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A vueltas con el usted

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 13 de diciembre de 2010, 16:42h
Entre los trabajos periodísticos del articulista, ninguno le ha deparado una correspondencia tan nutrida y, sobre todo, tan fructífera y fruitiva como el aparecido en este mismo diario hace ya algún tiempo. Plumas ilustres y académicas -dos de ellas, ¡ay!, borradas de un plumazo ha pocos días del censo egregio de los servidores del Alma Mater -, junto con otras movidas igualmente de gran interés por el tema, le confidenciaron amables y atinadas palabras acerca de una cuestión que, según el papanatismo al uso, únicamente interesan a los nostálgicos del tiempo ido y a los des-consolados por la pérdida de jerarquías y élites.

Los caminos de nuestra sociedad, los de la sociedad española, entiéndase bien, quizá sigan tal derrotero, pero evidentemente no los de la armonía y felicidad colectivas. Una visión contrastada de los ambiente instituciones que todos hemos conocido hace unos decenios y sobre los cuales nuestra mirada o atención vuelven a reposar en estos instantes, no registra por lo común ninguna modificación positiva, al menos de raíz profunda, por haberse extendido entre sus miembros o habitantes el segundo pronombre del singular en sustitución del de la tercera. Aunque ello comprendemos guarda una relación muy directa con el espectador y las esferas y círculos sometidos a su periscopio, la experiencia es, tal vez, de índole contraria. El imperio o, cuando menos, el enseñoreamiento del tú en oficinas, aulas, redacciones, mesas capitulares, conventos, consejos directivos de hospitales, fábricas, empresas varias, transportes públicos, salas de banderas, colas fílmicas, órganos deliberativos de nuestra seguridad internacional, nacional y callejera, ruedas de Prensa, juntas de comunidades de vecinos y mil reuniones más del régimen asambleario que va propagando sus resortes por doquier, no demuestra, decíamos, ningún progreso en los lazos afectivos, en el clima cordial o en las relaciones de cortesía y urbanidad. Más bien diríase lo contrario, pese a que no quisiéramos tutelar ninguna opinión ajena y opuesta. Sin embargo, y al menos en los círculos en que se despliega la actividad del abajo firmante, cada día más penetrados de la aparente fraternidad y del no menos falaz e igualitarismo relacional del tú, son el achabacanamiento y la zafiedad los que imponen su triste ley.

Si el «tuísmo» aportara una auténtica comunión de solidaridad, estímulo y respeto en las relaciones laborales y en trato y diálogo entre los componentes de nuestra colectividad, bienvenido sea. Viviríamos verdaderamente en un mundo feliz si en las décadas próximas nos adentrásemos, presididos por un tú universal y hegemónico, en un código social que, articulado, trajese la unión de los espíritus, la paz entre las almas y la fuerte conciencia de un igualitarismo basado en el común origen, destino, derechos y oportunidades de todos los pobladores de la tierra. Pero tan bella utopía no será entonces ni nunca realidad y sus consecuencias no dejaran de ser por la belleza de su ropaje más nocivas y destructoras del tejido social que el derecho a la intimidad y el mantenimiento de situaciones diferenciadas basadas en la conjugación y en el empleo de todos los pronombres personales.

En el material allegado sobre el tema desde la última ocasión en que lo abordábamos, hemos recogido alguna información que creemos muy relevante. Uno de los espíritus más lúcidos y nobles de toda nuestra edad contemporánea, don Julián Besteiro, de intachables y admirables convicciones socialistas, no habló de tú más que a su mujer y a sus familiares más cercanos. «Castor» y Sartre, esto es, Simone de Beauvoir y el autor de El Ser y la Nada, a lo largo de una relación íntima de justamente cincuenta años no utilizaron otro pronombre que el usted...

Con todo, no nos pongamos cataclismáticos. El imperio del tú será tal vez el único en alza e imparable en los próximos decenios en España y fuera de ella. Habrá, claro es, rosicleres y arreboles y «el céfiro blando [...] será huésped eterno del abril florido...».

Pero muy probablemente otros muchos muchachos y muchachas desconocerán el prodigio de intimismo, la maravilla de afecto contenido y fiel encerrado en el apretón de manos, en el abrazo, de reencuentro o despedida, de dos seres que se hablan, entienden y quieren empleando el usted.
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