Chinoiseries
Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
miércoles 15 de diciembre de 2010, 19:21h
De los 65 países que tienen representación diplomática en Oslo, la capital de Noruega, diecinueve anunciaron que declinaban la invitación para estar presentes en el acto de entrega del premio Nobel de la Paz 2010, concedido al demócrata chino Liu Xiaobo. Conviene que consten sus nombres: Rusia, Cuba, Venezuela, Colombia, Marruecos, Egipto, Sudán, Serbia, Filipinas, Irak, Irán, Vietnam, Pakistán, Afganistán, Kazajistán, Arabia Saudita y Ucrania. Además de China, activamente dedicada en el curso de las últimas semanas a una histérica campaña de intimidación contra aquellos países que mostraran aplauso, apoyo o simplemente simpatía hacia el disidente chino, cuyo mayor crimen parece ser el de haber preconizado la implantación de un sistema democrático y pluripartidista en su país. En nuestra retina queda grabada la imagen de la silla vacía del premiado y en nuestros oídos la emocionada dedicación al ausente pronunciada por Liv Ullman y la interminable ovación de los asistentes al preso de conciencia. Una vez más los totalitarismos muestran la ceguera de su torpeza: nunca Liu Xiaobo y su lucha han sido mejor conocidos dentro y fuera de su país; pocas veces en tiempos recientes, desde la tragedia de Tiannamen en 1989, han sido más gravemente puestos de relieve los métodos dictatoriales que imperan en la Republica Popular China.
No hace falta contar con la información privilegiada para presumir que rusos, cubanos, venezolanos, egipcios, sudaneses e iraníes, la dudosa corona de las alianzas chinas, han mostrado su solidaridad con Beijing evocando aquello de las barbas del vecino, no vaya a ser que en un futuro más o menos inmediato alguien tenga la ocurrencia de escoger uno de sus propios sojuzgados nacionales como mártir de la libertad y de la democracia. Es lícito preguntarse qué hace Colombia en esa dudosa compañía y presumir, con alto nivel de posibilidad de acierto, que el resto se inscribe entre los vecinos dependientes de la benevolencia del coloso y/o aquellos otros certeramente amenazados en sus intereses económicos por las acciones vengativas del que otra vez fuera el Imperio del Centro. Y este es un recuento forzosamente limitado a los 65 países representados en Oslo. ¿Dónde está el Wikileaks anti chino para relatarnos en detalle las gestiones realizadas por los enviados de Beijing en todo el mundo para, entre la coacción y el halago, obtener complacencia y silencio ante el embarazoso premio Nobel de la Paz?
Situada en la estela de la Alemania nazi, de la Rusia soviética o de la Polonia socialista, todas ellas inscritas en el negativo palmarés de premiados con el Nobel de la Paz e impedidos de asistir a la ceremonia de su entrega, la China del siglo XXI, gigante del crecimiento económico, campeón mundial de población, miembro permanente del Consejo de Seguridad, hoy ya potencia mundial y con vocación de disputar a los Estados Unidos la supremacía planetaria, cortejada y envidiada por propios y extraños, la China popular, dominada por la tiranía del partido comunista único, utiliza la más gruesa de su artillería dialéctica para descalificar la trayectoria de un luchador por la libertad y la de todos aquellos que estiman oportuno premiarle en su sacrificio. ¿Es esa la futura superpotencia?
Den Tsiao Ping via Felipe González nos hizo llegar a aquella perla del pragmatismo confuciano, “gato negro o gato blanco, lo que importa es que cace ratones”, y mecidos en la imparable receta del éxito económico quien más quien menos –ahí está el esfuerzo del gobierno socialista español para convencer a los castristas cubanos que adoptaran el modelo chino, traducido en riqueza sin libertad- procura convivir con la China del milagro, olvidando las durezas antidemocráticas de su fórmula y estimando que en ella se encuentra la clave de la estabilidad. Al fin y al cabo, los negocios son los negocios.
Y nadie en su razonable uso de razón predicaría una campaña diplomática anti china. Siempre es atendible el argumento de la estabilidad -dentro de ciertos límites- en la política internacional. Pero para aquellos que profetizan la llegada inmediata a la esfera internacional de la hiperpotencia china y se alegran de la simultánea desaparición de su antecesora americana, casos como el de Liu Xiaobo deberían servir para una acuciante reflexión. No tanto para evitar lo que a estas alturas parece inevitable –la preeminencia del gigante asiático - sino para calcular las consecuencias del ascenso y prevenir en la medida de lo posible sus consecuencias. La hegemonía global en el siglo XXI no puede ser comprendida sin un mínimo denominador de respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales. Lo que la humanidad demanda y espera, después de las tragedias que la acecharon en el siglo XX, es la promoción de una estabilidad que tenga en cuenta tanto el progreso económico como la promoción de la dignidad humana. Son ambos los imprescindibles pilares de la estabilidad. A la postre, los “esclavos felices” acaban por descubrir que sin libertad no lo son tanto. Y desde Espartaco hasta Liu Xiaobo están dispuestos a luchar para conseguirla. ¿Aprenderán los que la oprimen?
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Embajador de España
JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
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