exigía Alemania, que estima que para que crezca nuestra economía y podamos cancelar la deuda en cinco años necesitamos bajar un 17% a nuestros salarios, tanto públicos como privados; pero también podríamos mostrar aquí otros hechos de obediencia a los dictados del exterior en las épocas de Suárez, González o Aznar ). No hay nada que nos encandile tanto a los españoles de hoy como obedecer layes que no son nuestras. Que los de fuera tengan la total potestad para determinar la suerte del pueblo español es algo que hoy nos vuelve locos de felicidad. Es que nunca ha estado tan alto nuestro patriotismo como cuando nos gobiernan nuestros consocios europeos. Pero esta brutal crisis debe ser una oportunidad para los que no somos franceses, alemanes, ingleses o italianos para poner las cartas boca arriba y obligar a nuestros consocios, más nacionalistas ambiciosos que europeos sinceros, a que acepten compromisos formales acerca de nuestras circunstancias específicas que nos son esenciales como españoles. Es el momento de jugar limpio e incluso forzar la mano.
Durante largo tiempo, dos imperios, el americano y el soviético, transformados en colosos en comparación con las antiguas potencias europeas, confrontaban sus fuerzas, sus hegemonías y sus ideologías. Ambos disponían de tal cantidad de armamento nuclear que, en cualquier momento, podrían destrozar el Globo veinte veces, y con lo cual pasaban a ser, cada uno en su bando, unos protectores irresistibles. Y Europa, a quien, tras las terribles masacres y desgarros que le produjo la IIª Guerra Mundial, la razón y el sentimiento le instaban a unir sus estados, se veía, sin embargo, radicalmente dividida por la forzada sumisión de su Centro y sus Balcanes al dominio soviético, así como por el sistema de los dos bloques y el telón de acero. Por otro lado, y mediante la OTAN, la Europa Occidental quedaba vergonzosamente subordinada a los intereses de los Estados Unidos de América. Mientras, nosotros, despreciados por una Europa democrática ( toda ella muy valiente frente a los nazis, ¿verdad? ), sólo tuvimos la alternativa de abrir nuestra política exterior a la América Hispánica y a los países árabes recién descolonizados. Sobre el modelo gaullista de la “Comunidad francesa”, que englobaba a gran parte de las antiguas ex-colonias francesas, Franco intentó crear un ámbito socioeconómico y cultural de Hispanidad, pero había pasado ya demasiada historia sobre las viejas colonias americanas para conseguir una organización de países que estuviese asentada sobre algo más que la pura retórica rubendariana, y los ingleses y franceses no pararon de introducir desagradables chinitas hirsutas en los zapatos de esa pretensión franquista.
Pero tras la llegada de la democracia en España y la posterior caída del Muro berlinés, la diplomacia europea se entregó a la causa europea con el mismo frenesí que tiene un escolar sano cuando llega el recreo. Dadas las muy sensatas razones que tenía Europa para su Unión creímos que el desarrollo de una Confederación Europea sería un camino de besos y abrazos. ¡Tanto lo deseábamos! Pero la crisis actual nos está enseñando que las cosas son más complicadas, que hay más grises que blancos en las relaciones intraeuropeas, que todavía cada país defiende “lo suyo”, que incluso se coaligan grupos de países contra los intereses de otros, y que no darse cuenta de ello a tiempo puede suponer una catástrofe nacional. La crisis ha evidenciado en nuestras propias cabezas y espaldas que aún no somos conciudadanos en el seno de una patria artificial engendrada por las excelsas testas de los tecnócratas, sino posibles peones de los intereses de los más fuertes.
No obstante, nadie puede negar las casi infinitas cosas comunes que comparten los europeos. Todos somos de la misma raza blanca, del mismo origen cristiano, tenemos la misma manera de vivir, estamos ligados entre nosotros desde siempre por innúmeras relaciones de pensamiento, de arte, de ciencia, de política, de comercio, etc.; por ello es conforme a nuestra naturaleza intensamente europea que pasemos a formar un todo que, en medio del mundo, posea su carácter cultural y su organización política. En virtud de ese destino de Europa, en ella reinaron los emperadores romanos — los más ecuménicos los españoles -; Carlomagno, Carlos V, intentaron reunirla. Y en un principio el sentido común histórico nos anima a pensar que Europa debería desembocar en una confederación de nacionalidades.
Ahora bien, en el corazón de la cuestión europea ha estado siempre Alemania. Su destino implica que nada puede ser edificado en Europa sin ella y que, a la vez, nada ha hecho tanto daño a Europa como las pasadas fechorías alemanas. ¿Cómo borrar de la memoria de los pueblos su ambición que, ayer, desencadenó de repente un dispositivo militar capaz de quebrantar de su solo golpe al ejército de Francia y el del Reino Unido, y el de los aliados de estos; su audacia que, gracias a la complicidad de Italia, llevó a sus ejércitos hasta África y la cuenca del Nilo; su fuerza que, a través de Polonia y Rusia y con la ayuda italiana, húngara y rumana, llegó a las puertas de Moscú y a las estribaciones del Cáucaso; su tiranía que, a fuerza de opresión, exacciones y crímenes, reinaba en todos los lugares donde la fortuna de sus armas hacía que flotasen sus estandartes? Por eso nos pica un poco que sea Alemania la que principalmente imponga las medidas contra esta crisis. ¿No se sintió afectada económicamente la Unión Europea con la reunificación alemana que, por otra parte, era de justicia? ¿Y no aplaudieron con generosidad y amnesia bondadosa todos los pueblos europeos esa reunificación? ¿No tuvimos que sacrificar nosotros 300.000 vacas lecheras a mayor gloria de la leche y mantequilla alemanas? Esa es otra, en el tema agrícola España no ha hecho otra cosa que ser el “mamporrero” ( no está mal el palabro cuando se habla de ganadería ) de la política agrícola de Francia y Alemania. Como Francia se salva desde siempre — gracias a una patriótica intransigencia - de las ofensivas agrícolas alemanas, éstas caen como grandes piedras sobre nuestra agricultura.
Por todo ello, no es conveniente que desaparezcan todos los pueblos, todos los Estados, todas las leyes nacionales, en una confederación apátrida que pudiese realmente ocultar la bandera germánica. No es bueno para Europa que en aras de su Unión quede menoscabada la personalidad de ningún pueblo. Una Europa “falsamente” apátrida es mucho más peligrosa que los nacionalismos periféricos que tiene España. Nuestro gobierno debe poner cara a las presiones germánicas. Es más importante España, por tangible, que las farisaicas esperanzas europeas.
España no debe pedir, suplicar o limosnear jamás solidaridad ante Europa, sino exigir que “los grandes” respeten y cumplan las reglas de juego.